03 de Realidades y Ficciones (I)
REALIDADES Y FICCIONES Nº 3
(Literatura y algo más...)
Diciembre de 2010
Sumario:
Literatura
• Continuidad de los parques, de Julio Cortázar. Cuento y análisis.
• Un caso lamentable, de James Joyce. Cuento y análisis.
• Algunas críticas a la obra "Los últimos días de Pompeya" de Edward Bulwer-Lytton. Ensayo.
Y algo más...
• El lunfardo.
• El bluf de la astrología.
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES [1]
de Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió una vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
[1] Del libro Final de Juego, 1956.
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ANÁLISIS DE "CONTINUIDAD DE LOS PARQUES" DE JULIO CORTÁZAR
por Héctor Zabala ©
Se trata de un cuento en el que la realidad se mezcla mágicamente con la ficción.
Un hombre lee una novela en la que ocurre un homicidio y termina siendo el protagonista asesinado. Es decir, el hombre se adentra tanto en la trama que acaba realmente dentro de ésta.
El punto de conexión entre ambas realidades (lectura de la novela y mundo real del lector) es el parque, de ahí que su título "Continuidad de los parques" viene a significar que el parque de la novela se continúa -como si fuera un todo único- con el parque real, el que rodea la casa del lector absorbido.
Cortázar es muy sutil en ese pasaje entre un mundo y otro. A tal punto que, llegado al final del cuento, la transición sorprende al lector, tal como el protagonista será sorprendido por el puñal homicida.
HISTORIA EVIDENTE, INDICIOS, HISTORIA OCULTA
Ya desde el comienzo, el narrador utiliza frases de doble sentido, como por ejemplo:
• "[Al lector] la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida...", aquí podría ser que ganar no sólo fuera en el sentido de impresionar o conmover, sino también en el de meterlo dentro de la historia de manera efectiva, concreta. Algo similar puede decirse de la expresión "[El lector] se dejaba interesar lentamente por la trama".
• "Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba..." muy bien puede tomarse como que la persona misma del lector va desprendiéndose de su entorno y adentrándose en la historia del cuento o, mejor aún, que la historia lo va "englobando" hasta absorberlo, incluirlo.
• La expresión "danzaba el aire del atardecer bajo los robles" parece una simple expresión poética pero la segunda acepción de danzar significa "Dicho de una cosa: moverse con aceleración, bullendo y saltando". Es decir, puede implicar que el puñal del asesino está avanzando (como esquivando obstáculos) en ese preciso momento.
• Y la tercera acepción de danzar es "Mezclarse o introducirse en un negocio", que se utiliza más para "zaherir a quien interviene en lo que no le toca". En todo caso sería un indicio de que la muerte se acerca y que su entorno de más allá del ventanal, ya se está mezclando con la historia de la novela o bien que esa historia ya engloba el parque o lo hace continuo con el parque de ficción.
• "[El lector] fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte". ¿Por qué testigo? Un simple lector no es testigo de nada de lo que está en la ficción, si lo fuera podría actuar en calidad de tal en un eventual juicio de la trama, cosa que la naturaleza literaria no permite. Más bien hay que tomar esta frase como que la historia ya lo ha absorbido al lector y a su entorno real.
A partir de aquí, el remate está listo: el lector ya está dentro de la historia, aunque en ese instante no lo percibamos claramente. El narrador ahora se limita, sin solución de continuidad, a dar indicios y motivos, tales como: sangre (terminará en un hecho de esas características), besos, caricias, pasión secreta, urgencia de terminar lo antes posible, un puñal determinante. Es decir todo lo que ocurre a las espaldas del sillón verde. Y en su doble sentido, pues el protagonista en su sillón da la espalda tanto a la puerta como a todo lo que ocurre más allá de esa puerta. La libertad agazapada significa que se deshacen del estorbo (él) y que habrá una nueva vida para los amantes.
El narrador fue preparando desde el inicio la escena óptima del crimen. El lugar elegido por el lector es un lugar solitario. El autor nunca usa esta palabra pero se desprende del contexto narrativo: la lectura la había pospuesto sólo por negocios urgentes, después escribió una carta a su apoderado y discutió con el mayordomo; es decir liquida rápido dos temas de negocios para que lo dejen tranquilo con su lectura. El sillón verde está de espaldas a la puerta (ideal para un atacante) "para evitar intromisiones". Esta última expresión puede tomarse también como un indicio inverso, pues un intruso aparecerá pese a todo.
Como al final de la narración esta soledad se corrobora: "Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba". Es decir, la futura víctima estaba sola, absolutamente sola.
Y además se concatena con dos indicios intermedios: "Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre". Aquí serpiente alude a maldad y premeditación: una serpiente mata usando veneno (símbolo del asesinato artero) en oposición a quien lo hace cara a cara en pelea abierta. Y por otra parte, la sierpe nos retrotrae al pecado original, es decir a temas relacionados con el Diablo, con el engaño, con el jardín de Edén (un parque también) y, como en el caso, un asunto de lealtades.
La frase "Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas..." podría ser vista como que al individuo del sillón verde estos nombres le son conocidos desde hace mucho, porque quizá sean los mismos que los que lleva él, su esposa y por ahí algún sospechoso amigo en la vida del protagonista. Esta sería la historia no contada, pero sacada a la luz a último momento.
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Julio Cortázar (Jules Florencio Cortázar, Bruselas, Bélgica, 26/8/1914 - París, Francia, 12/2/1984).
Pese al lugar de nacimiento, Cortázar es un escritor argentino. Uno de los más importantes innovadores de su tiempo, que marcó un estilo característico en las letras hispanoamericanas.
Sus obras:
Cuentos y misceláneas: La otra orilla, 1945; Bestiario, 1951; Final del juego, 1956; Las armas secretas, 1959; Historias de cronopios y de famas, 1962; Carta a una señorita en París, 1963; Todos los fuegos el fuego, 1966; La vuelta al día en ochenta mundos, 1967; El perseguidor y otros cuentos, 1967; La isla a mediodía y otros relatos, 1971; Octaedro, 1974; Alguien que anda por ahí, 1977; Un tal Lucas, 1979; Territorios, 1979; Queremos tanto a Glenda, 1980; Deshoras, 1982; El perseguidor, 2009; La noche boca arriba.
Novelas: Los premios, 1960; Rayuela, 1963; 62/modelo para armar, 1968; Libro de Manuel, 1973; El examen, 1986 (escrita en 1950); Divertimento, 1986 (escrita en 1960); Diario de Andrés Fava, 1995 (obra póstuma).
Teatro: Los reyes, 1949 (con el seudónimo de Julio Denis); Adiós Robinson y otras piezas breves, 1995 (obra póstuma).
Poesía: Presencia, 1938 (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis); Pameos y meopas, 1971; Salvo el crepúsculo, 1984.
Otros: La autopista del Sur, 1964; Buenos Aires, Buenos Aires, 1967; Último round, 1969; Viaje alrededor de una mesa, 1970; Prosa del observatorio, 1972; La casilla de los Morelli, 1973; Fantomas contra los vampiros multinacionales (cómic), 1975; Estrictamente no profesional, 1976; Los autonautas de la cosmopista, 1982 (con Carol Dunlop); Nicaragua tan violentamente dulce, 1983; Silvalandia, 1984; Imagen de John Keats (obra póstuma, escrita entre 1951 y 1952); Correspondencia Cortázar-Dunlop-Monrós, 2009 (obra póstuma); Papeles inesperados, 2009 (obra póstuma); Cartas a los Jonquières, 2010 (obra póstuma).
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UN CASO LAMENTABLE [1]
de James Joyce
El señor Duffy vivía en Chapelizod porque quería vivir lo más lejos posible de su ciudad de origen y porque encontraba todos los demás suburbios de Dublín mezquinos, modernos y pretenciosos. Vivía en una vieja y sombría casa, y desde allí podía ver la destilería abandonada y, más allá, el río poco profundo en cuyas riberas se erigía Dublín. Las altas paredes de su cuarto sin alfombras carecían de cuadros. Él mismo había comprado cada pieza del mobiliario: una cama de hierro negro, un lavabo también de hierro, cuatro sillas de caña de la India, un perchero, un cubo para el carbón, un guardafuegos con los utensilios imprescindibles para la chimenea y una mesa cuadrada a modo de escritorio con doble juego de cajones. Gracias a unas tablas de madera blanca había convertido una hornacina en biblioteca. La cama tenía sábanas blancas y una colcha roja y negra a los pies. Un espejito de mano colgaba sobre el lavabo, y durante el día una lámpara con pantalla blanca era el único adorno en la repisa de la chimenea. Los libros en los estantes de madera blanca se acomodaban, según su volumen, de abajo hacia arriba. Las obras completas de Wordsworth estaban en un extremo del anaquel más bajo, y un ejemplar del Maynooth Catechism, cosido a la cubierta de tela de un cuaderno, se encontraba en un extremo del estante más alto. Sobre el escritorio había siempre implementos para escribir; y también una traducción manuscrita del Michael Kramer, de Hauptmann, con las acotaciones para la puesta en escena en tinta púrpura, y algunas hojas de papel sujetas con un broche de cobre. En estas hojas había escrito de tanto en tanto una frase y, en un arranque de ironía, había pegado en la primera el encabezamiento de un anuncio de píldoras para la bilis. Al levantar la tapa del escritorio, se desprendía una suave fragancia: fragancia de lápices nuevos de cedro o de un pote de goma de pegar o de una manzana demasiado madura dejada allí y olvidada después.
El señor Duffy aborrecía cualquier cosa que evidenciara desorden físico o mental. Un médico medieval lo hubiera calificado de saturnino. Su cara, que era el libro abierto de su vida, tenía el mismo tinte atezado de las calles de Dublín. En su larga y voluminosa cabeza crecía un cabello negro y seco, y el bigote leonado no alcanzaba a cubrir la boca, en la que campeaba un gesto áspero. Los pómulos contribuían también a dar al rostro un carácter áspero; pero no había dureza alguna en los ojos, que miraban al mundo bajo unas cejas leonadas y ponían de manifiesto a un hombre dispuesto a apoyar cualquier impulso redentor en los demás, si bien a menudo decepcionado. Vivía algo divorciado de su propio cuerpo y observando sus propios actos con miradas de soslayo. Tenía el raro hábito autobiográfico de componer en su mente, y de tiempo en tiempo, alguna corta sentencia acerca de sí mismo con el sujeto en tercera persona y el predicado en pretérito imperfecto. Jamás daba limosna a los mendigos y caminaba con paso firme, usando un grueso bastón de avellano.
Durante años fue cajero en un banco privado de Baggot Street [2], al que acudía todas las mañanas en tranvía desde Chapelizod. A mediodía almorzaba en el negocio de Dan Burke: una botella de cerveza lager [3] y algunos bizcochos de arruruz [3]. A las cuatro quedaba libre. Merendaba en un restorán de George's Street [2], donde se sentía a salvo de la dorada juventud de Dublín y donde, además, el precio de la comida revelaba cierta honestidad. Pasaba las tardes junto al piano de la dueña de casa o paseando por los suburbios de Dublín. Su afición por la música de Mozart lo llevaba a veces a la ópera o a algún concierto: éstos eran los únicos lujos de su vida.
Carecía de compañeros y de amigos, de iglesia y de credo. Vivía su vida espiritual sin comunión alguna con los demás; visitaba a sus parientes en Navidad y los escoltaba hasta el cementerio cuando morían. Cumplía con estos dos deberes sociales en defensa de la antigua dignidad, pero ahí acababan sus concesiones a las normas que rigen la vida civilizada. Se permitía pensar que, bajo ciertas circunstancias, sería capaz de robarle al banco, pero como nunca se daban tales coyunturas su vida rodaba sin traqueteos; en fin, una historia personal sin peripecias.
Una tarde se encontró sentado junto a dos damas en la Rotunda [4]. La sala, casi vacía y silenciosa, exhalaba un penoso fracaso. La dama sentada a su lado echó uno o dos vistazos a la sala desierta y dijo:
-Qué pena que haya tan poca gente esta noche. Es tan difícil tener que cantar a las butacas vacías.
Él tomó este comentario como una invitación a charlar. Le sorprendió la actitud un tanto desenvuelta de la dama. Mientras hablaban, trató de fijarla de un modo indeleble en su memoria. Cuando supo que la joven que estaba junto a ella era su hija, calculó que la dama tendría un año menos que él. Su cara, que debió haber sido hermosa, conservaba un aspecto inteligente. Era un rostro ovalado de facciones bien marcadas. Los ojos, serenos, eran de un azul oscuro. Su mirada tenía al principio un aire desafiante, que se diluía en lo que parecía ser un deliberado desvanecimiento de la pupila en el iris, cosa que revelaba por momentos un temperamento muy sensible. La pupila recobraba su forma con rapidez; y su naturaleza, que había quedado casi al descubierto, volvía así muy pronto al reino de la prudencia. La chaqueta de astracán de la dama, que moldeaba un pecho de cierta exuberancia, subrayaba definitivamente la nota desafiante.
Volvió a encontrarse con ella a las pocas semanas en un concierto en Earlsfort Terrace y aprovechó los momentos de distracción de la hija para alcanzar más intimidad. La dama hizo una o dos alusiones a su marido, pero su tono no hacía entrever una advertencia. La señora se llamaba Sinico. El tatarabuelo de su marido provenía de Leghorn [5]. Su marido era capitán de un buque mercante que hacía la travesía entre Dublín y Holanda; aquella era su única hija.
Al encontrarse por casualidad la tercera vez, tuvo suficiente coraje como para concertar una cita. Ella acudió. Tal fue el primero de una larga serie de encuentros. Se encontraban siempre al atardecer y buscaban los barrios más tranquilos para pasear. Pero el señor Duffy detestaba estos encuentros clandestinos, y al comprender que estaban forzados a verse de manera furtiva, la obligó a invitarlo a la casa. El propio capitán Sinico alentó esas visitas, pensando que tendrían que ver con la mano de su hija. Había descartado tan sinceramente a la esposa de su galería de placeres, que era incapaz de concebir que otro pudiera interesarse en ella. Como el marido se ausentaba a menudo y la hija salía a dar lecciones de música, el señor Duffy tenía muchas oportunidades de disfrutar de la compañía de la dama. Ni una ni el otro habían tenido antes ese tipo de aventuras y ninguno de los dos era consciente de incongruencia alguna. Poco a poco los pensamientos de él se fundieron con los de ella. Él le prestó libros, le dio ideas y compartió su vida intelectual. Ella escuchaba con atención todo lo que él decía.
A veces, y a cambio de estas teorías, ella le contaba algún hecho de su propia vida, y con solicitud casi maternal lo instaba a que abriera su alma por completo; se convirtió así en su confidente. Y así, él le contó que durante un tiempo había asistido a las reuniones del Partido Socialista Irlandés, en las que se había sentido como un bicho raro entre una veintena de obreros pobres en una buhardilla alumbrada apenas con un candil. Después, cuando el partido se dividió en tres facciones, cada una con su propio líder y su propia buhardilla, dejó de asistir. Las discusiones de los obreros, dijo, eran demasiado timoratas. La importancia que le asignaban a la cuestión de los salarios era desmesurada. Vio que eran unos realistas empedernidos y que estaban irritados por una exactitud producto de un ocio muy lejos de su alcance. Ninguna revolución social, sentenció, estremecería a Dublín por unos cuantos siglos.
Ella quiso saber por qué no escribía sus pensamientos. ¿Y para qué?, preguntó él, con estudiado desdén. ¿Para competir con plagiarios de frases, incapaces de pensar durante sesenta segundos seguidos? ¿Para plegarse a la crítica de una obtusa clase media que confiaba su moralidad a la policía y sus bellas artes a los empresarios?
Él iba a menudo a una casa de campo que la dama tenía en las afueras de Dublín; y con frecuencia pasaban juntos las tardes. Poco a poco, a medida que sus pensamientos se integraban, comenzaron a charlar de asuntos menos remotos. Ella era para él lo que la tierra cálida para una planta exótica. Ella dejaba a menudo que la oscuridad cayera sobre ambos sin encender la lámpara. Los unía el oscuro y discreto cuarto, la soledad y la música que aún vibraba en sus oídos. A él le encendía esta unión que limaba las aristas de su carácter e impregnaba de emoción su vida intelectual; a veces se sorprendía escuchando el sonido de su propia voz. Pensaba que a los ojos de ella cobraba estatura angelical, y al percibir de un modo cada vez más evidente la naturaleza ferviente de su amiga, oía una extraña voz impersonal que reconocía como propia, y que insistía en la incurable soledad del alma. Es imposible la entrega plena, decía aquella voz, no podemos dejar de ser dueños de nosotros mismos. El final de tales divagaciones tuvo lugar una noche en la que no había dejado de dar señales de inusitada excitación, hasta que ella le tomó apasionadamente la mano y la oprimió contra la mejilla.
El señor Duffy se sorprendió muchísimo. La interpretación que ella había dado a sus palabras lo desilusionó. A tal punto que dejó de visitarla durante una semana. Después le escribió para pedirle otra cita. Como no quería que este nuevo encuentro estuviera perturbado por la influencia de su arruinada confidencia, se encontraron en una pequeña confitería cercana a las puertas del parque. Era un otoño desapacible, pero a pesar del frío vagaron por los senderos del parque unas tres horas. Decidieron dejar de verse: todo lazo, dijo él, nos une al arrepentimiento. Al salir del parque, caminaron en silencio hacia el tranvía. Fue entonces cuando ella comenzó a temblar de tal modo que él, temiendo que se le quedara postrada en los brazos, le dijo adiós rápidamente y la dejó sola. A los pocos días, recibía un paquete con sus libros y su música.
Pasaron cuatro años. El señor Duffy volvió a su vida monótona. Su habitación guardaba todavía testimonio del orden que reinaba en su mente. Algunas partituras nuevas se habían agregado a las que ya había en el anaquel de abajo, y en la biblioteca descansaban dos libros de Nietzsche: Así hablaba Zaratustra y La gaya ciencia. De tanto en tanto escribía algo en las hojas que había en el escritorio. Una de sus sentencias, escrita dos meses después de su última cita con la señora Sinico, decía: El amor entre hombre y hombre es imposible porque no ha de haber comunión sexual, y la amistad entre hombre y mujer es imposible porque ha de haber comunión sexual. Como temía encontrarse con ella, ya no acudía a los conciertos. Su padre murió y se retiró el más joven de los socios del Banco. Sin embargo, él siguió yendo a la ciudad en tranvía todas la mañanas y siguió regresando a casa todas las tardes, después de haber comido con moderación en George's Street con la lectura del diario vespertino a manera de postre.
Una tarde, cuando estaba a punto de llevarse a la boca un trozo de carne y repollo, su mano se detuvo en el aire. Sus ojos se fijaron en un suelto del periódico vespertino que apoyaba contra la jarra de agua. Regresó el bocado al plato y leyó con atención. Enseguida bebió un vaso de agua, apartó el plato, dobló el diario ante sí, lo colocó entre los codos, y leyó la noticia una y otra vez. El repollo comenzó a formar un depósito de grasa blanca en el plato. La camarera se acercó a preguntarle si la comida tenía algún problema. Contestó que no, que estaba muy bien, y tragó unos bocados con dificultad. Luego pagó la cuenta y salió.
Caminó rápido bajo el crepúsculo de noviembre, golpeando rítmicamente el grueso bastón de avellano contra el suelo, mientras el borde amarillento del Mail asomaba de un bolsillo del ajustado chaquetón. Aflojó el paso al llegar al camino solitario que lleva de Parkgate a Chapelizod. Su bastón golpeó el suelo con menos energía y su aliento, anómalo y casi sibilante, se condensó en el aire invernal. Al llegar a casa, subió directamente al dormitorio, y sacando el diario del bolsillo, leyó otra vez aquel suelto a la débil luz de la ventana. No lo leyó en voz alta sino moviendo los labios como suele hacer un sacerdote al leer las oraciones. La noticia decía así:
MUERTE DE UNA DAMA EN SYDNEY PARADE
UN CASO LAMENTABLE
Hoy, en el Hospital Municipal de Dublín fue llevada a cabo por el juez suplente (en ausencia del señor Leverett) la investigación en torno a la muerte de la señora Emily Sinico, de cuarenta y tres años, ocurrida ayer por la tarde en la estación Sydney Parade. Según muestra la evidencia, la occisa fue arrollada por la locomotora del tren lento de las diez procedente de Kingstown mientras trataba de cruzar las vías, sufriendo heridas en la cabeza y en el costado derecho del cuerpo que le produjeron la muerte.
James Lennon, conductor de la locomotora, declaró pertenecer a la compañía ferroviaria desde hace quince años. Agregó que había puesto el tren en marcha luego de haber oído la señal del jefe de la estación y que, un segundo o dos después, lo detuvo al oír unos alaridos. La marcha del tren era lenta.
P. Dunne, mozo de cordel, declaró que el tren estaba a a punto de arrancar cuando vio a una mujer que intentaba cruzar las vías. Corrió hacia ella y le gritó, pero antes de que pudiera alcanzarla la mujer fue golpeada por el miriñaque de la locomotora y cayó al suelo.
Un jurado: ¿Usted la vio caer?
El testigo: Sí.
El sargento de policía Croly manifestó que, al llegar al lugar del hecho, encontró a la occisa tendida en el andén, aparentemente muerta. Hizo transportar el cuerpo a la sala de espera, hasta el arribo de la ambulancia.
El agente de policía chapa 57E corroboró la declaración.
El doctor Halpin, cirujano ayudante del Hospital Municipal de Dublín, declaró que la víctima tenía fracturadas dos costillas inferiores y severas contusiones en el hombro derecho. También se había producido una herida en el lado derecho de la cabeza. Pero las lesiones no eran suficientes para provocar la muerte de una persona normal. El deceso, según su criterio, se debía probablemente al shock y al súbito síncope cardíaco.
En nombre de la compañía de ferrocarriles, el señor H. B. Patterson Finlay expresó su profundo pesar por lo ocurrido. Luego declaró que la compañía tomaba de continuo todas la precauciones necesarias a fin de evitar que la gente cruzara las vías por atajos que no fueran los puentes, tanto mediante carteles en todas las estaciones como con el uso de molinetes bien visibles en los pasos a nivel. La occisa tenía la costumbre de cruzar las vías de andén a andén bien entrada la noche. Asimismo, y en vista de ciertas circunstancias adicionales del caso, no pensaba que cupiera tampoco responsabilidad alguna a los empleados del ferrocarril.
El capitán Sinico, residente en Leoville, Sydney Parade, y marido de la difunta, declaró también. Confirmó que la occisa era su esposa. Que no estaba en Dublín en el momento del accidente pues acababa de llegar esa misma mañana de Rótterdam. Que llevaban casados veintidós años y que habían vivido felices hasta hace unos dos años, época en que su mujer comenzó a beber de una forma más bien inmoderada.
La señorita Mary Sinico dijo que su madre había adquirido últimamente la costumbre de salir de noche a comprar bebidas alcohólicas. Según atestiguó, había tratado a menudo de hacerla entrar en razón y hasta de inducirla a que ingresara en una liga antialcohólica. No regresó a su casa sino una hora después del accidente.
El jurado dio su veredicto de acuerdo con el informe médico y liberó a Lennon de toda responsabilidad.
El juez auxiliar dijo que se trataba de un caso sumamente lamentable, y expresó sus condolencias al capitán Sinico y a su hija. Exhortó a la compañía ferroviaria a tomar serias medidas para evitar la posibilidad de hechos similares en el futuro y decidió que nadie era responsable del accidente.
El señor Duffy alzó la vista del papel y su mirada se perdió por la ventana en el melancólico paisaje vespertino. El río discurría lento junto a la desolada destilería, y de vez en cuando se encendía una luz en alguna casa de la carretera a Lucan. ¡Qué muerte! Todo el relato le resultaba repulsivo. Y lo angustiaba pensar que había hablado con ella de lo que tenía por más sagrado. Las frases gastadas, las inútiles expresiones de condolencia y las cautas palabras con que el periodista conseguía ocultar los detalles de una muerte vulgar le daban dolor de estómago. Ella no se había limitado a degradarse: también lo había degradado a él. Vio el escuálido rastro de su vicio, miserable y hediondo. ¡La compañera de su alma! Pensó en los tambaleantes infelices, a los que había visto tantas veces llevar botellas y latas para que las llenara el tabernero. ¡Por Dios, qué manera de acabar! Evidentemente, no estaba preparada para vivir; carecía de fuerzas y propósitos, una presa fácil del alcohol, una de las tantas ruinas sobre las que se erige la civilización. Pero, ¿cómo imaginarse que podía caer tan bajo? ¿Cómo era posible que él se engañara tanto al respecto? Recordó la escena de aquella noche y la interpretó más duramente que nunca. Ahora, ya no tenía ninguna duda en lo acertado de su decisión de cortar toda relación.
A medida que la luz se debilitaba y su memoria comenzaba a divagar, creyó sentir que la mano de ella tocaba la suya. El malestar que se había apoderado de su estómago, ahora atacaba sus nervios. Se puso el chaquetón y el sombrero, y rápidamente salió. El aire frío lo recibió en el umbral; se deslizó por las mangas del abrigo. Al llegar a la taberna de Chapelizod Bridge, entró y pidió un ponche caliente.
El propietario lo atendió obsequioso pero sin atreverse a hablar. Había allí cinco o seis obreros que discutían sobre el valor de una propiedad señorial en el condado de Kildare. Bebían a intervalos de sus enormes vasos, fumaban y escupían con frecuencia en el suelo, moviendo de tanto en tanto el aserrín con sus pesadas botas para disimular los escupitajos. El señor Duffy se sentó en su taburete y los miró sin verlos ni oírlos. Transcurrió un rato, los obreros salieron y él pidió otro ponche, en cuya contemplación se demoró largos minutos. La taberna estaba silenciosa. El propietario, inclinado sobre el mostrador, los brazos extendidos, leía el Herald y bostezaba. A veces, se oía el siseo de algún tranvía a lo largo de la calle solitaria.
Allí sentado, rememorando su vida con ella y evocando alternativamente las dos imágenes con que ahora la concebía, comprendió que estaba muerta, que había dejado de existir, que se había convertido en un recuerdo. Y entonces empezó a sentirse mal. Se preguntó qué otra cosa habría podido hacer. Pensó que le hubiera sido imposible comportarse de un modo equívoco con ella; que le hubiera sido imposible vivir con ella. Que hizo lo que mejor le parecía. ¿Qué culpa tenía él? Ahora que ella había muerto, comprendió lo solitaria que debió haber sido su vida: sentada noche tras noche, sola en aquel cuarto. Su propia vida también sería solitaria, sí, hasta que él también muriese, hasta que dejase de existir y se transformara en un recuerdo... si es que había quien lo recordara.
Eran las nueve cuando salió. La noche estaba oscura y tenebrosa. Entró en el parque por la primera puerta y caminó bajo los árboles desnudos. Atravesó los caminos yermos por donde habían paseado juntos cuatro años atrás. Parecía como si ella estuviera en la oscuridad, junto a él. Por momentos, imaginaba oír su voz, que su mano tocaba la suya. Se detuvo para escuchar. ¿Por qué le había negado la vida? ¿Por qué la había sentenciado a muerte? Sintió que su integridad moral se hacía pedazos.
Al llegar a lo alto de Magazine Hill, se detuvo y miró el río que fluía hacia Dublín, cuyas luces brillaban rojizas y hospitalarias en el frío de la noche. Bajó la mirada por la ladera y, allá abajo, a la sombra del muro del parque, distinguió figuras humanas acostadas. Aquellos amores venales y furtivos lo llenaron de angustia. Sintió la rectitud de su propia vida como una corrosión; cayó en la cuenta de que había quedado fuera de la fiesta de la vida. Un ser humano le había demostrado amor, y él se había negado a darle vida y felicidad: la había sentenciado a la ignominia, a una muerte vergonzosa. Sabía que las figuras acostadas junto al muro lo observaban y anhelaban que se fuera pronto. Nadie lo quería. Estaba proscripto de la alegría de vivir. Volvió los ojos al río gris y lleno de reflejos que ondulaba lentamente hacia Dublín. Más allá del río, vio un tren de carga que salía con paso cansino de Kingsbridge Station, como un gusano de cabeza ardiente que se arrastraba serpenteando en la oscuridad, obstinada y penosamente. Desapareció con lentitud de su vista pero dejó en sus oídos el zumbido laborioso de la locomotora que repetía las sílabas de su nombre: Emily.
Volvió sobre sus pasos, con el ritmo de la locomotora resonando todavía en los oídos. Comenzó a dudar acerca de la realidad que le dictaba la memoria. Se detuvo bajo un árbol y esperó hasta que el ritmo se desvaneciera. Ya no podía sentirla cerca de sí en la oscuridad, ni tampoco su voz llegaba a sus oídos. Aguardó unos minutos, tratando de escuchar. No pudo oír nada: el silencio de la noche era absoluto. Trató de nuevo: y otra vez, un silencio absoluto. Estaba solo.
[1] En inglés, A Painful Case. Se lo ha traducido también como Un caso doloroso y hasta como Un triste caso. El cuento es parte del libro Dublineses o Gente de Dublín (1914).
[2] Las calles Baggot Street y George's Street están en el centro de Dublín.
[3] La lager es un tipo de cerveza dorada y bien estacionada, de origen bávaro. El arruruz es una fécula que se extrae de las raíces y tubérculos de algunas plantas tropicales.
[4] La Rotunda está cercana al centro de Dublín, al norte del río Liffey. Se trata de un conjunto de edificios en el extremo sudeste de Rutland Square, de los cuales el más conocido era el Hospital Maternal. En tiempos de Joyce, existía en la zona una sala de música.
[5] Leghorn es un puerto de la Toscana: en italiano es Livorno.
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ANÁLISIS DE "UN CASO LAMENTABLE" DE JAMES JOYCE
por Héctor Zabala ©
1) INDICIOS PARCIALES
1.1) Hay algunos detalles en la primera parte del cuento que constituyen indicios sobre el fin trágico que tendrá Emily Sinico: la destilería abandonada (una referencia a su depresión y alcoholismo), el cobertor negro y escarlata (luto y sangre), las acotaciones escénicas en la obra de Hauptmann en tinta púrpura (un fin trágico), el cubo para el carbón y los guardafuegos para la chimenea (alusión a la locomotora del accidente), etc.
1.2) El nombre Chapelizod [1] (capilla de Isolda) es otro indicio o adelanto evidente de la historia que el narrador nos irá contando, pues nos recuerda la leyenda celta de Tristán e Isolda que trata de un amor adúltero y frustrado. Isolda era la prometida (y luego la esposa) del rey Mark. Tristán tenía por misión custodiarla desde la isla de Irlanda hasta el palacio de su futuro marido, pero ambos jóvenes se enamoran en el camino. En líneas generales (salvo que Duffy y Emily no llegan a cometer adulterio y que no hay brebaje mágico) la historia es bastante similar: el capitán Sinico (un personaje paralelo al rey Mark) permite que Duffy acompañe a Emily, su esposa, tras una justificación razonable.
2) LA HISTORIA VISIBLE Y LA HISTORIA OCULTA
La obra cuenta en detalle la historia visible: el frustrado romance de James Duffy con Emily Sinico y la posterior muerte de ella. Pero no es tan fácil visualizar la historia oculta.
Una primera aproximación parece indicarnos que falta contar una historia; o bien que no hay otra más que la evidente. Sin embargo, la solución a este problema debe buscarse en las particularidades psicológicas de ambos personajes.
3) LA PERSONALIDAD DE EMILY SINICO
Según los datos de la narración, Emily era una mujer culta, sensible y romántica, deseosa de aventura, amistad y amor.
¿A qué se debió su muerte, entonces? Para resolver esto, debemos contestarnos estas preguntas:
3.1) ¿Se debió a un suicidio consciente a causa de una vida conyugal y familiar vacía, agravada por la desesperanza de un amor frustrado con James Duffy o con un tercero que habría conocido después?
En principio, la muerte de Emily no fue por causa directa de la colisión, dado que (según lo declarado por el doctor Halpin) las heridas en su cuerpo no habían sido suficientes para provocar el deceso. La muerte habría sido por el shock y el consecuente síncope cardíaco. Debe entenderse por shock en este caso, según la terminología de la época, el terrible estrés sufrido, producto del susto y la sorpresa de verse a punto de ser arrollada.
En este orden de razonamientos, el accidente de Emily no se compatibiliza con un suicidio consciente. Primero porque quien está dispuesto a suicidarse, busca una posición donde sea imposible fallar, a fin de que la muerte llegue rápida, segura. Nadie elegiría una estación donde el tren recién se pone en movimiento pues aún le faltaría mucho para alcanzar una buena velocidad. Un verdadero suicida más bien elegiría un tramo entre dos estaciones distantes y, de ser posible, una curva y un tren expreso, nunca un tren lento, como es el del caso. Segundo, nadie que ya tomó esa determinación se sorprende por un hecho que fue meditado y buscado, amén de que probablemente evitaría mirar hacia la locomotora para que no desfallezca su ánimo.
Por lo tanto, la idea de un suicidio consciente de parte de Emily debe ser descartada.
3.2) ¿Se debió a un suicidio inconsciente por idéntica causa?
Alguien podría alegar que Emily, desatendida por su familia, cayera en una depresión que la llevó al alcoholismo, y que ese cuadro psíquico la empujó después a un suicidio inconsciente. Aquí sí sería válida la teoría del shock por la sorpresa y el consecuente síncope, aunque podría seguirse cuestionando el pésimo lugar de elección por más inconsciente que sea.
Sin embargo, su vacía relación familiar era cosa asumida por Emily. Para ilustrar esto, recordemos que al inicio ella habló de su marido como si se tratara de un dato más, no como un obstáculo para verse con Duffy o a modo de advertencia. Por otro lado, su hija Mary jamás le reprochó que la visitara un cuasi desconocido. En síntesis, a la familia parece que le importaba muy poco lo que Emily hiciera de su vida. Tampoco parece muy lógico que alguien vaya a esperar veintidós años de relaciones vacías para suicidarse. Por lo tanto, sería muy dudoso afirmar que la causa haya sido un deseo inconsciente de suicidio.
3.3) ¿Se debió a un simple accidente involuntario por distracción?
Pese a que se trata de una tesis interesada (salvar la responsabilidad de su compañía), el accidente de Emily podría explicarse mediante la versión de H.B. Patterson Finlay, representante del ferrocarril, si se agrega la factible hipótesis de que quizá el sol de la tarde y la mayor frecuencia de trenes diurnos podrían haber confundido a la mujer, acostumbrada a cruzar las vías siempre de noche.
El alcoholismo de Emily databa de dos años atrás, pero debe eliminarse como causa directa. Ella no estaba alcoholizada aquella tarde; no sólo en ningún momento del juicio se baraja esa posibilidad sino que además Mary declara que su madre sólo se emborrachaba por las noches.
En síntesis, lo más probable es que la causa del síncope de Emily haya sido consecuencia del tremendo estrés sufrido ante la inminencia de ser arrollada cuando cruzaba las vías de manera distraída.
3.4) ¿Una primera historia no contada?
De todas formas, de lo que no hay duda es que James Duffy tuviera algo que ver, sea directa o indirectamente, con la muerte de Emily Sinico. Es más, Duffy nada supo de la vida de Emily durante los cuatro años anteriores a su muerte, pues evitó de manera rigurosa toda posibilidad de encuentro desde el corte de la relación. Y, además, ella no comenzó a caer en depresión y en adición alcohólica inmediatamente sino dos años después de dejar de verse y dos años antes del accidente ferroviario.
Por otra parte, las circunstancias sugieren que ella no hubiera tenido escrúpulos ni obstáculos fácticos para tener otro amigo después de Duffy: tenía libertad plena, pues su marido se la pasaba viajando, y un temperamento inquieto. Si Emily conoció a otro hombre en ese lapso, esto bien podría haber derivado en una nueva relación amistosa decepcionante o en un desencanto amoroso, cuestiones que apuntarían a una historia no contada sobre Emily.
Es decir, quizá ocurrió algo a mitad de camino entre el corte de la relación con Duffy y el accidente ferroviario. Algo que a Emily la volvió depresiva y alcohólica. Algo que el autor deliberadamente no nos cuenta.
4) LA PERSONALIDAD DE JAMES DUFFY
Lo primero que se nos ocurre al terminar de leer el cuento es que James Duffy es un tipo difícil, un solitario incorregible. Pero esa sola definición no explica el porqué de su modo de vida.
a) HIPÓTESIS A DESCARTAR
En primer lugar, podría pensarse que James Duffy no se involucró sexualmente con Emily porque la ve como una madre (algo así como "un complejo de Edipo resuelto"). Pero en todo caso, lo maternal sólo provendría de Emily cuando ella lo insta a que "le abra su alma", pues nada se dice de Duffy al respecto ni en ese momento ni después.
Pero Emily nunca se sintió realmente una madre de Duffy. Lo de "maternal" es una mera forma de expresarse que usa el autor porque así convenía a la intimidad de los personajes en ese pasaje del relato. Incluso, Emily misma, tiempo después, toma la mano de Duffy y la apoya en su mejilla, cosa que a él lo horroriza de inmediato. Entonces, ¿dónde quedan sus sentimientos de madre? Al parecer, aquí el narrador simplemente buscó desviar la atención de los lectores o bien mostrar la lucha interior que ambos personajes mantenían contra sus sentimientos o deseos más profundos.
En segundo lugar, hay que descartar la personalidad de James Duffy como la de un homosexual reprimido. No hay ningún indicio que lo avale, sino más bien lo contrario. En efecto, hay varios detalles que muestran a priori que Emily no le resultaba sexualmente indiferente: la encuentra garbosa, de rasgos hermosos pese a su madurez, de pechos exuberantes, por momentos un tanto atrevida, etc. Si todo esto no alcanza para explicar su propia atracción sexual, consciente o inconsciente, entonces, ¿por qué se asusta y decide cortar toda relación con ella de manera tan drástica?
En tercer lugar, tampoco basta con decir que Duffy es egoísta. En mayor o menor grado todo ser humano tiende a ser egoísta y altruista a la vez; depende del objeto o persona al que ese juego de sentimientos se dirige. Si fuéramos exclusivamente egoístas, la especie humana ya hubiese desaparecido hace rato; y si fuéramos sólo altruistas, los problemas socioeconómicos de la humanidad habrían desaparecido.
b) LA MEJOR HIPÓTESIS
La mejor hipótesis sobre la personalidad de James Duffy es la de un neurótico místico con veleidades de asceta y signos de megalomanía.
Los siguientes indicios, hechos y actitudes avalan la idea de un neurótico místico:
4.1) Más allá de las probables referencias a la propia familia del narrador, el apellido Duffy [2] en gaélico significa oscuro, negro. Además, hay un predominio de lo oscuro o lo negro en muchas de las cosas de uso diario del personaje, a tal punto que su vida parece estar signada por una velada conexión con la sotana católica. Obviamente, nadie elige su propio apellido, pero esto debe ser tomado como un indicio de regalo o travesura de quien escribe el cuento.
4.2) El arreglo de la casa y su modo de vida son los de un ermitaño: elección de un barrio ni moderno ni presuntuoso, muebles humildes y sólo funcionales, ningún adorno ni cuadro, un catecismo católico irlandés [3], las obras de su biblioteca [4], la vida solitaria (sin amigos, sin lujos y lejos de los jóvenes inquietos), una austeridad rayana casi en la obcecación, etc.
4.3) El orden de los libros en la biblioteca, presidiendo lo sagrado (arriba) sobre lo profano (abajo).
4.4) La obsesión por el orden, tanto físico como mental.
4.5) Su saturnismo, es decir su melancolía o tristeza permanente (hay que entender esto en sentido figurado, pues no hay nada que haga referencia a una intoxicación con plomo) alude a concepciones médico-astrológicas del Medioevo que suponían para los nacidos bajo Saturno el padecimiento de disfunciones biliares y de melancolías frecuentes que se aliviaban con la música. Incluso hay una referencia temprana a un anuncio de píldoras para la bilis que también suma como indicio.
4.6) La permanente atención por controlar su propio cuerpo, muy propio de un asceta o de un místico.
4.7) La obsesión por lo auténtico y honesto: se niega a seguir viendo a Emily clandestina y furtivamente, le exige que lo invite a su casa y lo presente a la familia, sólo merienda en un establecimiento donde el precio es honesto, etc.
4.8) El corte abrupto con Emily cuando la relación amenaza con superar lo platónico, lo intelectual. Incluso, la abandona aunque ella se debata en temblores, etc.
Ahora bien, los signos de megalomanía en James Duffy serían los siguientes:
4.9) Hablar mentalmente de sí mismo en tercera persona.
4.10) Suponerse capaz de robarle al banco donde trabaja, aunque declinando siempre la idea porque las circunstancias supuestamente nunca estarían dadas.
4.11) Visitar a los familiares en Navidad o en los funerales, pero más por dignidad, protocolo o tradición que por cariño verdadero.
4.12) No dar nunca limosna a los mendigos, pese a su actitud mística y a sus impulsos aparentemente redentores.
4.13) Negarse a publicar sus pensamientos para no descender a competir con escritorzuelos y a exponerse a la crítica obtusa de la clase media.
4.14) Detestar a obreros y socialistas por ser -a su criterio- unos timoratos, unos realistas empedernidos y cerrados a toda idea distinta de un superior valor intelectual.
4.15) Verse a sí mismo como un ángel y a Emily como una simple feligresa que adora su persona.
4.16) El uso de un bastón de avellano, que nos recuerda las varitas y báculos de los antiguos druidas [5]. El avellano también estuvo asociado a los poderes mágicos de los antiguos poetas celtas. Estas imágenes no pueden ser casuales en un irlandés como James Joyce.
4.17) Tomar exclusivamente cerveza dorada, cuando en Irlanda lo popular es la cerveza negra.
4.18) Comer ciertas meriendas exóticas y quizá algo caras, como bizcochos de arruruz.
4.19) Suponerse el árbitro de la moral pública:
• Porque apenas lee sobre la muerte de Emily, su primer impulso es echarle en cara la supuesta salpicadura hacia su persona; cosa que sólo podría afectarlo en su ego, pues ya nadie recordaba su relación con ella. A tal punto esto es así que ni siquiera fue citado por el juez ni tampoco se lo mencionó en el juicio.
• Porque aprovecha para considerar el alcoholismo no como una enfermedad psíquica sino como "una de las tantas ruinas sobre las que se erige la civilización", palabras grandilocuentes que sólo las puede decir alguien acostumbrado a mantener el dedo levantado.
• Porque acusa a Emily de no haber respetado las cosas que para él eran sagradas, como si se debieran respetar no tanto por lo que son sino por haberlo dicho él.
• Porque se felicita por haber cortado toda relación con Emily.
• Porque desaprueba las efusividades de las parejas acostadas en el parque y supone que están esperando que él se aleje para amarse a gusto; aunque lo más probable es que ni siquiera lo vieran, dada la oscuridad de la noche y a que estaban entretenidas con sus juegos amorosos.
• Porque supone que todo el mundo lo deja o lo detesta, aunque en realidad es él quien abandona a todo el mundo. Incluso su sentencia: "el amor entre hombre y hombre es imposible porque no ha de haber comunión sexual, y la amistad entre hombre y mujer es imposible porque ha de haber comunión sexual..." [6] es apenas una justificación barata de su pobre vida, dado que él tampoco se permite la más mínima posibilidad de relación de amistad (¡ni hablemos de amor carnal!) con nadie.
4.20) Incluso, su supuesto remordimiento por abandonar a Emily (que él imagina la habría llevado a la depresión y al suicidio o al dudoso accidente) no es más que otra muestra de megalomanía o excesiva consideración hacia su propia persona pues todos los datos apuntan a que él nada tuvo que ver con la muerte, según lo analizado en el punto 3.4).
4.21) Hay un detalle astuto que agrega el narrador: muchas referencias a títulos nobiliarios o de autoridad. Como si los ojos de Duffy sólo quedaran fijos en puntos de referencia pomposos: el tren del accidente de Emily provenía de Kingstown (pueblo del rey), ella vivía en Leoville (villa del León, en honor al papa León XIII), el último tren sale de la estación Kingsbridge (puente de los reyes), etc.
Hay además varias características de James Duffy que harían pensar en un ex seminarista o un monje ordenado que abjuró de su regla, probablemente un jesuita:
4.22) Los aromas en su escritorio parecen evocar fragancias de iglesia o convento.
4.23) El anotador que utiliza para escribir sentencias nos recuerda a las libretas de algunas órdenes religiosas usadas para volcar a diario los pecados y malos pensamientos. La cubierta de tela de una libreta de notas pegada al catecismo sería otro indicio similar.
4.24) Los aparentes impulsos de redención hacia la gente para después decepcionarse.
4.25) Escuchar sólo música de Mozart, quien tiene muchas composiciones de carácter sacro y que incluso estuvo durante buena parte de su vida al servicio del arzobispo de Salzburgo.
4.26) Algunas actitudes (o resabios) de sacerdote o monje, por ejemplo cuando comienza a leer la noticia del trágico fin de Emily, moviendo sólo los labios. O el ambiente monacal o ascético del mobiliario de su casa.
4.27) Hablar de sí mismo en tercera persona (megalomanía) pero además en pasado, como si se tratara de algo añorado en su interior o parte de una personalidad perdida.
4.28) La manzana pasada (o demasiado madura, según otra versión) indicaría que su credo sería algo descompuesto y como del pasado de su vida, aunque también demasiado arraigado para cambiarlo por completo. Es decir, aunque en apariencia lo rechace, en el fondo sigue marcado a fuego por las enseñanzas y modo de vida que le inculcaron de joven.
Ahora bien, la paradoja es que pese a su celo cuasi religioso, James Duffy carece tanto de credo como de iglesia. Por ende, no cuenta con una válvula de escape para esa tendencia mística permanente, de ahí su resultante neurótica.
5) LA HISTORIA OCULTA: EL VERDADERO CASO LAMENTABLE
Con los años, la personalidad de James Duffy parece dar un vuelco y volverse algo más liberal, hasta el punto de casi abjurar de sus antiguas creencias religiosas. Sin embargo, como vimos, queda en él un resabio, un fanatismo constante que demuestra que en el mejor de los casos sigue firme en su pensamiento primitivo aunque cambiado de objeto.
También hay señales de que Duffy tiene ocasión de variar sus costumbres y renacer a una nueva vida. Es muy significativo que el narrador eligiera justamente el Phoenix Park (Parque del Fénix), del barrio de Chapelizod, para describir el cierre definitivo de un amorío que nunca llegará a ser. El autor parecería decirnos aquí que se trata de la última oportunidad de James Daufy y de Emily para quemar el pasado y renacer a un futuro venturoso, de felicidad para ambos. Incluso tardan unas tres horas para alcanzar su charla decisiva, pese a ser un desapacible día de otoño. La referencia al otoño también debe ser tomada como una metáfora de la edad de los protagonistas (ambos cuarentones).
El cambio en Duffy es tenue: hay nuevas partituras de música y dos obras de Friedrich Nietzsche, que por entonces estaba muy en boga entre los socialistas británicos e irlandeses [7], si bien las ubica en los anaqueles inferiores.
Pero el narrador se apresura a hacernos notar que esos cambios de pensamiento son apenas pequeñas rebeldías (o quizá arranques irónicos) que el hombre se permite sin que por esto cambie demasiado su personalidad básica, pues Duffy sigue usando su bastón de avellano y leyendo un diario conservador (el Mail de color amarillo del cuento sería el Dublín Evening Mail, que se imprimía en un color marrón claro).
Sin embargo, la muerte de Emily, pese al violento rechazo del primer momento, al fin lo conmociona. James Duffy, a pesar de sus traumas, no deja de ser un tipo inteligente. A partir de allí hay indicios, sino de cambios, al menos de intentar una recapitulación mental de su vida.
Hay, por lo tanto, una toma de conciencia sobre su existencia vana, que él mismo va descubriendo de a pasos. Incluso hay una autocrítica irónica sobre su propia megalomanía cuando piensa en la vida solitaria que llevará hasta que se transforme sólo en un recuerdo cuando agrega para sí: si es que alguien me recuerda.
La definitiva toma de conciencia llega por fin en la colina Magazine (en inglés, revista), nombre que bien podría interpretarse como una ingeniosa alusión de hacer un examen completo de su vida pasada. Ahí Duffy se da cuenta de que ha quedado fuera de la fiesta de la vida. El tren, que sale de Kingsbridge en forma de gusano con su cabeza de fuego y que se aleja serpenteando lenta y laboriosamente (como su río paralelo, el Liffey) repitiendo las sílabas del nombre Emily, es una excelente imagen de que ha perdido definitivamente la gran posibilidad de amar, amén de constituir una metáfora concluyente sobre la muerte y los infiernos.
En fin, el cuento es una hermosa obra romántica en la que se llega a la conclusión de que el caso lamentable o doloroso es en realidad James Duffy; no Emily Sinico, como decía la nota del diario.
6) ¿HAY UNA SEGUNDA HISTORIA OCULTA?
Hay indicios que mostrarían de manera subrepticia que el caso lamentable y doloroso también sería la propia sociedad irlandesa de la época.
En efecto, Joyce nos deja frases sobre el patetismo del ambiente social en que él mismo se crió, tales como:
6.1) Duffy vivía en una sombría casa desde donde podía verse la abandonada destilería. Es decir, una imagen patética, triste, apenas en los arrabales de la principal ciudad de Irlanda.
6.2) Su rostro tenía el tinte atezado (ennegrecido, quemado) de las calles de Dublín. Es decir, una ciudad lóbrega, sombría, como enlutada.
6.3) La sala (previo al concierto en la Rotunda), casi vacía y silenciosa, exhalaba un penoso augurio a fracaso. Esto también se puede tomar como una metáfora: una sociedad irlandesa fracasada, vacía, sin objetivos.
6.4) El dicho de Emily, cuando se conocen: "Es tan difícil tener que cantar a las butacas vacías", bien podría tomarse como la imagen de los nacionalistas irlandeses en procura de convencer a un pueblo indiferente.
6.5) Un partido socialista irlandés que se divide en tres fracciones, cada una con su propio líder y su buhardilla mal iluminada, aun cuando sus militantes ya eran pocos de por sí y encima muy pobres.
6.6) Después de leer la noticia de la muerte de Emily, la mirada de Duffy se pierde por la ventana en el melancólico paisaje vespertino.
6.7) Cinco o seis obreros pobres discutiendo el valor de una propiedad señorial del condado de Kildare y el propietario de la taberna leyendo el Herald (un diario nacionalista irlandés) pero entre bostezos son otras imágenes patéticas de clases sociales que no saben muy bien lo que quieren.
6.8) El ir y venir de trenes de los párrafos finales podría tomarse como la gran metáfora de una Irlanda sin un norte claro; muy similar a la leyenda irlandesa El destino de los hijos de Lir, leyenda en la que cuatro cisnes blancos vagan sin ton ni son por toda la isla.
6.9) Duffy mismo podría tomarse como la vieja Irlanda católica, conservadora y aburrida que se niega a abrirse a una nueva Irlanda desafiante, inteligente y vivaz (Emily), amparada por momentos en el reino de la prudencia, en tanto subsiste intermitente un poder británico que nada le importa de la isla ni de cuidarla demasiado (el marido de Emily, el capitán Sinico).
[1] Chapelizod (en francés Chapel d'Iseult, capilla de Isolda) es un barrio del oeste de Dublín, a unos cinco kilómetros del centro.
[2] El personaje James Duffy estaría inspirado en su hermano Stanislaus Joyce, según el libro de este último, My Brother's Keeper (1958).
[3] La localidad de Maynooth está a unos veinticinco kilómetros al noroeste de Dublín. Allí se encuentra el seminario católico de St. Patrick, donde se celebró el sínodo de 1883 que aprobó este catecismo, conocido como Maynooth Catechism.
[4] William Wordsworth, aunque decepcionado después por el giro napoleónico, fue un ferviente partidario de la revolución francesa y uno de los puntales del romanticismo poético inglés, si bien después se lo asociaría al conservadorismo de la época victoriana. Gerhart Hauptmann, premio Nobel de literatura, fue un escritor naturalista muy interesado en el simbolismo religioso, inspirado en el primitivo cristianismo, y en los asuntos sociales sin dogmatismo político. El personaje Michael Kramer se parece a James Duffy en su ascetismo e inclinaciones artísticas.
[5] Los druidas eran los sacerdotes y verdaderos dirigentes de la vieja sociedad pagana de Irlanda y en general de los antiguos celtas en toda Europa.
[6] Friedrich Nietzsche, en el Eterno retorno, asegura que el amor sensual o carnal es siempre egoísta y un mero deseo de poseer en exclusividad al sujeto amado (casi un objeto) o, si se quiere, el amor carnal sería en realidad amor propio. Es decir, que entiende que no hay amor carnal y altruista a la vez. Lo diferencia plenamente de la amistad, a la que considera como la imagen pura o altruista del amor.
[7] Esta influencia se trasladó a buena parte del mundo. Por ejemplo, José Ingenieros, uno de los fundadores del Partido Socialista Argentino, fue un profundo conocedor y admirador de las obras de Nietzsche.
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James Joyce (James Augustine Aloysius Joyce, Dublín, 2/2/1882 - Zúrich, 13/1/1941).
Uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Pese a escribir sobre ambientes católicos-irlandeses (aunque vivió la mayor parte de su vida fuera de Irlanda), su literatura logra un retrato extraordinario del alma humana que convierte a su obra en universal.
Sus obras: Stephen el héroe (Stephen Hero), 1904-1906; Música de cámara (Chamber Music), 1907; Dublineses (Dubliners), 1914; Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), 1916; Exiliados (Exiles), 1918; Ulises (Ulysses), 1922; Poemas manzanas o Poemas a penique (Pomes Penyeach), 1927; Finnegans Wake, 1939.
