Publicidad:
La Coctelera

04 de Realidades y Ficciones (I)

REALIDADES Y FICCIONES Nº 4
(Literatura y algo más...)
Marzo de 2011

Suscripción gratuita si escribe a
zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país.

Sumario:

Literatura
• Tres "fábulas fantásticas" de Ambrose Bierce:
• El zorro y el pato. Fábula y análisis.
• El legislador y el jabón. Fábula y análisis.
• El lobo y el cordero. Fábula y análisis.
• El alambre de púa, de Horacio Quiroga. Cuento y análisis.
• La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Pequeña reseña y fragmento.

Y algo más...
• Sobre la censura a un tango de Manzi y otras agudezas.
• El bluf de Gran Hermano y la cultura argentina.


.

TRES FÁBULAS FANTÁSTICAS [1]

EL ZORRO Y EL PATO [2]
de Ambrose Bierce

Un zorro y un pato habían discutido sobre la propiedad de una rana, así que llevaron el asunto ante el león. Después de escuchar una enorme cantidad de argumentos de uno y otro, el león abrió la boca para emitir un juicio.
–Ya sé cuál será tu decisión -dijo el pato, interrumpiendo-: que según nuestras propias exposiciones, la rana no pertenece a ninguno de nosotros dos, y que entonces te la comerás. Permíteme decirte que esto es absolutamente injusto, como lo demostraré.
–Para mí está claro –dijo el zorro– que darás la rana al pato, y me darás el Pato a mí, y luego me comerás a mí. No me falta experiencia acerca de la ley.
–Estaba por decirles –dijo el león, bostezando–, que durante la discusión de este caso, la propiedad en disputa se fue a los saltos. Quizá puedan procurarse otra rana.

EL LEGISLADOR Y EL JABÓN [3]
de Ambrose Bierce

Un miembro de la Legislatura de Kansas que se cruzó con un jabón pasó junto a él sin reconocerlo, pero el jabón insistió en que detuviera su marcha para estrecharle las manos. Pensando que se encontraba en goce de inmunidad parlamentaria, el legislador le dio un intenso y cordial apretón de manos. Al seguir su camino, se percató que una parte del jabón había quedado adherida en sus dedos. Así que corrió muy alarmado hacia un arroyo y procedió a lavárselas. Para hacerlo, se vio obligado a frotarse ambas manos a tal punto que, cuando terminó, quedaron tan blancas que se metió en cama y mandó a llamar al médico.

EL LOBO Y EL CORDERO [4]
de Ambrose Bierce

Un cordero, perseguido por un lobo, buscó refugio en un templo.
-Si te quedas ahí, el sacerdote te atrapará y luego te sacrificará -dijo el lobo.
-Me da igual ser sacrificado por el sacerdote o devorado por un lobo -respondió el cordero.
-Amigo -dijo el lobo-, me apena ver cómo consideras una cuestión tan importante desde un punto de vista tan egoísta: a mí no me da lo mismo.

[1] Del libro Fábulas fantásticas (Fantastic Fables, 1899):
[2] The Duck and the Fox.
[3] The Member and the Soap.
[4] The Wolf and the Lamb.

.

COMENTARIOS A TRES FÁBULAS DE AMBROSE BIERCE
de Héctor Zabala ©

La mordacidad es una característica clave en la literatura de Bierce. Nada se salvaba cuando este hombre apuntaba con su pluma.

El zorro y el pato se apoya en el antecedente de una fábula de Esopo: El león, el asno y la zorra, en la que el león actúa arbitrariamente [1].
Aquí, el narrador la reedita en gran parte (al igual que en Esopo, se trata de una presa conseguida por una sociedad de cazadores) pero con una salvedad: en este caso el león no es parte interesada sino juez.
Sin embargo, en tren de querella los animales de esta fábula prejuzgan a quien va a juzgar, pues imaginan al león actuando de manera parecida a como había actuado en la fábula griega. Sin embargo, no reparan en un detalle: para el león, nada de lo que hay a la vista merece la pena (de ahí el bostezo), y quizá por esta vez hasta llegaría a juzgar con justicia. Entretanto, por querellarse entre sí y luego por descalificar al juez con un evidente ánimo de recusación, descuidan al objeto mismo de la querella.
La moraleja es excelente: hay quienes por no aceptar acuerdos razonables, pleitean hasta perderlo todo.

El legislador y el jabón es una crítica contundente a los políticos en general. En efecto, Bierce deja entrever que cualquier carrera política implica casi inexorablemente mezclarse en corrupciones. De ahí que al legislador lo enferme sentirse limpio aun cuando sólo sea por accidente.

En El lobo y el cordero, es notable la ironía al pensamiento individualista y el narrador sabe cómo llevarla al extremo con muy pocas palabras. El individuo dominante está tan encerrado en sus propias ideas que no puede entender cómo la víctima no se le entrega mansamente si igual terminará muerta y consumida de una u otra forma. De ahí que acuse al cordero de egoísta por pensar más en su propia vida que en el bienestar del victimario. Lo paradójico es que para la mente del lobo hay una inversión de roles: él no se siente egoísta sino una víctima del despiadado cordero, que a su vez viene a ser el victimario por intentar matarlo de hambre.
A lo largo de nuestra vida, seguramente hemos conocido gente así. Y a través de la historia, no faltaron clases sociales ni grupos económicos o políticos dominantes que han buscado justificar sus atropellos disfrazándose de damnificados mientras avasallaban a la otra parte.

[1] De ahí, lo de "la parte del león" del dicho popular.

.

Ambrose Gwinett Bierce (Horse Cave Creek, Ohio, Estados Unidos 24/6/1842 - ¿México, 1912?). Su biografía se encuentra en REVISTA SESAM Nº 86 (ver http://www.sesamweb.com.ar/).

.

EL ALAMBRE DE PÚA [1]
de Horacio Quiroga

Durante quince días el caballo alazán había buscado en vano la senda por donde su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de capuera -desmonte que ha rebrotado inextricable- no permitía paso ni aun a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por allí por donde el malacara pasaba.
El alazán recorría otra vez la chacra, trotando inquieto con la cabeza alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los relinchos vibrantes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos, en que había sin duda una fraternal promesa de abundante comida. Lo más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres veces en el día para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar un instante a su compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga a rastra, se internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecución, hallaba el monte inextricable. Esto sí, de adentro, muy cerca aún, el maligno malacara respondía a sus desesperados relinchos, con un relinchillo a boca llena.
Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy sencillamente: cruzando por frente al chircal que desde el monte avanzaba cincuenta metros en el campo, vio un vago sendero que lo condujo en perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el malacara, deshojando árboles.
La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal, había hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado. Repitió su avance a través del chircal, hasta llegar a conocer perfectamente la entrada del túnel. Entonces usó del viejo camino que con el alazán habían formado a lo largo de la línea del monte. Y aquí estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada de la senda formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los caballos, de modo que el alazán, acostumbrado a recorrer ésta de sur a norte y jamás de norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha.
En un instante el viejo caballo estuvo unido a su compañero, y juntos entonces, sin más preocupación que la de despuntar torpemente las palmeras jóvenes, los dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que sabían ya de memoria.
El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aun a caballos. Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros de ancho. Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de tabaco salvaje. El viejo alazán, que en su juventud había correteado capueras hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigió la marcha, y en media hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta donde alcanza un pescuezo de caballo.
Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara cruzaron la capuera hasta que un alambrado los detuvo.
–Un alambrado –dijo el alazán.
–Sí, alambrado –asintió el malacara. Y ambos, pasando la cabeza sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía un alto pastizal de viejo rozado [2], blanco por la helada; un bananal y una plantación nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los caballos entendían ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a la derecha.
Dos minutos después pasaban: un árbol, seco en pie por el fuego, había caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la escarcha, vieron entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.
–Es yerba –constató el malacara, con sus trémulos labios a medio centímetro de las duras hojas. La decepción pudo haber sido grande; mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a pasear. De modo que cortando oblicuamente el yerbal, prosiguieron su camino hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeáronlo con tranquilidad grave y paciente, llegando así a una tranquera, abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno camino real.
Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad presente, había infinita distancia. Mas, por infinita que fuera, los caballos pretendían prolongarla aún, y así, después de observar con perezosa atención los alrededores, quitáronse mutuamente la caspa del pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su aventura.
El día, en verdad, la favorecía. La bruma matinal de Misiones acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente azul, el paisaje brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma, cuya cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, el camino de tierra colorada [3] cortaba el pasto delante de ellos con precisión admirable, descendía al valle blanco de espartillo helado, para tornar a subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún más la claridad de la mañana de oro, y los caballos, que sentían de frente el sol, casi horizontal todavía, entrecerraban los ojos al dichoso deslumbramiento.
Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de luz, hasta que al doblar una punta de monte, vieron a orillas del camino cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas en pleno invierno...
Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! ¡Y entrarían, ellos, los caballos libres!
Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa madrugada, alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni monte, ni desmonte, nada era obstáculo para ellos. Habían visto cosas extraordinarias, salvado dificultades no creíbles, y se sentían gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión más estrafalaria que ocurrírseles pudiera.
En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban inmóviles, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable.
–¿Por qué no entran? –preguntó el alazán a las vacas.
–Porque no se puede –le respondieron.
–Nosotros pasamos por todas partes –afirmó el alazán, altivo–. Desde hace un mes pasamos por todas partes.
Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a los intrusos.
–Los caballos no pueden –dijo una vaquillona movediza–. Dicen eso y no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.
–Tienen soga –añadió una vieja madre sin volver la cabeza.
–¡Yo no, yo no tengo soga! –respondió vivamente el alazán–. Yo vivía en las capueras y pasaba.
–¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.
La vaquillona movediza intervino de nuevo:
–El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los contiene. ¿Y entonces...? ¿Ustedes no pasan?
–No, no pasamos –repuso sencillamente el malacara, convencido por la evidencia.
–¡Nosotras sí!
Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.
–Esta tranquera es mala –objetó la vieja madre–. ¡Él sí! Corre los palos con los cuernos.
–¿Quién? –preguntó el alazán.
Todas las vacas, sorprendidas de esa ignorancia, volvieron la cabeza al alazán.
–¡El toro Barigüí! [4] Él puede más que los alambrados malos.
–¿Alambrados...? ¿Pasa?
–¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.
Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a que un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por aquel héroe capaz de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible que puede hallar el deseo de pasar adelante.
De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el toro. Y ante aquella chata y obstinada frente, dirigida en tranquila recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente su inferioridad.
Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca, intentó hacerla correr a un lado.
Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la tranca no corrió. Una tras otra, el toro probó sin resultado su esfuerzo inteligente: el chacarero, dueño feliz de la plantación de avena, había asegurado la tarde anterior de los palos con cuñas.
El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados mugidos sibilantes.
Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado lugar el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa, tendiéndolo violentamente hacia arriba con el testuz, y la enorme bestia pasó arqueando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre la avena, y las vacas se encaminaron entonces allá, intentando a su vez pasar. Pero a las vacas faltaba evidentemente la decisión masculina de permitir en la piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo retiraban presto con mareante cabeceo.
Los caballos miraban siempre.
–No pasan –observó el malacara.
–El toro pasó –repuso el alazán–. Come mucho.
Y la pareja se dirigía a su vez a costear el alambrado por la fuerza de la costumbre, cuando un mugido, claro y berreante [5] ahora, llegó hasta ellos: dentro del avenal, el toro, con cabriolas de falso ataque, bramaba ante el chacarero, que con un palo trataba de alcanzarlo.
–¡Añá...! Te voy a dar saltitos... -gritaba el hombre. Barigüí, siempre danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes. Maniobraron así cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a la bestia contra el alambrado. Pero ésta, con la decisión pesada y bruta de su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y pasó, bajo un agudo violineo [6] de alambres y grampas lanzadas a veinte metros.
Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su rancho, y tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que saltaba el alambrado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo cual los compañeros, ante aquel paso que avanzaba decidido, retrocedieron por el camino en dirección a su chacra.
Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro, siéndoles dado oír la conversación.
Es evidente, por lo que de ello se desprende, que el hombre había sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por inaccesibles que hubieran estado dentro del monte; alambrados, por grande que fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los incesantes destrozos de aquélla. Pero como los pobladores de la región difícilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por duros que les sean, el toro proseguía comiendo en todas partes menos en la chacra de su dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse mucho con esto.
De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al polaco cazurro.
–¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro! Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!
El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con agudo y meloso falsete.
–¡Ah, toro, malo! ¡Mí no puede! ¡Mí ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa! ¡Toro sigue vaca!
–¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!
–¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mi queda loco, toro!
–Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también.
–¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe...!
–¡Bueno!, vea don Zaninski: yo no quiero cuestiones con vecinos, pero tenga por última vez cuidado con su toro para que no entre por el alambrado del fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo.
–¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!
–Es que ahora no va a pasar por el camino.
–¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!
–No va a pasar.
–¿Qué pone?
–Alambre de púa... pero no va a pasar.
–¡No hace nada púa!
–Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a lastimar.
El chacarero se fue. Es como lo anterior, evidente, que el maligno polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado infranqueable por su toro. Seguramente se frotó las manos:
–¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!
Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí había cumplido su hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio del camino, mirando con solemne vaciedad de ideas desde hacía un cuarto de hora un punto fijo a la distancia. Detrás de él, las vacas dormitaban al sol ya caliente, rumiando.
Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron los ojos, despreciativas:
–Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.
–¡Barigüí sí pasó!
–A los caballos un solo hilo los contiene.
–Son flacos.
Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:
–Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más aquí –añadió señalando con los belfos los alambres caídos, obra de Barigüí.
–Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.
–No va a pasar más. Lo dijo el hombre.
–Él comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.
El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe en el alambrado que iba a construir el hombre.
La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre que se abría ante ellos los dos caballos bajaron la cabeza a comer, olvidándose de las vacas.
Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.
–Le digo que va a pasar –decía el pasajero.
–No pasará dos veces –replicaba el chacarero.
–¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a pasar!
–No pasará dos veces –repetía obstinadamente el otro.
Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas:
–... reír!
–... veremos.
Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés. El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no conocían, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.
–¡Curioso! –observó el malacara después de largo rato–. El caballo va al trote y el hombre al galope.
Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa mañana. Sobre el frío cielo crepuscular, sus siluetas se destacaban en negro, en mansa y cabizbaja pareja: el malacara delante, el alazán detrás. La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del sol, adquiría a esa semisombra una transparencia casi fúnebre. El viento había cesado por completo, y con la calma del atardecer, en que el termómetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado expandía su penetrante humedad, que se condensaba en rastreante neblina en el fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino costeaba el monte, el ambiente, que se sentía de golpe más frío y húmedo, se tornaba excesivamente pesado de perfume de azahar.
Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho que hacía sonar el cajoncito de maíz había oído su ansioso trémulo. El viejo alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la aventura, viéndose gratificado con una soga, a efectos de lo que pudiera pasar.
Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez el tabacal salvaje, hollando con mudos pasos el pastizal helado, salvando la tranquera abierta aún.
La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el calor excesivo prometía, para muy pronto, cambio de tiempo. Después de trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas en el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y su paso: querían ver cómo era el nuevo alambrado.
Pero su decepción, al llegar, fue grande. En los postes nuevos -obscuros y torcidos-, había dos simples alambres de púa, gruesos tal vez, pero únicamente dos.
No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras de monte había dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron atentamente aquello, especialmente los postes.
–Son de madera de ley –observó el malacara.
–Sí, cernes quemados –comprobó el alazán.
Y tras otra larga mirada de examen, el malacara añadió:
–El hilo pasa por el medio, no hay grampas.
–Están muy cerca uno de otro.
Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio, aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del cercado anterior desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que el hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al terrible toro?
–El hombre dijo que no iba a pasar –se atrevió, sin embargo, el malacara, que en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz, por lo cual sentíase más creyente.
Pero las vacas lo habían oído.
–Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó ya.
–¿Pasó? ¿Por aquí? –preguntó descorazonado el malacara.
–Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.
Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos entre los hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en los cuernos, dejó en suspenso a los caballos.
–Los alambres están muy estirados –dijo el alazán después de largo examen.
–Sí. Más estirados no se puede...
Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en cómo se podría pasar entre los dos hilos.
Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.
–Él pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras, después.
–Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan –comprobó al alazán.
–¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!
Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los caballos, inmóviles, alzaron las orejas.
–¡Come toda la avena! ¡Después, pasa!
–Los hilos están muy estirados... –observó aún el malacara, tratando siempre de precisar lo que sucedería si...
–¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre! –lanzó la vaquilla locuaz.
En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí muy serio y con el ceño contraído.
El animal esperó a que el hombre llegara frente a él, y entonces dio principio a los mugidos de siempre, con fintas de cornadas. El hombre avanzó más, el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y se lanzó sobre el alambrado.
–¡Viene Barigüí! ¡Él pasa todo! ¡Pasa alambre de púa! –alcanzaron a clamar las vacas.
Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó el testuz y hundió la cabeza entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de alambre, un estridente chirrido se propagó de poste a poste hasta el fondo, y el toro pasó.
Pero de su lomo y de su vientre, profundamente canalizados desde el pecho a la grupa, llovían ríos de sangre. La bestia, presa de estupor, quedó un instante atónita y temblando. Se alejó luego al paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se echó, con un ronco suspiro.
A mediodía el polaco fue a buscar a su toro, y lloró en falsete ante el chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar. Pero su dueño, comprendiendo que le costaría mucho trabajo curarlo -si esto aún era posible- lo carneó esa tarde. Y al día siguiente tocóle en suerte al malacara llevar a su casa, en la maleta, dos kilos de carne del toro muerto.

[1] En el original de muchas ediciones, el lector encontrará varias tildes (vgr. en dio, vio y fue) que la Real Academia Española (RAE) ha desechado hace tiempo, pero que eran correctas en la época de Quiroga.
[2] rozado. Extensión cortada de la selva para destinarla a cultivo agrícola.
[3] tierra colorada. Suelo característico de la provincia de Misiones (Argentina) debido a su gran porcentaje de óxido férrico. Este tipo de tierra también se encuentra en zonas cercanas del Brasil.
[4] Barigüí. El nombre corresponde al de un río brasileño del estado de Paraná, contiguo a la provincia de Misiones. Es palabra proveniente del tupí-guaraní (mbariwi'ý) que significa "río de los mosquitos-pólvora". El narrador tal vez quiso con esto hacer hincapié en el carácter obstinado y explosivo del toro.
[5] berreante. Adjetivación de berreo; modismo no aceptado por el Diccionario de la RAE.
[6] violineo. Este modismo rural de Argentina, pues la tensión o rotura del alambre semeja el sonido de un violín, no está aceptado por el Diccionario de la RAE.

.

ANÁLISIS DE "EL ALAMBRE DE PÚA"
de Héctor Zabala ©

UN NARRADOR POCO ORTODOXO...
Para algunos críticos de su tiempo, Horacio Quiroga escribía mal. Lo acusaban de cometer rimas en narrativa o de no tener prurito en usar lugares comunes, cosas inconcebibles para muchos puristas. Para colmo, en su Manual del perfecto cuentista, Quiroga no sólo reconoce a los lugares comunes como figuras perfectamente literarias sino que hasta se da el lujo de clasificarlos en dos: los de buena fe y los de mala fe, según se haga un uso natural (o no) de tales expresiones respecto del contexto narrativo.
Quizá fuese este desenfado lo que más fastidiara a sus detractores. Parecía como si el hombre se divirtiera en violar la ortodoxia o que estuviera pronto a responder con planteos tales como: ¿y qué tendría de malo escribir "Una vez en el río, me puse la capa de tío porque hacía frío"?
Notemos (y anotemos) que ya en el primer párrafo de este cuento, lugar sacro para los puristas -pues debería acaparar la atención del lector sin tacha alguna-, el cuentista se despacha con una doble rima. Y por si fuera poco, de dos clases: "...la senda por donde su compañero se escapaba del potrero" (rima consonante) y "...no permitía paso ni aun a la cabeza del caballo" (rima asonante). Y si los lectores buscan, encontrarán unas cuantas más a lo largo de la obra.

...PERO UN NARRADOR GENIAL
Y sin embargo, más allá de la pureza literaria, no cabe duda de que Quiroga fue un narrador de gran mérito. Sólo él pudo describir con tanta certeza y naturalidad la vida en el monte misionero, pintándonos su dura geografía, sus tipos humanos, sus animales, sus bosques, así como esa mezcla de resignación y desidia de esa sociedad provinciana tan particular. Y lo hizo como nadie después ha intentado repetirlo, al menos a grado tan copioso. Incluso las injusticias, propias de una región semisalvaje y fronteriza, como la Misiones de fines del XIX y principios del XX, donde el Estado no intervenía o lo hacía sin interferir demasiado, parecen mencionadas o descriptas como parte del paisaje. Las injusticias se testimonian, sí, pero no se señalan con el dedo levantado. Es el lector quien debe ser juez, no el narrador. Y este hecho, ya de por sí, hace de Quiroga un literato de calidad.

EL ARGUMENTO CENTRAL
El tema del cuento es sencillo: la incertidumbre de si el toro Barigüí logrará (o no) pasar el nuevo alambrado que fue puesto adrede para impedir sus diabluras. Pero pese a esta simplicidad argumental, el narrador consigue mantenernos en suspenso hasta el cierre.
Hay un personaje esencial en la trama, el dueño del toro, un polaco ladino, socarrón, que se divierte a costa del vecindario dejando al animal romper alambrados y devastar sembradíos ajenos. Y no sólo se divierte, sino que además tiene como incentivo la fácil manutención del toro que le sale gratis justamente por tales tropelías.

VACAS VS. CABALLOS
Hay además un gran contrapunto entre las vacas y los caballos. Una manera de mostrar, utilizando un subterfugio propio de las fábulas, dos pensamientos contrapuestos en lo que respecta a la inteligencia y perseverancia del humano.
Las vacas provocan: "Los caballos no pueden... Dicen eso y no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes" o bien "...a los caballos con un solo hilo se los contiene". Todo esto implica, además de una especie de letanía, una burla y un desafío.
Sin embargo, en las vacas hay resentimiento pues en realidad ellas tampoco pueden franquear alambrados por sí solas. Lo hacen detrás del toro, una vez que éste los rompe, pero igual no cejan en burlarse de los caballos. Una especie de juego psicológico destinado a desviar la atención de sí mismas para centrarla sobre los supuestamente más ineptos. Y por supuesto, amén de cargarse de virtudes ajenas, en las vacas también hay soberbia desmedida, dado que nos señalan de manera tácita que la especie vacuna puede vencer alambrados, una forma de decir nosotras podemos vencer al hombre.
En cambio, en los caballos hay nobleza, humildad y también sabiduría. Sabiduría que se manifiesta en no contestar los agravios de las vacas y en reconocer su incapacidad para derrotar obras humanas. No se encandilan con sus triunfos, pese a una euforia pasajera, porque saben que apenas si pueden pasar alambrados ya rotos o a través de tranqueras abiertas. Dudan, y por ende son más cautos, más científicos. Su experiencia les dice que el hombre no es fácil de vencer, que es obcecado, que buscará siempre la manera de no ser vencido.
Este contrapunto, además de caracterizar a ambas especies en cuanto a su lealtad hacia el hombre y mantenernos en constante suspenso durante todo el desarrollo narrativo, connota una sorda lucha de carácter universal: la fuerza bruta y la soberbia unidas contra la inteligencia sumada a la sensatez.

QUIROGA, UN OBSERVADOR IRÓNICO Y AGUDO
Hay por otra parte detalles costumbristas muy interesantes. Algunos expresados con fina ironía, como cuando le hace decir al malacara:
• "¡Curioso! El caballo va al trote y el hombre al galope" es una manera ingeniosa de graficar el trote inglés, en el que el jinete sube y baja exageradamente respecto del movimiento más bien moderado del equino; práctica absurda para el gusto de nuestros paisanos y más apta de la equitación deportiva que del trabajo rural.
O bien:
• "El viejo alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la aventura, viéndose gratificado con una soga..." es otra humorada, en la que de paso se hace hincapié en lo poco que los dueños conocen a sus caballos, pues el que siempre emprendía la aventura de escaparse para vagar lejos de la chacra era el malacara, no el alazán.
• La manera que usa el narrador para hacer hablar al polaco Zaninski es estupenda. Quiroga recrea a la perfección los defectos y las expresiones que caracterizan a los inmigrantes de esa nacionalidad: cambio del pronombre personal yo por la forma mí y a su vez combinado con el verbo en presente o en futuro pero casi nunca en pretérito, supresión de casi toda preposición y artículo (el idioma polaco utiliza declinaciones, al estilo de los primitivos lenguajes indoeuropeos), el uso frecuente de pausas o comas para compensar la ignorancia de palabras y hasta la eliminación del verbo en alguna que otra frase. Al leer el diálogo, uno no puede menos que imaginar a un polaco casi recién llegado al país que gesticula ampulosamente con cara de "yo-no-fui" ante el reproche y solicitud del indignado chacarero.
• También en este último se notan algunos modismos propios de la zona, vgr. el remate "ya no se puede más" después de la primera advertencia, o el verbo al final ("...usted bien sabe") pero sobre todo la cadencia y seriedad con que previene, tan comunes en el gaucho seguro de sí mismo.

INDICIOS
Durante el desarrollo del cuento, el narrador nos va arrojando indicios de que el asunto terminará mal para el temerario toro del polaco.
• El primero de estos indicios quizá deba verse en la palabra "conserva", que prefigura el destino que tendrá, pues el término también se usa para nombrar a cierta carne destinada para alimento humano.
• El toro logra pasar alambres de púa pero sólo gracias a una decisión arriesgada: no hacer caso de los rasguños sangrantes. Todo indica que confía en su gran fortaleza y que unas cuantas heridas no lo detendrán jamás. Esto nos lleva a una pregunta lógica: ¿qué pasaría si el alambrado fuera extremadamente fuerte y el toro ya hubiera pasado medio cuerpo?
• En un pasaje del cuento se dice que "...los vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño". Obviamente es fácil colegir que, tarde o temprano, harán algo para detener el abuso. Cosa que se reafirma con la advertencia del chacarero al polaco de que no vuelva a dejar suelto a Barigüí. En una segunda lectura, comprendemos que en realidad se trataba de un ultimátum.
• La réplica contundente del chacarero al inglés "[el toro] no pasará dos veces" y el párrafo "...adquiría a esa semisombra una transparencia casi fúnebre" son otras dos indicaciones obvias; el asunto acabará en un hecho grave, mortal. Pese a todo, el narrador crea una astuta incertidumbre a través de un manejo magistral del diálogo entre el chacarero y el entrometido, a la par que escéptico, jinete inglés.
• La pesquisa de los caballos arroja indicios suficientes sobre un ahora posible alambrado infranqueable, incluso para Barigüí: dos hilos muy gruesos de alambre de púa, postes de cerne quemado (madera durísima), un alambre no sujeto a grampas como otrora (en un párrafo previo se muestra cómo saltaban las grampas) sino que los alambres nuevos pasan a través de agujeros practicados directamente en las maderas, postes más juntos que de costumbre, hilos muy estirados, etc.
• Incluso el uso de dos hilos demuestra que el alambrado es una trampa. Es decir, pocos hilos para incentivar al toro a pasar (recordemos que antes eran cinco), pero ambos lo suficientemente fuertes como para que no cedan con facilidad. Después, la propia fuerza del toro y las afiladas púas completarán el resto.

.

Horacio Quiroga (Horacio Silvestre Quiroga Forteza, Salto, Uruguay, 1878 - Buenos Aires, Argentina, 1937).
Narrador de origen uruguayo. Sus cuentos reflejan con intensidad la subsistencia en la selva misionera argentina, selva en la que vivió gran parte de su vida. Admirador de Poe, sus cuentos reflejan bastante del estilo clásico que impuso el narrador norteamericano.
La vida de Quiroga estuvo desde muy temprano sumida en tragedias personales y también fue trágica su muerte. Sin embargo, no implica que su éxito se deba a estas contingencias. Como todo escritor profesional, el literato estaba por encima de su vida privada, y bien podía su estilo emerger brillante, más allá de sus pasiones o de su pasado.
Entre sus obras se cuentan:
• Los arrecifes de coral (poemas, 1901)
• El crimen del otro (cuentos, 1904)
• Los perseguidos (cuentos, 1905)
• Historia de un amor turbio (novela, 1908)
• Cuentos de amor, de locura y de muerte (cuentos, 1917)
• Cuentos de la selva (cuentos infantiles, 1918)
• El salvaje (cuentos, 1920)
• Los sacrificados (teatro, 1920)
• Anaconda (cuentos, 1921)
• El desierto (cuentos, 1924)
• La gallina degollada y otros cuentos (cuentos, 1925)
• Los desterrados (cuentos, 1926)
• Pasado amor (novela, 1929)
• Más allá (cuentos, 1935)
• El hombre muerto (cuentos)

.

LA CONJURA DE LOS NECIOS (de John Kennedy Toole)
por Héctor Zabala ©

Ignatius J. Reilly es el personaje principal de esta extraordinaria novela, que muestra de manera descarnada la historia de un treintañero de Nueva Orleans. Un ser multifacético y contradictorio: excéntrico, egoísta, malcriado, manipulador, maquiavélico, glotón, hipocondríaco, comodón, indolente para el trabajo pero hiperactivo para armar escándalos y embrollos, intelectual, moralista, misántropo, de sexualidad ambigua, defensor acérrimo de las ideas medievales. Su rigidez además lo hace un censor fanático de los supuestos males del mundo moderno al que define como herético. Bajo su mira implacable caen protestantes, homosexuales, prostitutas, programas de TV, la psicología freudiana, etc. No por nada en Nueva Orleans este personaje (no el autor) tiene un monumento.
La extravagancia del sujeto y la ágil pluma del narrador hacen que se dé un clima desopilante de manera casi permanente. Novela muy recomendable.
Vaya como ejemplo, este fragmento del capítulo VII:

"...
Entre los transeúntes vespertinos que pasaban apresurados delante de Vendedores Paraíso Incorporated, pasó arrastrándose lentamente una figura impresionante: Ignatius. Se detuvo ante el estrecho garaje, aspiró los humos de Paraíso con gran placer. Sus protuberantes pelos nasales analizaron, catalogaron, categorizaron y clasificaron los distintos aromas, la salchicha, la mostaza, el lubricante. Aspiró profundamente, preguntándose si detectaba también o no, un olor más sutil, el aroma leve de los panecillos. Miró las manos de blancos guantes de su reloj de pulsera Ratón Mickey y comprobó que sólo hacía una hora que había comido. Aun así, aquellos aromas intrigantes estaban haciéndole salivar activamente.
Entró en el garaje y miró por allí. En un rincón había un viejo que hervía salchichas en una enorme olla, cuyo tamaño empequeñecía el hornillo de gas sobre el que se asentaba.
-Disculpe, caballero -dijo Ignatius-. ¿Venden ustedes al detall?
Los ojos acuosos del viejo se volvieron hacia el enorme visitante.
–¿Qué quiere usted?
–Me gustaría comprar una de sus salchichas. Tienen un aroma delicioso. Quería saber si me vendía usted una.
–Desde luego.
–¿Puedo elegirla? –preguntó Ignatius, asomándose al borde de la olla.
Las salchichas silbaban y bailaban en el agua hirviendo como paramecios artificialmente coloreados, vistos desde un gigantesco microscopio. Ignatius se llenó los pulmones de aquel aroma amargo y picante.
–Me imaginaré que estoy en un restorán elegante y que esto es la charca de las langostas.
–Tome, sáquela con este tenedor –dijo el hombre, entregándole a Ignatius una especie de lanza doblada y corroída–. Y procure no tocar el agua con las manos. Es como ácido. Fíjese cómo ha dejado el tenedor.
–Caramba –dijo Ignatius al viejo, después de haber dado el primer mordisco–. Son fuertes, eh. ¿Qué ingredientes tienen?
–Caucho, cereal, tripa. ¿Quién sabe? Yo no me atrevería a comprarlas, la verdad.
–Resultan curiosamente atractivas –dijo Ignatius, carraspeando–. Me pareció que las vibrisas de mi nariz detectaban algo único cuando pasaba por ahí fuera.
Ignatius masticaba con una ferocidad beatífica, estudiando una cicatriz que tenía el viejo en la nariz y oyéndole silbar.
–¿Eso que silba es de Scarlatti? –preguntó al fin.
–Bueno, yo creo que es Turkey in the Straw.
–Tenía la esperanza de que conociera la obra de Scarlatti. Fue el último músico –añadió Ignatius, reanudando su furioso ataque a la gran salchicha–. Con sus evidentes dotes musicales, podría dedicarse usted a algo de más mérito.
Ignatius siguió masticando mientras el viejo reanudaba su monótono silbar. Luego, dijo:
–Sospecho que piensa usted que Turkey in the Straw es algo auténticamente norteamericano. Pues bien, no lo es. Es una abominación discordante.
–No me parece que eso tenga mucha importancia.
–¡Tiene muchísima, caballero! –chilló Ignatius–. Venerar cosas como Turkey in the Straw es la raíz misma de nuestros problemas actuales.
–¿Pero de dónde demonios sale usted? ¿Qué quiere?
–A ver, ¿cuál es su opinión sobre una sociedad que considera Turkey in the Straw como uno de los pilares de su cultura?
–¿Pero quién piensa eso? –preguntó el viejo irritado.
–Todo el mundo. Sobre todo los cantantes populares y los profesores de tercer grado. Hay hoscos pregraduados y párvulos que están cantándolo siempre, como hechiceros –Ignatius eructó–. Creo que tomaré otra de esas deliciosas salchichas.
Tras la cuarta salchicha, Igantius repasó labios y bigote con su majestuosa lengua color rosa y le dijo al viejo:
–No recuerdo haberme sentido tan satisfecho en mucho tiempo. He tenido suerte al encontrar este lugar. Me espera un día preñado de infinitos horrores. Estoy sin trabajo en este momento e intentando encontrarlo. Y es como si me hubiese lanzado a buscar el Santo Grial. Llevo ya una semana deambulando por el barrio comercial. Carezco, al parecer, de alguna perversión específica que buscan los patrones de hoy.
–No tiene suerte, ¿eh?
–Bueno, he contestado sólo a dos anuncios esta semana. Hay días que estoy absolutamente desquiciado ya cuando llego a la calle Canal. Esos días puedo darme por satisfecho si tengo ánimo bastante para entra en un cine. En realidad, he visto ya todas las películas que ponen en el centro y, dado que son lo suficientemente ofensivas como para que se mantengan en cartelera indefinidamente, la semana que viene se presenta particularmente lúgubre.
El viejo miró a Ignatius y luego la enorme olla, el hornillo de gas, los carros abollados. Al fin, dijo:
–Yo puedo darle trabajo aquí.
–Muchísimas gracias –dijo Ignatius en tono condescendiente–. Pero aquí no podría trabajar. Este garaje es muy húmedo y yo soy propenso a las afecciones respiratorias, entre varias otras.
–Pero no trabajaría usted aquí, hijo. Yo digo como vendedor.
–¿Qué? –aulló Ignatius–. ¿Todo el día en la calle, expuesto a la lluvia y a la nieve?
–Aquí [en Nueva Orleans] no nieva, hijo.
–Sí que nieva, pocas veces, pero nieva. Lo más probable es que se pusiera a nevar en cuanto saliera yo a la calle, arrastrando uno de esos carros. Seguro que me encontrarían tirado en el arroyo, con todos mis orificios llenos de carámbanos, y los gatos callejeros echados sobre mí para aprovechar el calor de mi último aliento. No, gracias, caballero. He de irme. Ahora recuerdo que tengo una cita.
Igantius miró con aire ausente su relojito y vio que había vuelto a pararse.
–Sólo un poquito, hijo –suplicó el viejo–. Pruebe un día. ¿Qué le parece? Necesito vendedores.
–¿Un día? –repitió incrédulo Ignatius–. ¿Un día, dice? Yo no puedo desperdiciar uno de mis valiosos días. Tengo que ir a sitios y ver gente.
–De acuerdo –dijo con firmeza el viejo–. Entonces, págueme el dólar que me debe por las salchichas.
–Me temo que tendrán que correr por cuenta de la casa, o del garaje, o lo que esto sea. Mi madre descubrió anoche en mis bolsillos varias entradas de cine y hoy sólo me ha dado para el transporte.
–Llamaré a la policía.
–¡Oh, Dios mío!
–¡Págueme! ¡Págueme o llamo a la policía!
El viejo empuñó el largo tenedor y colocó diestramente sus dos dientes herrumbrosos en el cuello de Ignatius.
–Está usted agujereando mi bufanda importada –chilló Igantius.
–Deme el dinero del transporte.
–No puedo ir caminando hasta la calle Constantinopla.
–Tome un taxi. Alguien le pagará al taxista cuando llegue a su casa.
–¿Cree usted en serio que mi madre me creería si le dijese que un viejo me había amenazado con un tenedor y me había quitado el dinero del pasaje?
–No estoy dispuesto a dejar que me roben más –dijo el viejo, rociando a Ignatius con saliva–. Es lo que pasa en este negocio. Los vendedores ambulantes y la gente de las gasolineras son los que peor lo tienen. Robos, asaltos. Nadie respeta a un vendedor de salchichas.
–Eso es patentemente falso, caballero. Nadie respeta más que yo a los vendedores de salchichas. Realizan uno de los pocos servicios dignos de nuestra sociedad. El robar a un vendedor ambulante de bocadillos de salchicha es un acto simbólico. No es un robo provocado por la avaricia, sino más bien por un deseo de humillar al vendedor.
–Cierre de una vez esa bocaza y págueme.
–Es usted muy obstinado para ser tan viejo. Sin embargo, no estoy dispuesto a caminar cincuenta cuadras para llegar a mi casa. Preferiría morir atravesado por un tenedor herrumbroso.
–De acuerdo, amigo, escuche. Haremos un trato. Usted sale una hora con uno de esos carritos y consideraremos zanjado el asunto.
–¿No necesito algún permiso del Departamento de Higiene o algo por el estilo? Quiero decir, podría tener algo entre las uñas que fuera muy perjudicial para el organismo humano. Por otra parte, dígame, ¿consigue usted a todos sus vendedores de este modo? Sus prácticas de contratación no están muy a tono con la época contemporánea. Tengo la impresión de haber sido víctima de un reclutamiento forzoso. Me da un poco de miedo preguntarle cómo despide usted a sus empleados.
–Mire, no vuelva a intentar nunca robarle a un salchichero.
–Acaba usted de concretar su punto. En realidad, ha concretado dos, y literalmente: en mi cuello y en mi bufanda. Es única en su género. Se hizo en una fábrica de Inglaterra destruida por la aviación alemana. Y se rumorea que la aviación alemana tenía orden de destruir precisamente esa fábrica para hundir la moral de los ingleses, pues los alemanes habían visto a Churchill con una bufanda de este tipo en un noticiero cinematográfico confiscado. Y, en realidad, ésta podría ser justamente la misma que llevaba Churchill en aquel noticiero. Hoy su valor es de miles de dólares. Puede utilizarse también como chal. Mire.
–Bien –dijo por fin el viejo, tras ver a Ignatius ponerse la bufanda como faja, cinturón, capa y falda escocesa, como cabestrillo para un brazo roto y como pañuelo-, en una hora no perjudicará usted mucho a Vendedores Paraíso.
–Si las alternativas son cárcel o nuez perforada, empujaré gustosamente uno de sus carros. Aunque no puedo predecir lo lejos que vaya a llegar.
–No me interprete mal, hijo. No soy mala persona, pero no me queda más remedio que hacer lo que hago. Llevo diez años intentando convertir Vendedores Paraíso en una empresa respetable, pero no es nada fácil. La gente menosprecia a los vendedores ambulantes. Creen que éste es un negocio de vagabundos y borrachos. Es difícil encontrar vendedores decentes. Y después, cuando encuentro a algún tipo correcto, van y lo asaltan los delincuentes. ¿Por qué tiene Dios que poner las cosas tan difíciles?
–No debemos poner en entredicho sus acciones –dijo Ignatius.
–Puede que no, pero no consigo entenderlo, la verdad.
–Puede que las obras de Boecio le diesen alguna pista.
–Leo lo del Padre Keller y lo de Billy Graham en el diario todos los días.
–¡Oh, Dios mío! –masculló Ignatius–. No me extraña que se sienta usted perdido.
–Tome –dijo el viejo, abriendo un armario metálico que había junto al hornillo–. Póngase esto.
Sacó del armario lo que parecía una especie de ropón blanco y se lo entregó a Ignatius.
-¿Qué es esto? -preguntó, muy feliz, Ignatius-. Parece una toga académica.
Ignatius se la metió por la cabeza. Encima de la chaqueta, aquel ropón lo hacía parecer un huevo de dinosaurio a punto de romper.
-Sujéteselo a la cintura con el cinturón.
-Ni hablar. Estas cosas deben caer libremente sobre la figura humana, aunque parece que permite poco margen. ¿Está seguro de no tener por ahí una más grande?
"Tras una inspección detenida, advierto que esta toga está más bien amarillenta en los puños. Espero que estas manchas del pecho sean de salsa de tomate, y no de sangre. Los delincuentes podrían haber acuchillado al último usuario."
–Tome, póngase esta gorra –el viejo le dio un rectangulito blanco de papel.
–Ni hablar. No estoy dispuesto a llevar una gorra de papel. La que tengo es perfecta y mucho más higiénica.
–No puede llevar una gorra de cazador. Éste es el uniforme de Vendedores Paraíso.
–¡No estoy dispuesto a llevar una gorra de papel! No quiero morir de neumonía por un capricho suyo. Hunda usted el tenedor en mis órganos vitales, si así lo desea. No llevaré esa gorra. Prefiero la muerte al deshonor y la enfermedad.
–Está bien, de acuerdo –el viejo suspiró–. Venga y tome este carro.
–¿Cree usted que voy a dejarme ver por las calles con esa monstruosidad abominable? –preguntó Ignatius, furioso, alisándose la bata de vendedor.
–Está bien, está bien –dijo mirando al viejo.
Luego abrió la tapa del pocillo del carro y, con un tenedor, empezó a pasar lentamente salchichas de la olla al posillo.
–Bueno, le doy una docena de salchichas –abrió una tapa que había encima del panecillo metálico–. Aquí le meto un paquete de panecillos. ¿Entendido"
Luego, cerró aquella tapa y abrió una puertecita lateral situada en la resplandeciente salchicha roja.
–Aquí hay una latita de calor líquido que mantiene calientes las salchichas.
–Dios santo –dijo Ignatius con cierto respeto–. Estos carros son como rompecabezas chinos. Sospecho que me pasaré la vida abriendo la trampilla que no es.
El viejo abrió aún otra trampilla, situada al fondo de la salchicha.
–¿Y ahí que veo? ¿Una ametralladora?
–Aquí van la mostaza y la salsa de tomate.
–Bueno, haremos una valerosa tentativa, aunque puede que le venda a alguien la lata de calor líquido al doblar la esquina.
El viejo arrastró el carro hasta la puerta del garaje y dijo:
–Bueno, muchacho, adelante, ánimo.
–Muchísimas gracias –contestó Ignatius, saliendo con la gran salchicha de lata a la acera–. Volveré raudo de aquí a una hora.
–No vaya por la acera con ese chisme.
–Supongo que no pensará que voy a meterme entre el tráfico.
–Pueden detenerlo por andar con un chisme de estos por la acera.
–Bueno –dijo Ignatius–. Si me sigue la policía, nadie se atreverá robarme.
Ignatius se alejó lentamente de las oficinas centrales de Vendedores Paraíso entre los numerosos peatones que se apartaban a ambos lados de la gran salchicha como olas ante la proa de un barco. Era mejor pasar el tiempo así que ver a jefes de personal, varios de los cuales, pensó Ignatius, le habían tratado bastante malévolamente en los últimos días. Dado que los cines quedaban fuera de su alcance por falta de fondos, habría tenido que vagar, aburrido y sin destino, por el barrio comercial hasta que le pareciese que podía volver a casa. La gente de la calle miraba a Ignatius, pero nadie compraba. Después de recorrer media manzana, comenzó a gritar.
–¡Salchichas! ¡Salchichas del Paraíso!
–Salga usted de la acera, amigo –le gritó un viejo detrás.
Ignatius dobló la esquina y estacionó el carro contra un edificio. Abrió las diversas tapas y se preparó un bocadillo, que devoró ávidamente. Su madre llevaba toda la semana de un humor de perros, negándose a comprarle Dr. Nut, aporreando la puerta de su cuarto cuando él intentaba escribir, amenazando con vender la casa e irse a vivir a un asilo de ancianos. Encima le hablaba a Ignatius del policía Mancuso que, pese a tenerlo todo en contra, luchaba para conservar su trabajo, quería trabajar, no se desanimaba por la tortura y el exilio en los servicios de la terminal de ómnibus. La situación del policía Mancuso le recordaba a Ignatius la de Boecio, cuando estaba preso por orden del emperador antes de ser ejecutado. Para aplacar a su madre y mejorar las condiciones de vida en casa, le había dado La consolación por la filosofía, una traducción inglesa de la obra de Boecio, escrita mientras sufría una prisión injusta y le había dicho que se la diera al policía Mancuso, para que la leyera mientras estaba escondido en la cabina.
–El libro nos enseña a aceptar lo que no podemos cambiar. Describe el calvario de un hombre justo en una sociedad injusta. Es la verdadera base del pensamiento medieval. Ayudará, sin duda, a tu policía en sus momentos de crisis –dijo benévolamente Ignatius.
–¿Sí? –había preguntado la Señora Reilly–. Oh, qué amabilidad, Igantius. Ya verás lo contento que se pondrá Ángelo.
Durante un día, al menos, aquel regalo al policía Mancuso aportó una paz temporaria a la vida de la calle Constantinopla.
En cuanto concluyó el primer bocadillo de salchicha, Ignatius se preparó y consumió otro, pensando en otras amabilidades que le permitiesen posponer el trabajar de nuevo. Quince minutos más tarde, percibiendo que la reserva de salchichas en el pocillo disminuía visiblemente, se decidió a favor de la abstinencia, al menos de momento, y se puso a empujar lentamente el carrito calle abajo, gritando de nuevo:
–¡Salchichas!
..."

.

John Kennedy Toole (Nueva Orleans, Luisiana, 17/12/1937 - Biloxi, Misisipi, 26/3/1969) fue un novelista estadounidense, autor de La conjura de los necios. Al parecer, se suicidó por no conseguir publicarla. Finalmente fue editada en 1980 gracias a la insistencia de su madre, Thelma Toole. En 1981, la obra ganaría el Premio Pullitzer de ficción.

04 de Realidades y Ficciones (II)

REALIDADES Y FICCIONES Nº 4 (CONTINUACIÓN)

Marzo de 2011


.

SOBRE LA CENSURA A UN TANGO DE MANZI Y OTRAS AGUDEZAS
por Héctor Zabala ©

ANTECEDENTES
Homero Manzi fue uno de los grandes poetas populares de Buenos Aires. Pese a no ser oriundo de la capital argentina (nació en Añatuya, un pueblito de Santiago del Estero, a más de mil kilómetros), su crianza y educación transcurrió en la ciudad porteña. En un mundo cambiante, como el de su juventud, logró inmortalizar en versos la pérdida de las cosas (antiguos barrios, oficios, hábitos) que se irían para no volver jamás. Su talento consistió justamente en hacer de la nostalgia un testimonio cabal de nuestras viejas costumbres ciudadanas, que sin duda jerarquizaría al tango como muy pocos autores lo lograron.
Es justo decir que, en general, sus letras no fueron censuradas. Sin embargo, hay un caso paradigmático. De paso, vale la pena aclarar que la censura en la Argentina, por lo menos en lo que hace al tango, no nació con el golpe militar del 4 de junio de 1943 sino bastante antes, aunque también es cierto que las prohibiciones recrudecieron a partir de esa fecha.
En efecto, la censura ya hacía lo suyo aun desde el gobierno anterior, surgido en elecciones. La administración del Dr. Ramón Castillo, quien había reemplazado en la titularidad del Poder Ejecutivo al presidente Roberto M. Ortiz por razones de salud, no fue ajena al uso del lápiz rojo.

LA LETRA EN CUESTIÓN
El tango "Tal vez será mi alcohol" (orquesta de Lucio Demare y voz de Raúl Berón) fue grabado el 6 de mayo de 1943, un mes antes del levantamiento militar. Sin embargo, a los pocos días (y antes del golpe) los discos pertinentes debieron ser retirados de la venta a causa de su imposible emisión por radio. Cabe recordar que en los años ‘40, época previa a la TV, el gran medio de difusión para todo lo concerniente a obras musicales de carácter popular era la radiofonía.
Aunque la Resolución 06869 de Radiocomunicaciones [1] sería aprobada más tarde -el 14 de octubre de 1943- bajo el gobierno de facto, mucho antes corría ya una especie de lista negra que alcanzó, entre otros, a este tango de Manzi, seguramente por considerárselo una incitación al vicio.
El 13 de septiembre de ese año, con varias modificaciones a la letra original, el tango volvería a ser grabado, pero bajo el título "Tal vez será su voz", pues caerían bajo anatema –además del nombre de la obra– los versos 1º, 2º, 5º, 13º, 14º, 15º, 16º, 18º, 19º, 20º, 21º, 23º, 24º, 28º y 29º. Es decir, más de la mitad de la poesía.
A continuación se indican en rojo las partes que fueron censuradas y cambiadas.

TAL VEZ SERÁ MI ALCOHOL
Letra original de Homero Manzi del 6/5/1943 [2]

Suena el fueye, la luz está sobrando,
se hace noche en la pista y sin querer
las sombras se arrinconan evocando
a Griseta, a Malena, a María Ester.

Las sombras que a la pista trajo el tango
me obligan a evocarla a mí también.
Bailemos que me duele estar soñando
con el brillo de su traje de satén.

¿Quién pena en el violín?
¿Qué voz sentimental
cansada de sufrir
se ha puesto a sollozar así?

Tal vez será tu voz,
[...] aquella que una vez
de pronto se apagó.
¡Tal vez será mi alcohol, tal vez!
Su voz no puede ser,
su voz ya se durmió.
¡Tendrán que ser nomás
fantasmas de mi alcohol!

Como vos, era pálida y lejana,
negro el pelo, los ojos verde gris.
Y era también su boca
entre la luz del alba
una triste flor de carmín.

Un día no llegó, quedé esperando,
y luego me contaron su final.
Por eso con la sombra de los tangos
¡la recuerdo vanamente más y más!

.

TAL VEZ SERÁ SU VOZ
Letra modificada de Homero Manzi del 13/9/1943 [2]

Suena el piano, la luz está sobrando,
se hace noche de pronto y sin querer
las sombras se arrinconan evocando
a Griseta, a Malena, a María Ester.

Las sombras que esta noche trajo el tango
me obligan a evocarla a mí también.
Bailemos que me duele estar soñando
con el brillo de su traje de satén.

¿Quién pena en el violín?
¿Qué voz sentimental
cansada de sufrir
se ha puesto a sollozar así?

Tal vez será el rumor
de aquella que una vez
de pronto se durmió.
¡Tal vez será su voz, tal vez!
Su voz no puede ser,
su voz ya se apagó.
¡Tendrá que ser nomás
mi propio corazón!

Era triste, era pálida y lejana,
negro el pelo, los ojos verde gris.
Y eran también sus labios
al sol de la mañana
una triste flor de carmín.

Un día no llegó, quedé esperando,
y luego me contaron su final.
Por eso con las sombras de los tangos
¡vanamente la recuerdo más y más!

MODIFICACIONES Y MOTIVOS INQUISITORIALES
• En el verso 1º, se sustituyó la palabra "fueye" por la anodina "piano". La censura no quería lunfardismos y el sinónimo castizo (bandoneón) hubiera violentado la métrica.
• En el 2º, se reemplazó "en la pista" por "de pronto". La palabra pista, si bien no provenía del lunfardo, aún no estaba aceptada por la Real Academia Española en cuanto a tal significado. En su Diccionario de 1939 (que era la versión vigente en 1943), no figuraba la actual acepción: 3.f. Espacio destinado al baile en salones de recreo, discotecas, etc.
Por otra parte, pista quizá le traería al censor connotaciones de locales de bajo fondo, de antros de mala vida o quizá hasta de pista de carrera de caballos, con seguridad otro escándalo para censores pundonorosos. Igual razón reconoce el reemplazo de "a la pista" por "esta noche" del 5º verso.
• Donde más se siente la censura es en la estrofa que contiene los versos 13º al 20º, y que después de los cambios la belleza poética queda muy deteriorada, además de que la historia cambia de raíz.
En efecto, el argumento primigenio hablaba de un hombre que bebía para sobrellevar el estado depresivo provocado por la pérdida de su amada. En la historia corregida no hay depresión ni intento de paliarla con buenos ni malos tragos: sólo hay simple nostalgia. Y a tal punto se tergiversa la idea de origen, que los posibles efectos de la bebida se sustituyen (o al menos se sugiere) por simples penas del corazón. De paso, esta última palabra, tan cara como posible centro de los sentimientos humanos, sirve una vez más para abusar de su uso en rimas y cierres. ¡Chan, chan!
• Hay una permutación entre los versos 16º y 18º ("apagó" por "durmió" y viceversa) que posiblemente responda a que, para la mentalidad del censor, una voz quizá no podría dormirse pero sí apagarse. Aclaro que esto es conjetura mía. Pero una conjetura que se sustenta en argumentos sólidos: por aquel entonces se insistía también en la necesidad del sentido cuasi literal. El significado debía ser límpido, para nada oscuro ni ambiguo; es decir, obvio y, ¿por qué no?, mediocre.
• Probablemente para la censura, el primitivo verso 24º fuese demasiado desvergonzado. La expresión "al sol de la mañana" suena más inocente a los oídos de cualquier censor, que se precie de serlo, que su precedente "entre la luz del alba", frase que connota oscuridad, perdición, sexo, pecado.

UN CASO ESPECIAL QUE TRAJO COLA
• El verso 21º fue sustituido en parte porque allí aparecía un demonio mucho mayor que el del alcohol (como habría dicho el propio Manzi): el voseo.
Este modismo argentino, que data de tiempos coloniales, era poco menos que sacrílego para los Torquemadas de la época. Porque, tal como sabemos, no deja de ser loable darse cuenta desde un trono de ciertos "errores" populares apenas cuatrocientos años después. Y qué mejor entonces que intentar cambiar a la gente, manu militari, su modo de hablar.
En ese tiempo, al igual que ahora, todos los argentinos (aun los más cultos) voseaban en casa, entre amigos o con compañeros de trabajo, pero se daba la rara paradoja de que tal costumbre estaba absolutamente prohibida en radio, periódicos, libros escolares, textos académicos, conferencias, obras teatrales, cine nacional, etc.
Incluso la prohibición fue tan exagerada que una década más tarde hasta se quiso imponer el tuteo en los recreos escolares por sugerencia de un trasnochado ministro de educación. El resultado fue que en muchos colegios se llegó al colmo de escuchar a las maestras tratando de usted a los alumnos para no caer en el voseo ni recurrir al tuteo. Porque el problema es que el tuteo es una forma de trato extraño entre argentinos; a la mayoría nos suena cómico, casi antinatural, más allá de que igual lo dominemos por la práctica de leer textos españoles o por tener casi todos algún abuelo o bisabuelo hispano. De ahí que hasta fuera probable que un empleado de la propia oficina de censura le dijera a otro: ¡Este verso no va, che! ¡No se lo podés dejar pasar! Sabés que el voseo aquí no corre. ¡Así que decile al tipo ese que para que esto funque, lo tiene que cambiar por el tuteo!
Pero en los colegios el remedio terminó siendo peor que la enfermedad. Las maestras al usar la fórmula de respeto se exponían a que los alumnos las considerásemos siempre enojadas o distantes. En Argentina, al menos en aquellos años, padres y madres recurrían al trato de usted cuando querían retar o mantener en penitencia al hijo travieso para enmendarlo. Sugerir desde un ministerio que no se usara el voseo no fue una buena idea.

CONCLUSIÓN Y PARADOJA
Pero lo más ridículo de toda esta historia es que la versión que todavía se canta hoy siga siendo la modificada (la del 13/9/1943), pese a que la letra original es notoriamente superior y ya no exista censura alguna. Se ve que el fantasma del inquisidor todavía persiste por los pasillos del tango.

[1] Radiocomunicaciones era la oficina de la Dirección de Correos, que controlaba las emisiones radiales.
[2] En ambos casos, la música es de Lucio Demare.

.

Homero Manzi (Buenos Aires, 1/11/1907 - 3/5/1951). Su biografía se encuentra en REVISTA SESAM Nº 76 (ver http://www.sesamweb.com.ar/).

.

.

.

.

EL BLUF DE GRAN HERMANO Y LA CULTURA ARGENTINA
por Héctor Zabala ©

EL MONSTRUO CONTRAATACA
Al mejor estilo de El regreso de los muertos vivos o de Jurasic Park, películas en las que se ven resucitar monstruos del pasado, la TV argentina nos sorprende con una nueva versión de Gran Hermano 2011, cuando toda persona sensata suponía que seguirían enterrados ad infinitum ¡Excelente, sigan así, mejorando día a día la cultura nacional!
El programa es más o menos una copia de su equivalente holandesa, supuestamente inspirada en un libro de George Orwell [1], pero vale la pena recordar que no es privativa de los Países Bajos ni de Argentina.
También suecos, belgas, españoles, norteamericanos, ingleses, africanos, alemanes, noruegos, australianos, brasileños, canadienses, croatas, ecuatorianos, mexicanos, colombianos, franceses, rumanos y muchísimos más han caído en lo mismo. Y aunque el refrán "mal de muchos, consuelo de tontos" siga en vigencia, al menos podemos decir que no estamos solos en esto y de paso comprobar una vez más que la estupidez no respeta fronteras, razas ni credos. Sin embargo, sería interesante descubrir si algún país quedó indemne, a fin de instituir el Premio Internacional a la Sensatez para dárselo al que sea como ejemplo para la humanidad toda.

UN SIEMPRE VIGENTE OSCAR WILDE
Si Oscar Wilde no nos hubiera advertido hace poco más de un siglo sobre la necesidad de cierta gente por ver y oír hasta el cansancio las mismas estupideces, hubiera sido difícil de creer en la vuelta de Gran Hermano a la TV argentina por aire; pero, bueno, aquel escritor perspicaz lo puso en su ensayo [2], estamos avisados, y es obvio que los directivos de algunos canales hacen lo imposible para que Wilde siga vigente hasta el juicio final. Quizá sea esta la única misión en la vida de un gerente de TV, pero aun así cuesta entender la terquedad asnal de repetir y repetir la misma tontería mediática, como si una veintena de tipos encerrados por propia voluntad nos vaya a enseñar algo nuevo o fuera tan fascinante de ver.

CRÉDULOS PESE A LOS TESTIMONIOS EN CONTRA
Pero lo más sorprendente es que haya televidentes que todavía crean que este "juego" está hecho realmente en serio, es decir que aún queden espíritus ingenuos como para dejarse calentar la cabeza en pos de un amor o un odio hacia personas que ni siquiera conocen. O peor aún, que crean que pueden llegar a conocerlas en profundidad porque las ven comer, gritarse, perdonarse, dormir o rascarse el ombligo durante unos meses. Y encima, no se den cuenta que estos amores y odios están fomentados por productores que utilizan estudiadas técnicas masivas de persuasión a fin de que la gente desperdicie su dinero en llamadas telefónicas y alimente así a un programa que sólo merece desprecio.
Y lo peor es que todo ese público ingenuo no recuerde, después de casi dos décadas, el testimonio de varios integrantes de ediciones anteriores (o de similares, como El Bar) que revelaban a quien quería oírlos que todo el programa había sido una farsa desde el primer día, que respondía a un guión general y que cada integrante cumplía un rol específico, como ser: un tipo difícil, histérico, abnegado, bruto, intelectual, traumado, fanfarrón, estúpido, taimado o mujeriego, cuando no lesbiana, gay o con alguna otra singularidad sexual. Y no faltó, además, quien asegurara que los participantes debían decir una línea de texto pergeñada de antemano por la productora (texto que, oh casualidad, coincidía siempre con el tema más conveniente para ese instante) y hasta sostener diálogos con pie actoral y todo, según la 14ª acepción de la palabra pie en el Diccionario de la RAE, tal como los actores hacen en el teatro o en el cine, a fin de darle fluidez a la ficción que representan.

SU SIMILITUD CON EL CATCH
Así que, tal como en el catch-as-catch-can de tiempos de Titanes en el Ring [3], en el que en apariencia los luchadores se daban todo tipo de golpes peligrosísimos (como patadas voladoras, piquetes de ojos, pisotones en el cuello, etc.), toda versión de Gran Hermano vendría a resultar un bluf, un espectáculo de circo o de prestidigitación.
De hecho, una patada voladora, como las que vimos practicar de chicos a más de un luchador de catch, hubiera significado dejar al rival en coma, de haberse hecho tal como sugería la tele. Sin embargo, nuestros ojos infantiles veían al luchador agredido levantarse con presteza y seguir el combate con una energía envidiable, como si nada hubiera pasado. Y es que en realidad nada le había pasado. Un habilidoso camarógrafo mostraba la "tremenda patada" que pasaba de derecha a izquierda (o viceversa) por la pantalla de nuestro televisor y la caída simultánea y largamente ensayada del otro, que más que rival era un compañero de trabajo.
¿Dónde estaba el truco? Algunos camarógrafos ineptos lo develaron más tarde cuando sus cámaras apuntaron alguna vez de frente (ángulo erróneo, prohibido) a quien tiraba la patada voladora, permitiendo así, sin querer, que todo el mundo viera cómo el cuerpo de la fortaleza volante pasaba a unos diez centímetros del torso o el rostro adversario.
Bueno, en Gran Hermano, parece que se utilizan técnicas similares en cuanto a cámara y libretos.

RAZONES PARA QUE EL PROGRAMA SEA UN BLUF
• Y más allá de que haya psicólogos que hablen en contra de los Gran Hermano, por razones de vulnerabilidad para ciertos concursantes, o que lo tilden de programa perverso o de experimento nazi, lo cierto es que no es irrazonable pensar en un montaje adrede y completo porque nadie sabe cómo puede reaccionar una persona vulnerable (si el asunto fuera de veras) ante una injusticia real o imaginaria, bajo el estrés de meses de encierro, sin apoyo inmediato de sus seres queridos y con el arrastre de otras carencias básicas, si de pronto le sobreviene un ataque psicótico o una fuerte neurosis.
Por ende, es muy razonable suponer que aquellos "ex hermanos" decían (y dicen) la verdad en cuanto al tema de los libretos. Y esto además se compadece con que un canal televisivo nunca va a arriesgarse a que ocurra un hecho delictivo irreparable, por más que rodeen a los candidatos a cobayos con equipos de psicólogos a modo de bomberos. Para asesinar, sólo se necesita unos segundos, cualquiera lo sabe, y después no hay contrato firmado que valga frente a un juez o cámara federal que quiera y deba impartir justicia. Al fin y al cabo, estos programas se hacen para ganar dinero, no para que el canal lo pierda en indemnizaciones de por vida.

• Pero hay otra razón para creer que todo Gran Hermano responde a un libreto. Si a un grupo grande de personas se lo deja a su total albedrío en una casa-cárcel, lo más probable es que para los televidentes resulte un verdadero plomo por la sarta de diálogos (o monólogos) intrascendentes, inconexos, monótonos o egocéntricos, sumados a los tics, ansiedades, bostezos y siestas de los demás participantes, quienes, más allá de comer y beber, poco tendrían para mostrar. Ningún canal se arriesgaría a que sucediera esto porque entonces, salvo algunos masoquistas, ninguno lo vería después de un par de semanas. Y lo que más temen los canales televisivos son los ratings bajos.

• Y hay otra razón más: si un Gran Hermano no responde a un libreto, el experimento podría quedar fuera de control. Porque ante injusticias, reales o imaginarias, bien podrían darse verdaderas rebeliones en serio, en especial después de varios días de hastío. Y en tales condiciones, los participantes podrían ponerse de acuerdo y crear climas absolutamente obscenos, apáticos, grotescos, agresivos y hasta blasfemos, que terminarían en expulsiones masivas o el repudio generalizado de la gente, y en la inmediata caída de ratings y de alguna cabeza gerencial.

CONCLUSIÓN: ¿QUIÉNES JUEGAN EN REALIDAD?
Si se piensa bien, el juego no es entre los que concursan, por más que las reglas digan esto, sino que se trata de un juego casi exclusivo de la producción. Sí, en realidad es la producción la que juega tanto con los televidentes como con los que quedan encerrados en la casa.
En efecto, a los primeros la producción les saca dinero, acicateándolos con antipatías y simpatías inventadas, y a los segundos haciéndoles creer que mañana mismo serán famosos. Por supuesto, el dinero jamás volverá al bolsillo del incauto televidente y la fama es puro cuento, como bien dice el tango [4]. Un caso típico del juego del gato y el ratón.

.

[1] Se trata de la novela de George Orwell, escrita entre 1947 y 1948, y editada en 1949 bajo el título "1984". El autor la llamó The Last Man in Europe (El último hombre en Europa), pero su título fue cambiado por razones comerciales. La novela muestra una sociedad alienada y controlada al máximo por un gobierno totalitario; control que llega no sólo a todo hogar sino al pensamiento mismo de cada habitante, a través de un Gran Hermano o Hermano Mayor, especie de organización partidaria, ubicua y omnipresente.
[2] Oscar Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo (ver REALIDADES y FICCIONES # 1) en esta misma página literaria.
[3] Titanes en el Ring fue un programa televisivo creado por el deportista-actor Martín Karadagián (Buenos Aires, 1922-1991) en el que su compañía de luchadores disputaba todos los años (con niveles altísimos de popularidad entre 1962 y 1973, y ya en decadencia hasta 1988) un pretendido campeonato mundial de catch-as-catch-can, siempre en la capital argentina. Dotado de mucho humor e inventiva para crear personajes y supuestos campeones de diversos países, Karadagián pretendía en sus exhibiciones ser armenio y campeón mundial de catch, especialidad que jamás fue aceptada como olímpica. En su época, varias compañías similares (o troupes) hacían lo mismo a lo largo del mundo y todas trabajaban bajo licencia circense.
[4] Vieja viola, de Humberto Correa (1932): "...y la fama es puro cuento / y andando mal y sin vento / todo, todo se acabó..."

.

REALIDADES Y FICCIONES ©

Héctor Zabala
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
hector_zabala_literatura@yahoo.com.ar
zab_he@hotmail.com

03 Realidades y ficciones (II)

REALIDADES Y FICCIONES Nº 3 (CONTINUACIÓN)

Diciembre de 2010


ALGUNAS CRÍTICAS A "LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA" DE EDWARD BULWER-LYTTON
por Héctor Zabala ©

"Los últimos días de Pompeya" [1] es una obra de género realista; entendiéndose por tal a toda creación literaria que busque respetar las leyes naturales.
En efecto, en esta obra no aparecen fantasmas ni hadas ni cosas parecidas. Si bien en el último capítulo del Libro II aparece el mago y sacerdote de Isis, Arbaces, "mostrándole" el futuro a Iona (una de las heroínas), el asunto no alcanza para calificarlo de fantástico. La circunstancia de que ambos se encuentren en el peculiar palacete del mago y que Arbaces intente seducir a la chica mediante el estupor y el miedo (y quizá hasta con la ayuda de algún alucinógeno), más allá de que la imagen profética después no se diera, hacen de la escena más que dudosa para considerarla de género fantástico.
La novela intenta mostrarnos cómo era la vida de los antiguos romanos. La trama y el desarrollo son buenos, aunque por momentos el relato se torna un tanto pesado, cosa no necesariamente atribuible a la manera de escribir del siglo XIX; máxime que para 1834, época en que fue escrita, ya había literatos de pluma muy grácil como Edgar Alan Poe, sólo por dar un ejemplo.
Pero más allá del estilo del autor, que fue objeto de crítica por muchos, he hallado varias inexactitudes en esta obra de Edward George Bulwer-Lytton, cuya historia se desarrolla en Pompeya (Campania, Italia) durante el año 79 de nuestra era. El 24 de agosto de ese año la erupción del Vesubio destruiría esa ciudad junto con la de Herculano.
Estas inexactitudes deberían servirnos de alerta sobre el peligro que corre un autor que intenta una novela histórica o de trasfondo histórico sin estar suficientemente informado.

LAS INEXACTITUDES DE LA OBRA

1) "...un hombre de aspecto serio y de elegante porte, con el que se había encontrado dos veces en su camino, le dirigió una mirada dubitativa y le tocó el hombro:
–Apaecides -dijo, haciendo un gesto rápido con las manos, que era la señal de la cruz."
(Libro I, capítulo VIII)

El texto no expresa con claridad si el cristiano Olintho hace la señal de la cruz en dirección a Apaecides o si la hace para sí, pero tanto en un caso como en otro estaría fuera de contexto histórico (los primitivos cristianos no la practicaban) y además no tendría ningún sentido: Apaecides no era todavía un catecúmeno (postulante al bautismo cristiano) sino un sacerdote de Isis. Tampoco tendría lógica que Olintho se persignara para alejar un supuesto mal (a modo supersticioso) porque su intención era la de charlar amigablemente con Apaecides sobre la doctrina cristiana.
La primera referencia a la señal de la cruz data recién del año 230 y la debemos a Tertuliano. No hay constancia histórica de que los cristianos de los dos primeros siglos utilizaran ese rito, introducido tardíamente en el cristianismo. Tal práctica no se encuentra en el llamado Nuevo Testamento ni en otros textos de escritores cristianos de los siglos I y II. Incluso el propio Tertuliano refiere que aun en su tiempo se la practicaban a los candidatos al bautismo, quienes eran marcados con una señal de la cruz en sus frentes durante la formación de su catecumenado. Tertuliano no dice que tal rito se lo practicara el cristiano a sí mismo sino que más bien se lo practicaba a otros y en esa sola circunstancia especial. La idea era la de bendecir, antes que la de persignarse. De todos modos, esto ocurría en el siglo III, nunca tan temprano como a fines del siglo I, época en que se sitúa la novela.

2) El egipcio Arbaces, sacerdote de Isis, trata de convencer a su discípulo Apaecides de que el cristianismo es un plagio:
"–Esa fe –comenzó– es un plagio extraído de una de las muchas alegorías inventadas por nuestros sacerdotes antiguos. Observa -añadió, señalando un rollo de pergamino- en estas viejas imágenes el origen de la Trinidad cristiana. Ahí tienes representados tres dioses: Dios, el Espíritu y el Hijo. Date cuenta de que el epíteto que se aplica al Hijo es el de "Salvador". Fíjate también que el símbolo en que se resume su calidad humana es una cruz. Aquí tienes la mística historia de Osiris, cómo fue condenado a muerte, cómo fue enterrado y cómo, causando un asombro general, resucitó de entre los muertos..." (Libro II, capítulo IV).

La comparación con el misterio de Osiris es muy ingeniosa, pero el inconveniente estriba en la palabra Trinidad y en la idea misma. El término Trinidad no se encuentra en la Biblia, por lo que es muy improbable que los primitivos cristianos conocieran la idea. De hecho la palabra es de origen latino, es decir ni hebreo ni griego, idiomas originales de tales escrituras. Además la Trinidad no fue establecida como doctrina cristiana en el siglo I sino mucho después.
Más allá de que algunos aseguren, sin fundamento fidedigno, de que la Trinidad era una verdad incuestionable entre los primeros cristianos, la realidad histórica determina que el tema fue planteado por diferencias doctrinarias tan tarde como en el siglo IV y que se necesitó que un emperador todavía pagano (si es que alguna vez lo bautizaron [2] ), Constantino I el Grande, ordenara un concilio para decidir sobre la naturaleza de Dios, pues la grey cristiana estaba fuertemente dividida en ese tema fundamental.
Fue en el Concilio de Nicea (año 325) que se discutieron las posturas del trinitarismo y del llamado arrianismo. La primera defendida por el obispo Alejandro y el diácono Atanasio, ambos de Alejandría. La segunda, por el presbítero Arrio, de Alejandría, y el obispo Eusebio de Nicomedia.
El concilio, al que asistieron más de trescientos obispos, quedó dividido en tres corrientes doctrinarias:
a) La trinitaria, que decía que Padre e Hijo eran de la misma sustancia y ninguno precedía al otro en existencia.
b) La arriana, que afirmaba que eran de naturalezas distintas y que el Padre había precedido al Hijo, pues éste había sido creado por aquel.
c) La semiarriana, que defendía una postura intermedia: ambos serían de la misma naturaleza y si bien el Hijo no habría tenido un inicio temporal igual debía considerarse al Padre como precediéndolo en existencia.

La mayoría del concilio se inclinaba por la postura c), pero finalmente el emperador Constantino se decidió por la postura a), a fin de evitar un cisma que probablemente perjudicara la estabilidad del Imperio. Como Arrio y Eusebio se negaran a firmar, su doctrina fue declarada herética y se decretó la quema de sus libros. Más tarde fueron perdonados y les fueron devueltos los honores eclesiásticos pero Arrio entretanto murió en circunstancias extrañas.
Como vemos, muy lejos estaban los primeros cristianos de tener como credo absoluto el de la Trinidad, aun ya avanzado el siglo IV. En el siglo I, época en que se sitúa la novela, ni siquiera se había planteado el asunto, razón por la que el egipcio Arbaces no habría podido decir lo que está entrecomillado.

3) El autor narra una reunión de cristianos a la que asiste Apaecides en calidad de observador o de curioso, conducido por Olintho:
"La puerta se abrió. Doce o catorce personas se sentaban en un semicírculo, en silencio, absortos al parecer en sus pensamientos; en la pared opuesta se veía un crucifijo toscamente tallado en madera.
Cuando Olintho entró, todos levantaron la cabeza sin pronunciar palabra. El propio nazareno, antes de aproximarse a ellos, se arrodilló súbitamente, detuvo su mirada en el crucifijo y comenzó a mover los labios, dando a entender a Apaecides que estaba orando. Realizado este rito, Olintho se dirigió a la congregación..."
(Libro III, capítulo III).

El origen del crucifijo data del siglo VI y ni siquiera se conoció inmediatamente en territorio italiano, pues su creación se debe a artistas bizantinos muy posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente. No hay ningún objeto de este tipo de los siglos I al V hallado por los arqueólogos ni tampoco referencia bibliográfica alguna de que tal objeto se usara antes del siglo VI.
En cuanto a la cruz como símbolo (sin la representación del cuerpo de Jesús de Nazaret) data de época menos tardía (siglo III o IV), pero muy posterior al año 79 en que se sitúa la novela. La cruz era en aquel tiempo todavía un elemento oficial de tortura y ejecución, instrumento para nada simpático entre los antiguos. La cristiandad tardó bastante en decidirse a adoptarla como símbolo sagrado.
En cambio, sí había distintos tipos de cruces en otros cultos. Por ejemplo entre los hinduistas (esvástica), budistas (sauvástica), egipcios paganos (gamada), etc., pero correspondían siempre a símbolos religiosos no cristianos.

4) Nydia, la tesalia ciega, le dice en privado a su amigo y protector Glauco, el ateniense:
"... ¡Oh, háblame de Grecia! Aunque sea una pobre tonta, te comprenderé. Y creo que de haber permanecido en aquellas tierras, de haber sido una joven griega cuyo feliz destino hubiese sido amar y ser amada, yo misma, con estas manos, habría armado a mi amado para luchar en un nuevo Maratón, en una nueva Platea..." (Libro III, capítulo IV).

Estas palabras proponen la liberación de Grecia, que por entonces (siglo I) era territorio del Imperio Romano, pues Nydia hace un franco paralelismo con la invasión que sufrieran los griegos cinco siglos antes a manos de otro imperio: el Persa.
La frase es muy patriótica y poética, pero dicha a un ateniense suena tragicómica en boca de una mujer de Tesalia. Máxime cuando ambos contertulios no podían ignorar el triste papel que le tocó a esa región en las guerras médicas, época a que se refiere la ciega. Los tesalios, justamente por estar al norte del estratégico desfiladero de las Termópilas, no sólo no se aliaron a los atenienses y espartanos para defender el país sino que encima debieron unirse a los numerosos invasores extranjeros. Difícilmente una tesalia real hubiera tenido cara para expresar lo que el narrador le hace imaginar y decir a su personaje Nydia.

5) Un diálogo entre un viejo cristiano, Medón, y el recién bautizado Apaecides se desarrolla en parte así:
"–¿Es cierto, como dicen, que tú viste el rostro de Cristo? [dice Apaecides]
–El rostro que resucitó de entre los muertos. Has de saber, joven prosélito de la verdadera fe, que yo soy aquel sobre el cual has leído en los pergaminos de los Apóstoles. En la ciudad de Naím, en la lejana Judea, vivía una viuda, pobre de espíritu y de corazón entristecido, porque de todos los alicientes que existen en esta vida sólo le restaba un único hijo. El hilo que unía a la mujer con la vida quedó roto y el aceite se secó en las vasijas de la viuda. Colocaron el cadáver en el féretro y, ya cerca de las puertas de la ciudad, donde la multitud se amontonaba, el silencio prevaleció sobre los lamentos funerarios, porque el Hijo de Dios pasaba por allí. La madre, que seguía al féretro, lloraba... El silencio, y todos los que miraban se daban cuenta de que su corazón estaba destrozado. Y el Señor se apiadó de ella, tocó con sus manos el féretro y dijo ‘Levántate y anda'. Y el muerto resucitó y vio el rostro del Señor. ¡Oh, qué expresión más serena y solemne..., qué inexpresable sonrisa..., qué mirada llena de comprensión y ternura, llena de la benignidad de Dios, había en sus ojos, que disipaban las sombras de la tumba! Me levanté y hablé. Estaba vivo y me lancé a los brazos de mi madre. Sí, yo era un muerto redivivo. La gente gritó, las trompetas fúnebres entonaron alegres canciones y por doquier se oía el mismo grito: ‘Dios ha visitado a su pueblo'. Yo no pude oírlo..., no sentía nada, no veía nada, excepto la faz del Redentor." (Libro IV, capítulo IV).

La narración es muy conmovedora y repite parte de lo dicho por el discípulo Lucas en el capítulo 7 de su evangelio (aunque el evangelista no nombra a ningún Medón), pero adolece de un defecto imperdonable que no podía haber cometido un natural del lugar, como era el hijo de la viuda: Naím no quedaba en Judea.
La aldea de Naím [3] estaba en Galilea, a muy corta distancia de Nazaret. Para llegar a Judea, había que atravesar todo el distrito de Samaria y los antiguos eran muy puntillosos en estos asuntos de geografía. El caso es tan absurdo como si un natural de Buenos Aires dijese en Estados Unidos que la capital de Argentina está en la Provincia de Córdoba. La confusión del autor quizá provenga de que en el libro de Lucas se dice al final de la anécdota: "Y estas noticias respecto a él se extendieron por toda Judea y por toda la comarca" (Lucas 7:17). La expresión se extendieron no significa que dicha aldea estuviese comprendida en Judea sino que apunta a señalar que la fama de Jesús de Nazaret se difundía por las regiones cercanas.
El otro asunto, también inconcebible, es que el personaje habla de los pergaminos de los Apóstoles. Éste es un error que tampoco hubiera podido cometer un cristiano del primer siglo, versado en las escrituras. La anécdota de la viuda de Naím sólo se encuentra en el evangelio de Lucas, pero Lucas no fue apóstol de Cristo. Era un médico, discípulo cristiano como tantos, pero nunca apóstol. Es más, Lucas ni siquiera conoció a Cristo directamente. Todo lo relatado en su libro le fue contado por terceras personas (ver lo que dice el propio escritor bíblico en Lucas 1:1-4).

6) En los funerales de Apaecides, el narrador dice:
"Seguían después los sacerdotes de Isis, descalzos, con sus níveas túnicas y agitando hojas de maíz..." (Libro IV, capítulo VII).

Sabíamos que los antiguos romanos habían alcanzado una gran extensión territorial, ¡lo que no sabíamos era que entre tanta conquista también habían descubierto América quince siglos antes que Cristóbal Colón!
El párrafo es absurdo. El maíz (Zea mayz) es una planta gramínea de origen americano. Y ésta es la razón por la que no se la nombra nunca en obras clásicas de la Antigüedad ni del Medioevo, tales como La Ilíada, La Odisea, la Biblia, Las mil y una noches, etc. Sencillamente, el maíz era desconocido en el Viejo Mundo antes del siglo XVI.

7) Después del arresto de Glauco, uno de los personajes dice en un diálogo:
"-...Dudo que esos nazarenos fuesen tan tolerantes, en caso de que su doctrina se convirtiera en religión estatal, si cualquiera de nosotros patease las imágenes de sus deidades, blasfemase de sus ritos o negase su fe." (Libro IV, capítulo XVI).

Quien habla es un romano pagano, pero es obvio que parece un escritor cristiano de tiempos posteriores. Jamás un pagano del primer siglo hubiera podido hablar de imágenes de deidades cristianas.
Es decir, más allá de la intención del novelista de hacer una ironía alegórica de lo que sería el exaltado catolicismo posterior, lo cierto es que los cristianos (nazarenos) del primer siglo no tenían imágenes en su culto y esto lo sabían perfectamente sus contemporáneos paganos. A tal punto era así, que apenas unos párrafos adelante el propio narrador le hace decir a Clodio:
"–En cuanto al ateo, deberá enfrentarse sin más armas que sus manos al formidable tigre..."
Al decir "ateo" se refiere al cristiano Olintho. Los romanos de aquel tiempo llamaban ateos a los cristianos porque para ellos era inconcebible que un acólito creyese en un dios sin estatua. La deducción era simple: para los paganos si no había representación física, no había tal dios; ergo, eran ateos, no creían en nadie. [4]

8) Hay un largo párrafo en ese mismo capítulo XVI del Libro IV que es una especie de diálogo interior pues entremezcla hechos con pensamientos de Glauco. Casi al final del párrafo se dice:
"...Y, sin embargo, ¿quién hasta el final de los tiempos, mucho después de que su cuerpo se reintegrase a los elementos, iba a creerle inocente y a defender su buen nombre? Al recordar su entrevista con Arbases y los muchos motivos de venganza que concurrían en el corazón sombrío de aquel hombre terrible, ¿no era lógico creer que era la víctima de algún ardid misterioso y bien elaborado, cuyo origen y huellas intentaba descubrir sin éxito? Este pensamiento le absorbió [a Glauco] más que ningún otro. ¿Y en cuanto a Iona? Arbaces la amaba: ¿podía su rival haber provocado su ruina? Su noble corazón se vio más atormentado por los celos que por el temor. De nuevo, emitió otro lamento."

En ese momento Glauco todavía no había adoptado el cristianismo. Era un griego pagano que vivía en Pompeya. Ni siquiera había hablado aún con Olintho. ¿Cómo iba a pensar en el final de los tiempos? Este concepto proviene del cristianismo (o, si les parece mejor, de una concepción cristiano-judaica); no consta en la antigua religión grecorromana.

9) Sosia, esclavo del egipcio Arbaces, dice a Nydia en un diálogo:
"–No me tientes. No puedo liberarte. Arbaces es un amo espantosamente severo. ¿Quién sabe si acabaría alimentando a los peces del Sarno? Ay, entonces todos los sestercios del mundo no podrían devolverme la vida..."

Hasta aquí muy bien. Pero el autor arruina todo cuando le hace decir inmediatamente:
"Mejor ser un perro vivo que un león muerto." (Libro IV, capítulo XVII).

La ingeniosa comparación del perro y del león se encuentra en el libro bíblico de Eclesiastés (capítulo 9, versículo 4). No era un refrán romano ni griego y la Biblia todavía no estaba difundida entre los no cristianos de la antigua Roma. Mucho menos después de la destrucción de Jerusalén (año 70). El llamado Antiguo Testamente era absolutamente desconocido entre los paganos del primer siglo; mucho más para un esclavo como Sosia que no tenía ningún contacto con los seguidores de Cristo.

10) En un momento, el narrador escribe:
"...En aquel momento, volvieron a oírse desde el palacio iluminado los dos versos más rotundos de la canción de los juerguistas:
Nos importa un rábano los dioses
y no los aceptamos en la vida.
Y antes de que murieran estas palabras, los nazarenos, impulsados por una súbita indignación, eliminaron el eco del canto pagano con las estrofas de uno de sus himnos favoritos, que entonaron a voz en cuello."
(Libro IV, capítulo XVII).

Más allá de que el posterior himno que se transcribe no se encuentre en ninguna escritura bíblica ni libro de cristiano primitivo alguno y es una obvia creación del autor (lo cual sería perfectamente válido en literatura), los juerguistas simplemente hablaban de los dioses como género y con seguridad de sus propios dioses paganos. Los cristianos eran apenas un puñado de hombres, insignificantes para que unos borrachos se acordaran de ellos y de su Dios. El propio autor habla de unos catorce cristianos en una reunión en Pompeya (ver lo trascripto en el punto 2), ciudad que tendría entre diez y doce mil habitantes.
Pero hay otro problema mayor: es muy poco creíble que un grupo cristiano del primer siglo se dedicara a desafiar de ese modo a unos juerguistas en medio de una ciudad hostil.
Los cristianos primitivos eran valientes cuando debían serlo, pero no hay constancia histórica de que fueran imprudentes. No se ponían a discutir o a desafiar de la forma en que lo presenta el autor. No hacían de su fe una competencia, sólo les interesaba predicar y llevar a la gente lo que entendían como la palabra de salvación. Usar un cántico cristiano para tapar una canción denigrante hacia dioses ajenos (además de promotora del vino y del amor carnal) está fuera del contexto histórico. El propio Jesús de Nazaret les había recomendado: sean inocentes como palomas pero cautelosos como serpientes (Mateo 10:16).

11) Un detalle inadmisible es que Nydia pudiera escribir, si bien lo hizo con un punzón sobre una tablilla de cera y no con tinta. Quizá el hecho en sí no sea tan sorprendente si nos atenemos a que los padres hicieron por la educación de esta niña ciega todo lo que estuvo a su alcance (Libro IV, capítulo XVII). Lo verdaderamente extraño es que Nydia pudiera hacer un escrito tan largo como el que aparece en el Libro V, capítulo III: unas mil cien letras en castellano, que no supondrían muchas menos en griego.

12) En el circo, el director del espectáculo hace luchar a los gladiadores dos veces en el mismo día (Libro V, capitulo II). Esto es claramente absurdo. Una lucha de ese tipo, contra otro profesional de nivel semejante, implicaba un esfuerzo agotador.

13) El autor narra lo siguiente en el apogeo de la erupción del Vesubio:
"El aire se mantuvo tranquilo durante unos minutos; la antorcha de la puerta refulgía en la lejanía. Los fugitivos aligeraron el paso, llegaron a la puerta, pasaron junto al centinela romano y el resplandor de la luz iluminó su rostro lívido y se reflejó en su brillante casco, sus duras facciones permanecían serenas en medio de tanto horror. Permaneció inmóvil y erguido en su puesto."

Hasta aquí muy bien, pero el autor "la embarra" con lo que sigue:
"Aquella hora de dura prueba no había alterado la maquinaria que regía la mayestática crueldad del sistema romano y que anulaba la iniciativa racional y la libertad del hombre. Y allí siguió, ajeno a los elementos desencadenados, porque no tenía permiso para abandonar su puesto y ponerse a salvo." (Libro V, capítulo VI).

Esto es melodrama puro. Echarle la culpa de la posible muerte del centinela al "cruel" sistema romano es absurdo, máxime de parte de un escritor que era a la vez un político, y encima un político de un imperio parecido. Cualquiera que haya hecho el servicio militar sabe que esto es así y que lo fue siempre, antes y después de los romanos, y sin importar que el centinela esté sirviendo al rey más déspota de todos los tiempos o a la república más democrática del mundo: un centinela jamás puede abandonar su puesto sin orden superior. No es un empleado que terminado el horario de trabajo tiene derecho a decir "hasta mañana".

14) En los últimos capítulos (en especial en el VII del Libro V), Nydia pese a ser ciega atraviesa gran parte de la ciudad en medio del desbarajuste que supone la erupción del Vesubio, con gente gritando y corriendo por todos lados, nubes tóxicas, construcciones que se derrumban y obstáculos esparcidos por todas partes. ¿Puede ser creíble esto?

[1] Del novelista y político inglés Edward George Earle-Bulwer-Lytton, Primer Barón de Lytton (Londres, 25/5/1803 - Torquay, 18/1/1873). En inglés: The Last Days of Pompeii (1834).
[2] La tradición asegura que Constantino I, el Grande, finalmente fue bautizado en su lecho de muerte por el propio Eusebio de Nicomedia. Es decir que un arriano habría bautizado a un pagano que fue el principal sostenedor del trinitarismo (¡oh, paradoja!). Hay que recordar también que Eusebio de Nicomedia era pariente del emperador.
[3] La aldea de Naím (o Naín o Nein) todavía subsiste. Se encuentra a unos 10 km escasos al sudeste de Nazaret.
[4] Algo similar pasó con los españoles cuando tomaron contacto con los guaraníes: como este pueblo amerindio no tenía ídolos, lo supusieron ateo (siglo XVI). Tiempo después, los monjes jesuitas descubrirían que no era así.

.

EL LUNFARDO
por Héctor Zabala ©

El lunfardo es la jerga popular de Argentina y Uruguay. Nació en ciudades portuarias, en especial Buenos Aires, Rosario y Montevideo durante la segunda mitad del siglo XIX. En esto, no fue ajena la gran inmigración italiana de esos años pues las dos primeras ciudades –y en menor medida la capital uruguaya– recibieron un gran caudal de itálicos, a tal punto que sus descendientes rondamos en un 50% de la población total. Es decir, si bien hay términos lunfardos que reconocen otros orígenes (inglés, francés, alemán y lenguajes nativos), en su mayoría provienen del italiano, que al principio dio paso a lo que se llamó cocoliche, un híbrido ítalo-español, sin mayores reglas, con el que pretendían darse a entender los primeros inmigrantes italianos.
Hay quienes aseguran que la etimología de la palabra lunfardo habría que buscarse en lombardo [1], dialecto de una región norteña de Italia, pero el Diccionario de la Real Academia Española no reconoce oficialmente este origen. La definición del Diccionario es la que sigue: "lunfardo. 1. m. Habla que originariamente empleaba, en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, la gente de clase baja. Parte de sus vocablos y locuciones se introdujeron posteriormente en la lengua popular y se difundieron en el español de la Argentina y el Uruguay".
Esta definición peca de escueta, habría que agregar que el uso del lunfardo se extendió –aunque en menor grado– a otros países limítrofes de la Argentina, en especial a Paraguay, Chile y Bolivia. El asunto es tan importante que hasta se han editado diccionarios de lunfardo y con frecuencia se encuentra en tangos, obras de teatro, películas y, por supuesto, en la literatura de esta parte del mundo.
Paralelo a las nuevas palabras (en muchos casos, deformaciones de un término correcto en otros países), el lunfardo se mezcla muchas veces con el vesre (revés), que nace de la permutación de sílabas. Por ejemplo, no es raro que algunos digan nami, en lugar del original mina, para referirse a una mujer. Esto no sigue una regla estricta porque lo que se busca es sonoridad más que precisión. En efecto, la palabra dorima se usa en lugar de marido, siendo que la inversión de sílabas es en este caso estricta, o sea de atrás hacia adelante. Pero hay casos como talompa, en lugar de pantalón, en la que no sólo se pone apenas la primera sílaba al final sino que además se suprime una letra. Para complicar más el asunto, digamos que pueden darse acortamientos, como por ejemplo: lompa.

¿POR QUÉ EL LUNFARDO TIENE MALA FAMA?
De hecho hay muchísimas palabras o expresiones del lunfardo que jamás tuvieron nada de malo. Por ejemplo, cachada (broma), ya incorporada al Diccionario, privilegio que todavía no alcanzó su sinónimo, cargada. O bien, achurar, en el sentido de matar, piola (astuto, sagaz), también incorporadas como coloquiales de Argentina y Uruguay, aunque ya se han extendido a otros países. Y hay otras todavía no aceptadas por la RAE, como: hacer capote (descollar), punto (individuo), cachuzo/a (deteriorado/a), ñañoso/a (caprichoso/a, mañoso/a) o tener ñañas o andarse con ñañas (hacerse el caprichoso, el mañoso).
Entonces, ¿cuál fue el problema?
Por un lado, bastantes términos fueron malas palabras, expresión usada en tiempos de pacatería pastosa, a fin de eliminar las inadecuadas para los jóvenes y no herir los oídos de las abuelitas. Hoy la cosa ha quedado a medio camino. En una familia típica, nadie se rasga las vestiduras si se dice pibe o mina. En cambio puede haber cierto prurito para palabras que tuvieron en su origen alguna connotación sexual o son decididamente chabacanas.
El otro asunto es que cuando el lunfardo estaba en su apogeo había un fuerte movimiento en favor del uso ortodoxo del idioma español. Parafraseando a los romanos y a sus expedientes judiciales: lo que no estaba en el Diccionario de la Real Academia Española, no estaba en el mundo.

DECANTACIÓN
Sin embargo, una gran cantidad de palabras del lunfardo ya no se usa. Y esto es así porque todo lenguaje es dinámico y las jergas posiblemente mucho más. Hoy ya nadie dice palabras como naifa o grela, para referirse a una mujer, pero la palabra mina sigue teniendo plena vigencia. Los términos pibe y piba ya fueron incorporados como argentinismos, uruguayismos y bolivianismos por el Diccionario de la RAE. En cambio, no ocurrió lo mismo con mina pese a que se usa a la par de las anteriores.
Muchos lunfardismos sólo los encontramos en tangos viejos. Conociendo el año en que se escribió tal o cual letra, podemos tener una idea aproximada de cuando estaba en uso. Este detalle es muy importante para aquellos que quieran escribir obras de ficción sobre épocas pasadas, a fin de evitar anacronismos.

EL LUNFARDO Y LAS ACEPCIONES
Como todo lenguaje, el lunfardo va agregando significados a una misma palabra y hasta cambiando completamente el sentido de otras. Por ejemplo, la palabra boludo tuvo en su origen un significado peyorativo (lelo, tonto, sonso y hasta distraído). Es más, no sólo se la clasificaba como una mala palabra sino que además implicaba un insulto. En cambio, para los jóvenes de hoy es un vocativo: "Sí, boludo, tenés razón". Vocativo que podría cambiarse por nene o Juan o Pedro.
La palabra que vino a quitarle fuerza de insulto fue pelotudo. Así que si usted anda por el Río de la Plata, cuídese de pronunciarla porque ésta sí sigue teniendo una fuerte carga agresiva, sin excepción.
La palabra quilombo significaba prostíbulo en su origen. Hoy esa acepción, si bien no está perdida por completo, poquísima gente la usa en ese sentido. Hoy quilombo significa lío, barullo, desorden: "Como no les hacían caso, los alumnos hicieron quilombo". Quizá para morigerarla y alejarla de su sentido primitivo, se usa a menudo al vesre: bolonqui.

¿PARA QUÉ SIRVE EL LUNFARDO EN LA LITERATURA?
Escritores importantes como Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Marco Denevi y Leopoldo Marechal han utilizado el lunfardo en sus textos. Hasta Jorge Luis Borges, quien no era afecto a esta jerga y alguna vez habría dicho que sólo fue un invento de Alberto Vacaressa [2] y José Gobello [3], no esquiva usar alguno que otro lunfardismo cuando la ocasión se presta. [4]
En literatura sirve para darle color a un diálogo, de hecho lo hace más realista. Si dos jóvenes se encuentran en una esquina porteña y de pronto pasa una chica muy linda, ninguno le dirá al otro: "Mirá esa señorita, qué hermosa". En Buenos Aires, sencillamente no es creíble por más que sea perfectamente castellano. Lo más probable es que dijese: "Mirá qué mina, por Dios".
De todos modos, hay que tener cuidado. Con el lunfardo y el vesre ocurre lo mismo que con el plural de las palabras dichas por gente poco instruida. Entre estas personas existe la conocida tendencia de no pronunciar la ese final [5]; lo que familiarmente se conoce como comerse las eses. Pero su uso en literatura no debe ser sistemático. Nadie deja de pronunciar absolutamente la ese final en todos los casos, por más escasa instrucción que haya tenido. Por ende, siempre hay que encontrar un justo medio para que el diálogo sea creíble.

[1] Esta etimología, por lo menos a priori, sería dudosa, pues la mayor parte de los inmigrantes italianos en sus comienzos al parecer no provenía justamente de Lombardía.
[2] Alberto Vaccarezza (de nombre completo Bartolomé Ángel Venancio Alberto Vaccarezza) (Ciudad de Buenos Aires, 1/4/1886 - 6/8/1959). Dramaturgo, letrista de tango y poeta argentino. Máximo exponente del sainete porteño.
[3] José Gobello (n. Martínez (Buenos Aires), Argentina, 26/9/1919) es un escritor, poeta y ensayista argentino. Fundador, miembro y presidente de la Academia Porteña del Lunfardo.
[4] En Hombre de la esquina rosada (1930), "Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata". Incluso, en este mismo cuento usa tres veces la palabra chambergo: "...usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasienta; la suerte lo mimaba, como quien dice..." y "Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja". En varios diccionarios de lunfardo, chambergo se toma como término de esta jerga, si bien tiene un aire más campesino o de los arrabales que urbano propiamente dicho.
[5] En cambio, algunos porteños del mismo nivel social exageran o estiran el plural (seseo). Vrg. en lugar de ratas, ratasss; o incluso, ratashh.

.

EL BLUF DE LA ASTROLOGÍA
por Héctor Zabala ©

Mucha gente recurre a la astrología occidental como una forma de averiguar su futuro, sin pensar en las grandes contradicciones teóricas de esa actividad. Algunos, lamentablemente, hacen de sus vidas una esclavitud del horóscopo diario, tal cual era habitual en la antigua Sumeria, Asiria o Babilonia, y aun después entre griegos, romanos, así como entre cristianos medievales y renacentistas.
Entre los absurdos de la astrología se cuentan:

EL CENTRO INEXISTENTE
• La estructura seudocientífica de la astrología sigue funcionando como si la Tierra fuera el centro del universo, dando por hecho que todo lo que ocurre en los cielos debe provocar su necesario reflejo o influjo en este pequeño planeta que tenemos por vivienda.
• Sin embargo, la Tierra no solamente no es el centro del universo sino que ni siquiera lo es el Sistema Solar, así como tampoco hay constancia de que nuestra galaxia, la Vía Láctea, esté en algún supuesto centro de algo.
• De hecho, ni la Tierra ni el Sistema Solar, de la que aquella forma parte, están siquiera en el centro de la Vía Láctea, sino apenas en una rama secundaria (y bastante al borde) de lo que se entiende como una galaxia de tipo espiral de miles de millones de estrellas.
• Esta idea centrista hace de la astrología una cosa anacrónica y sin sentido, pues su concepción teórica mina su propia base: suponer que todo el universo está al servicio de un pequeño planeta cargado de habitantes que se creen en el ombligo universal. Este pensamiento proviene de épocas en que la gente (incluidos los científicos) suponían a pie firme que todo el universo (o al menos el visible) giraba en torno a nuestro planeta [1].

UN MAPA DUDOSO Y NINGUNA BRÚJULA
• Para tener referencias espaciales y poder hacer un mapa celeste, los antiguos dividieron el cielo en doce partes. A cada una de estas partes se la tomó como un signo del Zodíaco, siendo el Zodíaco la franja de cielo que sigue el Sol en su movimiento aparente (más allá de que estos antiguos tomaran ese movimiento como real).
• Los nombres de estos doce signos corresponden a los de las constelaciones que se encuentran en esa franja zodiacal. Pero esto fue establecido de manera arbitraria. En realidad, las constelaciones que existen en dicha franja son trece, pero se obvió una por razones de conveniencia: la de Ofiuco [2]. El doce era la base de numeración en tiempos sumerios, babilonios y asirios, y por ende la tradición matemática quedó intacta aunque la cosmología dijera otra cosa. Hoy, este error sigue manteniéndose entre los astrólogos modernos.
• Un defecto importante surge de la extensión irregular de las constelaciones del Zodíaco. Esto hace que haya constelaciones que ocupan mucho menos de los 30º angulares de cielo que les corresponderían y, por el contrario, hay otras que los superan largamente. No obstante, los astrólogos no hacen diferencia entre un signo y otro, y a cada uno les dan (al mejor estilo de Salomón) sus 30º de extensión teórica.
• Por razones de simplificación de cálculo, los astrólogos sólo tienen en cuenta a los llamados grandes astros [3]. En la antigüedad, los astros conocidos eran: Sol, Mercurio, Venus, Luna, Marte, Júpiter y Saturno [4]. Hasta entonces el asunto era ideal porque, de paso, el número celeste era siete, tan caro a la espiritualidad y demás chiches de semitas y otros pueblos.
Pero mucho más tarde, los indiscretos telescopios (invento nefasto para los astrólogos de todos los tiempos) descubrieron varios planetas más: Urano, Neptuno y Plutón. Este último ha sido reducido a planeta enano o planetoide por los científicos del siglo XXI, pero los astrólogos se niegan a bajarle categoría o influencia.
Sin embargo, honestamente deberían reconocer que todos los horóscopos de la antigüedad estaban equivocados, dado que obviaban en sus cálculos a tres planetas desconocidos por entonces. En efecto, los horóscopos hechos hasta el 13/3/1781 (descubrimiento de Urano) deben considerarse erróneos por la falta de dos planetas. Los realizados hasta el 23/9/1846 (descubrimiento de Neptuno) serían erróneos por faltar uno. Y, sólo a priori, serían correctos los horóscopos efectuados desde el descubrimiento de Plutón (18/2/1930).
Alguien dirá, bueno, pero eso ya es historia antigua. Sin embargo, nadie asegura que en el futuro no se descubra un planeta X (¿y por que no un XI?), lo cual vendría a poner en la basura a todos los horóscopos actuales también.
• Pero hay otro dato aún más significativo: la astrología moderna ningunea a todos los asteroides del Sistema Solar. Y también a los miles de cometas y ni hablar de los innumerables meteoritos. Les son molestos por lo numerosos. Considerar todos estos elementos para el cálculo astrológico sería como intentar jugar al ajedrez en un tablero de infinidad de escaques, que además contenga infinidad de trebejos.
Para tener una idea de lo que hablo, digamos que sólo entre Marte y Júpiter se calcula que hay unos dos millones de asteroides. La pregunta del millón (o mejor, la de los dos millones) sería ésta: ¿si todo cuerpo celeste tiene influencia sobre la Tierra (y por ende sobre nosotros), cómo es que esta enorme masa de dos millones de asteroides no la tiene para nada, dado que los propios astrólogos siguen sin tenerla en cuenta?
Se dirá que algunos asteroides son meras piedras de unos pocos metros de tamaño, pero los hay de varios kilómetros, e incluso hay otros (como Ceres, Eris, Makemake, Haumea) que son verdaderos planetas enanos de tamaño similar al de Plutón o al de la Luna. Por lo tanto, si Plutón y la Luna son tenidos en cuenta en los cálculos, también tendrían que serlo estos planetoides, que encima están mucho más cerca de la Tierra que Plutón.
• Otro detalle sustancial es que el cielo que observamos (tanto a simple vista como el que se logra ver con ayuda de grandes telescopios) es apenas una infinitésima parte del universo real, del que ignoramos casi todo. De ahí que las constelaciones que vemos no sean otra cosa que los conjuntos de estrellas relativamente cercanas dentro de nuestra propia Vía Láctea (algo así como nuestro pequeño barrio celeste) que los antiguos tomaron, en su ignorancia y arbitrariedad, como el universo completo.
• Lo anterior trae aparejado un problema importante para los astrólogos: la omisión sistemática de todos los cuerpos celestes que se van descubriendo y que (si fuéramos honestos y la astrología una ciencia) no podrían obviarse de una consideración responsable. En efecto, la astrología no tiene en cuenta los quásares, agujeros negros, pulsares, etc. que día a día van descubriendo los astrónomos.
• Hay detractores de la astrología que han esbozado otras críticas. Una de ella es que la influencia que pudiera ejercer sobre el feto o el recién nacido un planeta lejano como Neptuno, por ejemplo, es prácticamente nula. La partera, el médico o la incubadora ejercerían de hecho más influencia que ese astro. Los astrólogos se defienden diciendo que no se trata de fuerzas conocidas como la de atracción sino de otras desconocidas, que obviamente no intentan precisar en absoluto.

DEBILIDAD EN LOS PROPIOS ELEMENTOS DE LA ASTROLOGÍA
• Los astrólogos parten de dos elementos esenciales: un marco o telón de fondo de "estrellas fijas" [5] que forman constelaciones sobre el que se mueven los planetas (en griego, errantes), según nuestro punto de observación en la Tierra. Las posiciones relativas y conjunciones entre planetas y constelaciones determinarían diversos efectos que se toman como positivos, negativos o neutros según los casos.
Pero una constelación no es más que un grupo de pocas estrellas al que se le dio un nombre y una determinada forma para poder ubicarnos en el cielo. Es decir, cada uno de estos conjuntos es arbitrario y la imaginación de los antiguos vio en estas constelaciones la figura de un carnero (Aries), de un toro (Tauro), de dos gemelos (Géminis), de un león (Leo), de una balanza (Libra) y así sucesivamente. A decir verdad, en la mayoría de las constelaciones se hace muy difícil (por no decir imposible) reconocer con nitidez tales figuras.
En base a lo que representaban, se les reconocieron determinadas características: Leo representa la fuerza; Tauro, la vehemencia, Libra, el equilibrio, etc.
Pero la pregunta perturbadora sería: ¿qué habría pasado si los antiguos hubiesen formado otras figuras, sea agregando o disminuyendo estrellas a estas mismas constelaciones, sea formándolas de manera completamente diferente? Por ahí, habrían inventado la escalera, la mariposa, el camello, el helecho, el clavel, y quién sabe qué más. Es decir, con seguridad el resultado habría sido la obtención de signos zodiacales diferentes con características y "propiedades" absolutamente distintas.
• A los astros que "se mueven" respecto de ese marco o fondo de "estrellas fijas" también se les concedió determinadas características sobre la base del color, el tamaño o su relación con la mitología grecorromana:
El Sol, por su brillo y calor, se lo relacionó con el poder absoluto y se lo declaró algo así como el rey del universo. Hoy se sabe que es una simple estrella y que se lo ve grande sólo porque está relativamente cerca de la Tierra, apenas a unos ocho minutos luz, en tanto que la siguiente más cercana (Alfa Centauro) está a unos cuatro años luz. También se sabe que el Sol ni siquiera es una estrella grande, más bien se trata de una entre mediana y pequeña respecto de las demás de nuestra galaxia.
Al planeta Mercurio se lo asimiló al dios mensajero de los dioses probablemente por la velocidad de su deslazamiento, que es superior a todos los demás planetas. Venus, planeta que se ve muy bello y de un blanco brillante, se lo conectó con la diosa del amor y la belleza. Marte, por su color rojo, se lo equiparó al dios de la guerra, en obvia referencia a la sangre. Júpiter, por su gran tamaño, fue bautizado con el nombre del padre y rey de los dioses. Saturno, por ser el más lejano a simple vista, se lo relacionó con la oscuridad (aunque no es negro realmente) y esto dio pie para que se lo pensara como un generador de desgracias, tragedias, etc.

EL INDIVIDUO, OBJETO DE HORÓSCOPO
• Otro asunto importante es que si bien los astrólogos tienen en cuenta la precesión de los equinoccios [6] cuando se pasa de una era a otra (vgr. de la Era de Piscis a la de Acuario) y hablan mucho sobre un nuevo futuro en tal caso, en realidad desechan este hecho científico para el cálculo de sus horóscopos de todos los días.
En efecto, los astrólogos siguen viendo los cielos tal como los veía el astrónomo Claudio Ptolomeo a fines del siglo II. Y le ocultan a todo el mundo que nuestro signo zodiacal no corresponde en realidad a nuestra fecha de nacimiento sino al signo que hubiéramos tenido hace unos dos mil años. Por ejemplo, quien naciera a comienzos de la era cristiana un 21 de marzo (primavera del hemisferio norte) podía decir efectivamente que había nacido bajo el signo de Aries, pues el Sol entraba ese día en el sector del cielo correspondiente a tal constelación. Hoy, quienes nacen en esa fecha, lo hacen cuando el Sol está en el sector de la constelación de Piscis. Y este error fundamental contamina cualquier fecha del año y de hecho cualquier nacimiento. Vale decir, que ningún mortal tendría el signo que dice (o le dicen) tener, sino el equivalente al de dos signos para atrás.
• El otro asunto es que si la astrología fuera un hecho cierto, entonces ¿por qué no se toma el tiempo de la concepción en lugar del nacimiento para hacer una carta natal? Al fin y al cabo, si los astros van a influir en nuestra vida, es lógico suponer que lo hacen cuando empezamos a formarnos en el útero materno y no cuando lo abandonamos.
La respuesta es simple: la fecha de nacimiento de una persona es indudable, en cambio la de la concepción es conjetural. Ergo es falible y los astrólogos están interesados en datos personales ciertos, aunque luego tengan que lidiar con errores de fondo.
• Otro hecho fundamental es que los horóscopos no pasan la prueba de los hermanos gemelos. En efecto, si la astrología fuera cierta, el destino de dos hermanos nacidos el mismo día tendría que ser el mismo y también deberían ser semejantes sus personalidades, pero sabemos que generalmente no es así. De hecho, difícilmente dos hermanos gemelos mueran en la misma fecha, sigan la misma profesión, tengan las mismas enfermedades, etc.
• Tampoco los horóscopos pasan la prueba del resultado para los nacidos el mismo día, si los cálculos y predicciones son hechos por astrólogos diferentes.
• Que se sepa, jamás se han hecho encuestas o muestreos serios que demuestren que las características asignadas a cada signo zodiacal corresponden estadísticamente a una cantidad significativa de personas nacidas en el período en cuestión.

CONCLUSIÓN
En fin, si usted quiere creer en la astrología y en los horóscopos nadie se lo va impedir. Eso sí, tenga en cuenta que no hay ningún respaldo científico que los avale.

[1] Fue el astrónomo polaco Nicolás Copérnico –Mikołaj Kopernik (Toruń, Prusia, Polonia, 19/2/1473 - Frombork, Prusia, Polonia, 24/5/1543– quien logró destruir la errónea teoría geocéntrica y demostrar la heliocéntrica en su obra maestra De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), escrita entre 1507 y 1532, aunque publicada después de su muerte, si bien en vida circularon pequeños trabajos explicativos de su teoría, de gran claridad y precisión.
[2] La constelación de Ofiuco (u Ophiuchus) es una de las cuarenta y ocho de la lista de Claudio Ptolomeo y se encuentra entre las de Sagitario y Escorpio. Representa a Ofiuco (Asclepio), cuya idoneidad le permitía resucitar a los muertos, según el mito. Ante esto, Hades, dios de los infiernos, le pide a Zeus que lo mate por violentar el orden natural. Zeus debe acceder pero, en homenaje a su sabiduría, lo ubica en el cielo rodeado por la serpiente, símbolo de la vida renovada. La serpiente siguió siendo el símbolo de la medicina hasta hoy.
[3] Lo de astros grandes es relativo. En realidad eran grandes porque así lo veían los antiguos a simple vista, pero más por su cercanía que por su tamaño real. Además, sus diámetros difieren muy ampliamente entre sí.
[4] Estos son los nombres que les dieron los romanos y que aún subsisten. Pero cada uno de estos astros fue, a su vez, asociado a una deidad, ya desde tiempos sumerios y babilonios.
[5] En realidad nada en el universo deja de moverse continuamente. Las estrellas nos parecen fijas porque mantienen la misma figura o posiciones entre sí al moverse de manera bastante uniforme respecto de la galaxia que las contiene (la Vía Láctea) y recorrer por año una distancia relativamente pequeña respecto de su enorme órbita completa. Como resultado, no cambian su posición relativa a simple vista. Sin embargo, aun a nuestros ojos, cambiarían sus posiciones relativas si pudiésemos contemplar un mapa del cielo dentro de miles de años.
[6] La precesión de los equinoccios es el movimiento del polo norte celeste, que describe un círculo completo alrededor del polo norte de la eclíptica en un período de 25.780 años (período conocido como año platónico). Este movimiento se debe al movimiento de precesión de la Tierra causado por momento de fuerza ejercido por el Sol sobre la Tierra. Hiparco de Nicea (siglo II a. C.) fue el primero en dar el valor de la precesión de la Tierra con una aproximación extraordinaria para la época.

REALIDADES Y FICCIONES ©

Héctor Zabala
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
hector_zabala_literatura@yahoo.com.ar
zab_he@hotmail.com

03 de Realidades y Ficciones (I)

REALIDADES Y FICCIONES Nº 3
(Literatura y algo más...)
Diciembre de 2010

Sumario:

Literatura
• Continuidad de los parques, de Julio Cortázar. Cuento y análisis.
• Un caso lamentable, de James Joyce. Cuento y análisis.
• Algunas críticas a la obra "Los últimos días de Pompeya" de Edward Bulwer-Lytton. Ensayo.

Y algo más...
• El lunfardo.
• El bluf de la astrología.


CONTINUIDAD DE LOS PARQUES [1]
de Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió una vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

[1] Del libro Final de Juego, 1956.

.

ANÁLISIS DE "CONTINUIDAD DE LOS PARQUES" DE JULIO CORTÁZAR
por Héctor Zabala ©

Se trata de un cuento en el que la realidad se mezcla mágicamente con la ficción.
Un hombre lee una novela en la que ocurre un homicidio y termina siendo el protagonista asesinado. Es decir, el hombre se adentra tanto en la trama que acaba realmente dentro de ésta.
El punto de conexión entre ambas realidades (lectura de la novela y mundo real del lector) es el parque, de ahí que su título "Continuidad de los parques" viene a significar que el parque de la novela se continúa -como si fuera un todo único- con el parque real, el que rodea la casa del lector absorbido.
Cortázar es muy sutil en ese pasaje entre un mundo y otro. A tal punto que, llegado al final del cuento, la transición sorprende al lector, tal como el protagonista será sorprendido por el puñal homicida.

HISTORIA EVIDENTE, INDICIOS, HISTORIA OCULTA
Ya desde el comienzo, el narrador utiliza frases de doble sentido, como por ejemplo:
"[Al lector] la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida...", aquí podría ser que ganar no sólo fuera en el sentido de impresionar o conmover, sino también en el de meterlo dentro de la historia de manera efectiva, concreta. Algo similar puede decirse de la expresión "[El lector] se dejaba interesar lentamente por la trama".
"Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba..." muy bien puede tomarse como que la persona misma del lector va desprendiéndose de su entorno y adentrándose en la historia del cuento o, mejor aún, que la historia lo va "englobando" hasta absorberlo, incluirlo.
• La expresión "danzaba el aire del atardecer bajo los robles" parece una simple expresión poética pero la segunda acepción de danzar significa "Dicho de una cosa: moverse con aceleración, bullendo y saltando". Es decir, puede implicar que el puñal del asesino está avanzando (como esquivando obstáculos) en ese preciso momento.
• Y la tercera acepción de danzar es "Mezclarse o introducirse en un negocio", que se utiliza más para "zaherir a quien interviene en lo que no le toca". En todo caso sería un indicio de que la muerte se acerca y que su entorno de más allá del ventanal, ya se está mezclando con la historia de la novela o bien que esa historia ya engloba el parque o lo hace continuo con el parque de ficción.
"[El lector] fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte". ¿Por qué testigo? Un simple lector no es testigo de nada de lo que está en la ficción, si lo fuera podría actuar en calidad de tal en un eventual juicio de la trama, cosa que la naturaleza literaria no permite. Más bien hay que tomar esta frase como que la historia ya lo ha absorbido al lector y a su entorno real.

A partir de aquí, el remate está listo: el lector ya está dentro de la historia, aunque en ese instante no lo percibamos claramente. El narrador ahora se limita, sin solución de continuidad, a dar indicios y motivos, tales como: sangre (terminará en un hecho de esas características), besos, caricias, pasión secreta, urgencia de terminar lo antes posible, un puñal determinante. Es decir todo lo que ocurre a las espaldas del sillón verde. Y en su doble sentido, pues el protagonista en su sillón da la espalda tanto a la puerta como a todo lo que ocurre más allá de esa puerta. La libertad agazapada significa que se deshacen del estorbo (él) y que habrá una nueva vida para los amantes.

El narrador fue preparando desde el inicio la escena óptima del crimen. El lugar elegido por el lector es un lugar solitario. El autor nunca usa esta palabra pero se desprende del contexto narrativo: la lectura la había pospuesto sólo por negocios urgentes, después escribió una carta a su apoderado y discutió con el mayordomo; es decir liquida rápido dos temas de negocios para que lo dejen tranquilo con su lectura. El sillón verde está de espaldas a la puerta (ideal para un atacante) "para evitar intromisiones". Esta última expresión puede tomarse también como un indicio inverso, pues un intruso aparecerá pese a todo.
Como al final de la narración esta soledad se corrobora: "Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba". Es decir, la futura víctima estaba sola, absolutamente sola.
Y además se concatena con dos indicios intermedios: "Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre". Aquí serpiente alude a maldad y premeditación: una serpiente mata usando veneno (símbolo del asesinato artero) en oposición a quien lo hace cara a cara en pelea abierta. Y por otra parte, la sierpe nos retrotrae al pecado original, es decir a temas relacionados con el Diablo, con el engaño, con el jardín de Edén (un parque también) y, como en el caso, un asunto de lealtades.
La frase "Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas..." podría ser vista como que al individuo del sillón verde estos nombres le son conocidos desde hace mucho, porque quizá sean los mismos que los que lleva él, su esposa y por ahí algún sospechoso amigo en la vida del protagonista. Esta sería la historia no contada, pero sacada a la luz a último momento.

.

Julio Cortázar (Jules Florencio Cortázar, Bruselas, Bélgica, 26/8/1914 - París, Francia, 12/2/1984).
Pese al lugar de nacimiento, Cortázar es un escritor argentino. Uno de los más importantes innovadores de su tiempo, que marcó un estilo característico en las letras hispanoamericanas.
Sus obras:
Cuentos y misceláneas: La otra orilla, 1945; Bestiario, 1951; Final del juego, 1956; Las armas secretas, 1959; Historias de cronopios y de famas, 1962; Carta a una señorita en París, 1963; Todos los fuegos el fuego, 1966; La vuelta al día en ochenta mundos, 1967; El perseguidor y otros cuentos, 1967; La isla a mediodía y otros relatos, 1971; Octaedro, 1974; Alguien que anda por ahí, 1977; Un tal Lucas, 1979; Territorios, 1979; Queremos tanto a Glenda, 1980; Deshoras, 1982; El perseguidor, 2009; La noche boca arriba.
Novelas: Los premios, 1960; Rayuela, 1963; 62/modelo para armar, 1968; Libro de Manuel, 1973; El examen, 1986 (escrita en 1950); Divertimento, 1986 (escrita en 1960); Diario de Andrés Fava, 1995 (obra póstuma).
Teatro: Los reyes, 1949 (con el seudónimo de Julio Denis); Adiós Robinson y otras piezas breves, 1995 (obra póstuma).
Poesía: Presencia, 1938 (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis); Pameos y meopas, 1971; Salvo el crepúsculo, 1984.
Otros: La autopista del Sur, 1964; Buenos Aires, Buenos Aires, 1967; Último round, 1969; Viaje alrededor de una mesa, 1970; Prosa del observatorio, 1972; La casilla de los Morelli, 1973; Fantomas contra los vampiros multinacionales (cómic), 1975; Estrictamente no profesional, 1976; Los autonautas de la cosmopista, 1982 (con Carol Dunlop); Nicaragua tan violentamente dulce, 1983; Silvalandia, 1984; Imagen de John Keats (obra póstuma, escrita entre 1951 y 1952); Correspondencia Cortázar-Dunlop-Monrós, 2009 (obra póstuma); Papeles inesperados, 2009 (obra póstuma); Cartas a los Jonquières, 2010 (obra póstuma).

.

UN CASO LAMENTABLE [1]
de James Joyce

El señor Duffy vivía en Chapelizod porque quería vivir lo más lejos posible de su ciudad de origen y porque encontraba todos los demás suburbios de Dublín mezquinos, modernos y pretenciosos. Vivía en una vieja y sombría casa, y desde allí podía ver la destilería abandonada y, más allá, el río poco profundo en cuyas riberas se erigía Dublín. Las altas paredes de su cuarto sin alfombras carecían de cuadros. Él mismo había comprado cada pieza del mobiliario: una cama de hierro negro, un lavabo también de hierro, cuatro sillas de caña de la India, un perchero, un cubo para el carbón, un guardafuegos con los utensilios imprescindibles para la chimenea y una mesa cuadrada a modo de escritorio con doble juego de cajones. Gracias a unas tablas de madera blanca había convertido una hornacina en biblioteca. La cama tenía sábanas blancas y una colcha roja y negra a los pies. Un espejito de mano colgaba sobre el lavabo, y durante el día una lámpara con pantalla blanca era el único adorno en la repisa de la chimenea. Los libros en los estantes de madera blanca se acomodaban, según su volumen, de abajo hacia arriba. Las obras completas de Wordsworth estaban en un extremo del anaquel más bajo, y un ejemplar del Maynooth Catechism, cosido a la cubierta de tela de un cuaderno, se encontraba en un extremo del estante más alto. Sobre el escritorio había siempre implementos para escribir; y también una traducción manuscrita del Michael Kramer, de Hauptmann, con las acotaciones para la puesta en escena en tinta púrpura, y algunas hojas de papel sujetas con un broche de cobre. En estas hojas había escrito de tanto en tanto una frase y, en un arranque de ironía, había pegado en la primera el encabezamiento de un anuncio de píldoras para la bilis. Al levantar la tapa del escritorio, se desprendía una suave fragancia: fragancia de lápices nuevos de cedro o de un pote de goma de pegar o de una manzana demasiado madura dejada allí y olvidada después.
El señor Duffy aborrecía cualquier cosa que evidenciara desorden físico o mental. Un médico medieval lo hubiera calificado de saturnino. Su cara, que era el libro abierto de su vida, tenía el mismo tinte atezado de las calles de Dublín. En su larga y voluminosa cabeza crecía un cabello negro y seco, y el bigote leonado no alcanzaba a cubrir la boca, en la que campeaba un gesto áspero. Los pómulos contribuían también a dar al rostro un carácter áspero; pero no había dureza alguna en los ojos, que miraban al mundo bajo unas cejas leonadas y ponían de manifiesto a un hombre dispuesto a apoyar cualquier impulso redentor en los demás, si bien a menudo decepcionado. Vivía algo divorciado de su propio cuerpo y observando sus propios actos con miradas de soslayo. Tenía el raro hábito autobiográfico de componer en su mente, y de tiempo en tiempo, alguna corta sentencia acerca de sí mismo con el sujeto en tercera persona y el predicado en pretérito imperfecto. Jamás daba limosna a los mendigos y caminaba con paso firme, usando un grueso bastón de avellano.
Durante años fue cajero en un banco privado de Baggot Street [2], al que acudía todas las mañanas en tranvía desde Chapelizod. A mediodía almorzaba en el negocio de Dan Burke: una botella de cerveza lager [3] y algunos bizcochos de arruruz [3]. A las cuatro quedaba libre. Merendaba en un restorán de George's Street [2], donde se sentía a salvo de la dorada juventud de Dublín y donde, además, el precio de la comida revelaba cierta honestidad. Pasaba las tardes junto al piano de la dueña de casa o paseando por los suburbios de Dublín. Su afición por la música de Mozart lo llevaba a veces a la ópera o a algún concierto: éstos eran los únicos lujos de su vida.
Carecía de compañeros y de amigos, de iglesia y de credo. Vivía su vida espiritual sin comunión alguna con los demás; visitaba a sus parientes en Navidad y los escoltaba hasta el cementerio cuando morían. Cumplía con estos dos deberes sociales en defensa de la antigua dignidad, pero ahí acababan sus concesiones a las normas que rigen la vida civilizada. Se permitía pensar que, bajo ciertas circunstancias, sería capaz de robarle al banco, pero como nunca se daban tales coyunturas su vida rodaba sin traqueteos; en fin, una historia personal sin peripecias.
Una tarde se encontró sentado junto a dos damas en la Rotunda [4]. La sala, casi vacía y silenciosa, exhalaba un penoso fracaso. La dama sentada a su lado echó uno o dos vistazos a la sala desierta y dijo:
-Qué pena que haya tan poca gente esta noche. Es tan difícil tener que cantar a las butacas vacías.
Él tomó este comentario como una invitación a charlar. Le sorprendió la actitud un tanto desenvuelta de la dama. Mientras hablaban, trató de fijarla de un modo indeleble en su memoria. Cuando supo que la joven que estaba junto a ella era su hija, calculó que la dama tendría un año menos que él. Su cara, que debió haber sido hermosa, conservaba un aspecto inteligente. Era un rostro ovalado de facciones bien marcadas. Los ojos, serenos, eran de un azul oscuro. Su mirada tenía al principio un aire desafiante, que se diluía en lo que parecía ser un deliberado desvanecimiento de la pupila en el iris, cosa que revelaba por momentos un temperamento muy sensible. La pupila recobraba su forma con rapidez; y su naturaleza, que había quedado casi al descubierto, volvía así muy pronto al reino de la prudencia. La chaqueta de astracán de la dama, que moldeaba un pecho de cierta exuberancia, subrayaba definitivamente la nota desafiante.
Volvió a encontrarse con ella a las pocas semanas en un concierto en Earlsfort Terrace y aprovechó los momentos de distracción de la hija para alcanzar más intimidad. La dama hizo una o dos alusiones a su marido, pero su tono no hacía entrever una advertencia. La señora se llamaba Sinico. El tatarabuelo de su marido provenía de Leghorn [5]. Su marido era capitán de un buque mercante que hacía la travesía entre Dublín y Holanda; aquella era su única hija.
Al encontrarse por casualidad la tercera vez, tuvo suficiente coraje como para concertar una cita. Ella acudió. Tal fue el primero de una larga serie de encuentros. Se encontraban siempre al atardecer y buscaban los barrios más tranquilos para pasear. Pero el señor Duffy detestaba estos encuentros clandestinos, y al comprender que estaban forzados a verse de manera furtiva, la obligó a invitarlo a la casa. El propio capitán Sinico alentó esas visitas, pensando que tendrían que ver con la mano de su hija. Había descartado tan sinceramente a la esposa de su galería de placeres, que era incapaz de concebir que otro pudiera interesarse en ella. Como el marido se ausentaba a menudo y la hija salía a dar lecciones de música, el señor Duffy tenía muchas oportunidades de disfrutar de la compañía de la dama. Ni una ni el otro habían tenido antes ese tipo de aventuras y ninguno de los dos era consciente de incongruencia alguna. Poco a poco los pensamientos de él se fundieron con los de ella. Él le prestó libros, le dio ideas y compartió su vida intelectual. Ella escuchaba con atención todo lo que él decía.
A veces, y a cambio de estas teorías, ella le contaba algún hecho de su propia vida, y con solicitud casi maternal lo instaba a que abriera su alma por completo; se convirtió así en su confidente. Y así, él le contó que durante un tiempo había asistido a las reuniones del Partido Socialista Irlandés, en las que se había sentido como un bicho raro entre una veintena de obreros pobres en una buhardilla alumbrada apenas con un candil. Después, cuando el partido se dividió en tres facciones, cada una con su propio líder y su propia buhardilla, dejó de asistir. Las discusiones de los obreros, dijo, eran demasiado timoratas. La importancia que le asignaban a la cuestión de los salarios era desmesurada. Vio que eran unos realistas empedernidos y que estaban irritados por una exactitud producto de un ocio muy lejos de su alcance. Ninguna revolución social, sentenció, estremecería a Dublín por unos cuantos siglos.
Ella quiso saber por qué no escribía sus pensamientos. ¿Y para qué?, preguntó él, con estudiado desdén. ¿Para competir con plagiarios de frases, incapaces de pensar durante sesenta segundos seguidos? ¿Para plegarse a la crítica de una obtusa clase media que confiaba su moralidad a la policía y sus bellas artes a los empresarios?
Él iba a menudo a una casa de campo que la dama tenía en las afueras de Dublín; y con frecuencia pasaban juntos las tardes. Poco a poco, a medida que sus pensamientos se integraban, comenzaron a charlar de asuntos menos remotos. Ella era para él lo que la tierra cálida para una planta exótica. Ella dejaba a menudo que la oscuridad cayera sobre ambos sin encender la lámpara. Los unía el oscuro y discreto cuarto, la soledad y la música que aún vibraba en sus oídos. A él le encendía esta unión que limaba las aristas de su carácter e impregnaba de emoción su vida intelectual; a veces se sorprendía escuchando el sonido de su propia voz. Pensaba que a los ojos de ella cobraba estatura angelical, y al percibir de un modo cada vez más evidente la naturaleza ferviente de su amiga, oía una extraña voz impersonal que reconocía como propia, y que insistía en la incurable soledad del alma. Es imposible la entrega plena, decía aquella voz, no podemos dejar de ser dueños de nosotros mismos. El final de tales divagaciones tuvo lugar una noche en la que no había dejado de dar señales de inusitada excitación, hasta que ella le tomó apasionadamente la mano y la oprimió contra la mejilla.
El señor Duffy se sorprendió muchísimo. La interpretación que ella había dado a sus palabras lo desilusionó. A tal punto que dejó de visitarla durante una semana. Después le escribió para pedirle otra cita. Como no quería que este nuevo encuentro estuviera perturbado por la influencia de su arruinada confidencia, se encontraron en una pequeña confitería cercana a las puertas del parque. Era un otoño desapacible, pero a pesar del frío vagaron por los senderos del parque unas tres horas. Decidieron dejar de verse: todo lazo, dijo él, nos une al arrepentimiento. Al salir del parque, caminaron en silencio hacia el tranvía. Fue entonces cuando ella comenzó a temblar de tal modo que él, temiendo que se le quedara postrada en los brazos, le dijo adiós rápidamente y la dejó sola. A los pocos días, recibía un paquete con sus libros y su música.
Pasaron cuatro años. El señor Duffy volvió a su vida monótona. Su habitación guardaba todavía testimonio del orden que reinaba en su mente. Algunas partituras nuevas se habían agregado a las que ya había en el anaquel de abajo, y en la biblioteca descansaban dos libros de Nietzsche: Así hablaba Zaratustra y La gaya ciencia. De tanto en tanto escribía algo en las hojas que había en el escritorio. Una de sus sentencias, escrita dos meses después de su última cita con la señora Sinico, decía: El amor entre hombre y hombre es imposible porque no ha de haber comunión sexual, y la amistad entre hombre y mujer es imposible porque ha de haber comunión sexual. Como temía encontrarse con ella, ya no acudía a los conciertos. Su padre murió y se retiró el más joven de los socios del Banco. Sin embargo, él siguió yendo a la ciudad en tranvía todas la mañanas y siguió regresando a casa todas las tardes, después de haber comido con moderación en George's Street con la lectura del diario vespertino a manera de postre.
Una tarde, cuando estaba a punto de llevarse a la boca un trozo de carne y repollo, su mano se detuvo en el aire. Sus ojos se fijaron en un suelto del periódico vespertino que apoyaba contra la jarra de agua. Regresó el bocado al plato y leyó con atención. Enseguida bebió un vaso de agua, apartó el plato, dobló el diario ante sí, lo colocó entre los codos, y leyó la noticia una y otra vez. El repollo comenzó a formar un depósito de grasa blanca en el plato. La camarera se acercó a preguntarle si la comida tenía algún problema. Contestó que no, que estaba muy bien, y tragó unos bocados con dificultad. Luego pagó la cuenta y salió.
Caminó rápido bajo el crepúsculo de noviembre, golpeando rítmicamente el grueso bastón de avellano contra el suelo, mientras el borde amarillento del Mail asomaba de un bolsillo del ajustado chaquetón. Aflojó el paso al llegar al camino solitario que lleva de Parkgate a Chapelizod. Su bastón golpeó el suelo con menos energía y su aliento, anómalo y casi sibilante, se condensó en el aire invernal. Al llegar a casa, subió directamente al dormitorio, y sacando el diario del bolsillo, leyó otra vez aquel suelto a la débil luz de la ventana. No lo leyó en voz alta sino moviendo los labios como suele hacer un sacerdote al leer las oraciones. La noticia decía así:

MUERTE DE UNA DAMA EN SYDNEY PARADE
UN CASO LAMENTABLE

Hoy, en el Hospital Municipal de Dublín fue llevada a cabo por el juez suplente (en ausencia del señor Leverett) la investigación en torno a la muerte de la señora Emily Sinico, de cuarenta y tres años, ocurrida ayer por la tarde en la estación Sydney Parade. Según muestra la evidencia, la occisa fue arrollada por la locomotora del tren lento de las diez procedente de Kingstown mientras trataba de cruzar las vías, sufriendo heridas en la cabeza y en el costado derecho del cuerpo que le produjeron la muerte.
James Lennon, conductor de la locomotora, declaró pertenecer a la compañía ferroviaria desde hace quince años. Agregó que había puesto el tren en marcha luego de haber oído la señal del jefe de la estación y que, un segundo o dos después, lo detuvo al oír unos alaridos. La marcha del tren era lenta.
P. Dunne, mozo de cordel, declaró que el tren estaba a a punto de arrancar cuando vio a una mujer que intentaba cruzar las vías. Corrió hacia ella y le gritó, pero antes de que pudiera alcanzarla la mujer fue golpeada por el miriñaque de la locomotora y cayó al suelo.
Un jurado: ¿Usted la vio caer?
El testigo: Sí.
El sargento de policía Croly manifestó que, al llegar al lugar del hecho, encontró a la occisa tendida en el andén, aparentemente muerta. Hizo transportar el cuerpo a la sala de espera, hasta el arribo de la ambulancia.
El agente de policía chapa 57E corroboró la declaración.
El doctor Halpin, cirujano ayudante del Hospital Municipal de Dublín, declaró que la víctima tenía fracturadas dos costillas inferiores y severas contusiones en el hombro derecho. También se había producido una herida en el lado derecho de la cabeza. Pero las lesiones no eran suficientes para provocar la muerte de una persona normal. El deceso, según su criterio, se debía probablemente al shock y al súbito síncope cardíaco.
En nombre de la compañía de ferrocarriles, el señor H. B. Patterson Finlay expresó su profundo pesar por lo ocurrido. Luego declaró que la compañía tomaba de continuo todas la precauciones necesarias a fin de evitar que la gente cruzara las vías por atajos que no fueran los puentes, tanto mediante carteles en todas las estaciones como con el uso de molinetes bien visibles en los pasos a nivel. La occisa tenía la costumbre de cruzar las vías de andén a andén bien entrada la noche. Asimismo, y en vista de ciertas circunstancias adicionales del caso, no pensaba que cupiera tampoco responsabilidad alguna a los empleados del ferrocarril.
El capitán Sinico, residente en Leoville, Sydney Parade, y marido de la difunta, declaró también. Confirmó que la occisa era su esposa. Que no estaba en Dublín en el momento del accidente pues acababa de llegar esa misma mañana de Rótterdam. Que llevaban casados veintidós años y que habían vivido felices hasta hace unos dos años, época en que su mujer comenzó a beber de una forma más bien inmoderada.
La señorita Mary Sinico dijo que su madre había adquirido últimamente la costumbre de salir de noche a comprar bebidas alcohólicas. Según atestiguó, había tratado a menudo de hacerla entrar en razón y hasta de inducirla a que ingresara en una liga antialcohólica. No regresó a su casa sino una hora después del accidente.
El jurado dio su veredicto de acuerdo con el informe médico y liberó a Lennon de toda responsabilidad.
El juez auxiliar dijo que se trataba de un caso sumamente lamentable, y expresó sus condolencias al capitán Sinico y a su hija. Exhortó a la compañía ferroviaria a tomar serias medidas para evitar la posibilidad de hechos similares en el futuro y decidió que nadie era responsable del accidente.

El señor Duffy alzó la vista del papel y su mirada se perdió por la ventana en el melancólico paisaje vespertino. El río discurría lento junto a la desolada destilería, y de vez en cuando se encendía una luz en alguna casa de la carretera a Lucan. ¡Qué muerte! Todo el relato le resultaba repulsivo. Y lo angustiaba pensar que había hablado con ella de lo que tenía por más sagrado. Las frases gastadas, las inútiles expresiones de condolencia y las cautas palabras con que el periodista conseguía ocultar los detalles de una muerte vulgar le daban dolor de estómago. Ella no se había limitado a degradarse: también lo había degradado a él. Vio el escuálido rastro de su vicio, miserable y hediondo. ¡La compañera de su alma! Pensó en los tambaleantes infelices, a los que había visto tantas veces llevar botellas y latas para que las llenara el tabernero. ¡Por Dios, qué manera de acabar! Evidentemente, no estaba preparada para vivir; carecía de fuerzas y propósitos, una presa fácil del alcohol, una de las tantas ruinas sobre las que se erige la civilización. Pero, ¿cómo imaginarse que podía caer tan bajo? ¿Cómo era posible que él se engañara tanto al respecto? Recordó la escena de aquella noche y la interpretó más duramente que nunca. Ahora, ya no tenía ninguna duda en lo acertado de su decisión de cortar toda relación.
A medida que la luz se debilitaba y su memoria comenzaba a divagar, creyó sentir que la mano de ella tocaba la suya. El malestar que se había apoderado de su estómago, ahora atacaba sus nervios. Se puso el chaquetón y el sombrero, y rápidamente salió. El aire frío lo recibió en el umbral; se deslizó por las mangas del abrigo. Al llegar a la taberna de Chapelizod Bridge, entró y pidió un ponche caliente.
El propietario lo atendió obsequioso pero sin atreverse a hablar. Había allí cinco o seis obreros que discutían sobre el valor de una propiedad señorial en el condado de Kildare. Bebían a intervalos de sus enormes vasos, fumaban y escupían con frecuencia en el suelo, moviendo de tanto en tanto el aserrín con sus pesadas botas para disimular los escupitajos. El señor Duffy se sentó en su taburete y los miró sin verlos ni oírlos. Transcurrió un rato, los obreros salieron y él pidió otro ponche, en cuya contemplación se demoró largos minutos. La taberna estaba silenciosa. El propietario, inclinado sobre el mostrador, los brazos extendidos, leía el Herald y bostezaba. A veces, se oía el siseo de algún tranvía a lo largo de la calle solitaria.
Allí sentado, rememorando su vida con ella y evocando alternativamente las dos imágenes con que ahora la concebía, comprendió que estaba muerta, que había dejado de existir, que se había convertido en un recuerdo. Y entonces empezó a sentirse mal. Se preguntó qué otra cosa habría podido hacer. Pensó que le hubiera sido imposible comportarse de un modo equívoco con ella; que le hubiera sido imposible vivir con ella. Que hizo lo que mejor le parecía. ¿Qué culpa tenía él? Ahora que ella había muerto, comprendió lo solitaria que debió haber sido su vida: sentada noche tras noche, sola en aquel cuarto. Su propia vida también sería solitaria, sí, hasta que él también muriese, hasta que dejase de existir y se transformara en un recuerdo... si es que había quien lo recordara.
Eran las nueve cuando salió. La noche estaba oscura y tenebrosa. Entró en el parque por la primera puerta y caminó bajo los árboles desnudos. Atravesó los caminos yermos por donde habían paseado juntos cuatro años atrás. Parecía como si ella estuviera en la oscuridad, junto a él. Por momentos, imaginaba oír su voz, que su mano tocaba la suya. Se detuvo para escuchar. ¿Por qué le había negado la vida? ¿Por qué la había sentenciado a muerte? Sintió que su integridad moral se hacía pedazos.
Al llegar a lo alto de Magazine Hill, se detuvo y miró el río que fluía hacia Dublín, cuyas luces brillaban rojizas y hospitalarias en el frío de la noche. Bajó la mirada por la ladera y, allá abajo, a la sombra del muro del parque, distinguió figuras humanas acostadas. Aquellos amores venales y furtivos lo llenaron de angustia. Sintió la rectitud de su propia vida como una corrosión; cayó en la cuenta de que había quedado fuera de la fiesta de la vida. Un ser humano le había demostrado amor, y él se había negado a darle vida y felicidad: la había sentenciado a la ignominia, a una muerte vergonzosa. Sabía que las figuras acostadas junto al muro lo observaban y anhelaban que se fuera pronto. Nadie lo quería. Estaba proscripto de la alegría de vivir. Volvió los ojos al río gris y lleno de reflejos que ondulaba lentamente hacia Dublín. Más allá del río, vio un tren de carga que salía con paso cansino de Kingsbridge Station, como un gusano de cabeza ardiente que se arrastraba serpenteando en la oscuridad, obstinada y penosamente. Desapareció con lentitud de su vista pero dejó en sus oídos el zumbido laborioso de la locomotora que repetía las sílabas de su nombre: Emily.
Volvió sobre sus pasos, con el ritmo de la locomotora resonando todavía en los oídos. Comenzó a dudar acerca de la realidad que le dictaba la memoria. Se detuvo bajo un árbol y esperó hasta que el ritmo se desvaneciera. Ya no podía sentirla cerca de sí en la oscuridad, ni tampoco su voz llegaba a sus oídos. Aguardó unos minutos, tratando de escuchar. No pudo oír nada: el silencio de la noche era absoluto. Trató de nuevo: y otra vez, un silencio absoluto. Estaba solo.

[1] En inglés, A Painful Case. Se lo ha traducido también como Un caso doloroso y hasta como Un triste caso. El cuento es parte del libro Dublineses o Gente de Dublín (1914).
[2] Las calles Baggot Street y George's Street están en el centro de Dublín.
[3] La lager es un tipo de cerveza dorada y bien estacionada, de origen bávaro. El arruruz es una fécula que se extrae de las raíces y tubérculos de algunas plantas tropicales.
[4] La Rotunda está cercana al centro de Dublín, al norte del río Liffey. Se trata de un conjunto de edificios en el extremo sudeste de Rutland Square, de los cuales el más conocido era el Hospital Maternal. En tiempos de Joyce, existía en la zona una sala de música.
[5] Leghorn es un puerto de la Toscana: en italiano es Livorno.

.

ANÁLISIS DE "UN CASO LAMENTABLE" DE JAMES JOYCE
por Héctor Zabala ©

1) INDICIOS PARCIALES
1.1) Hay algunos detalles en la primera parte del cuento que constituyen indicios sobre el fin trágico que tendrá Emily Sinico: la destilería abandonada (una referencia a su depresión y alcoholismo), el cobertor negro y escarlata (luto y sangre), las acotaciones escénicas en la obra de Hauptmann en tinta púrpura (un fin trágico), el cubo para el carbón y los guardafuegos para la chimenea (alusión a la locomotora del accidente), etc.
1.2) El nombre Chapelizod [1] (capilla de Isolda) es otro indicio o adelanto evidente de la historia que el narrador nos irá contando, pues nos recuerda la leyenda celta de Tristán e Isolda que trata de un amor adúltero y frustrado. Isolda era la prometida (y luego la esposa) del rey Mark. Tristán tenía por misión custodiarla desde la isla de Irlanda hasta el palacio de su futuro marido, pero ambos jóvenes se enamoran en el camino. En líneas generales (salvo que Duffy y Emily no llegan a cometer adulterio y que no hay brebaje mágico) la historia es bastante similar: el capitán Sinico (un personaje paralelo al rey Mark) permite que Duffy acompañe a Emily, su esposa, tras una justificación razonable.

2) LA HISTORIA VISIBLE Y LA HISTORIA OCULTA
La obra cuenta en detalle la historia visible: el frustrado romance de James Duffy con Emily Sinico y la posterior muerte de ella. Pero no es tan fácil visualizar la historia oculta.
Una primera aproximación parece indicarnos que falta contar una historia; o bien que no hay otra más que la evidente. Sin embargo, la solución a este problema debe buscarse en las particularidades psicológicas de ambos personajes.

3) LA PERSONALIDAD DE EMILY SINICO
Según los datos de la narración, Emily era una mujer culta, sensible y romántica, deseosa de aventura, amistad y amor.
¿A qué se debió su muerte, entonces? Para resolver esto, debemos contestarnos estas preguntas:

3.1) ¿Se debió a un suicidio consciente a causa de una vida conyugal y familiar vacía, agravada por la desesperanza de un amor frustrado con James Duffy o con un tercero que habría conocido después?
En principio, la muerte de Emily no fue por causa directa de la colisión, dado que (según lo declarado por el doctor Halpin) las heridas en su cuerpo no habían sido suficientes para provocar el deceso. La muerte habría sido por el shock y el consecuente síncope cardíaco. Debe entenderse por shock en este caso, según la terminología de la época, el terrible estrés sufrido, producto del susto y la sorpresa de verse a punto de ser arrollada.
En este orden de razonamientos, el accidente de Emily no se compatibiliza con un suicidio consciente. Primero porque quien está dispuesto a suicidarse, busca una posición donde sea imposible fallar, a fin de que la muerte llegue rápida, segura. Nadie elegiría una estación donde el tren recién se pone en movimiento pues aún le faltaría mucho para alcanzar una buena velocidad. Un verdadero suicida más bien elegiría un tramo entre dos estaciones distantes y, de ser posible, una curva y un tren expreso, nunca un tren lento, como es el del caso. Segundo, nadie que ya tomó esa determinación se sorprende por un hecho que fue meditado y buscado, amén de que probablemente evitaría mirar hacia la locomotora para que no desfallezca su ánimo.
Por lo tanto, la idea de un suicidio consciente de parte de Emily debe ser descartada.

3.2) ¿Se debió a un suicidio inconsciente por idéntica causa?
Alguien podría alegar que Emily, desatendida por su familia, cayera en una depresión que la llevó al alcoholismo, y que ese cuadro psíquico la empujó después a un suicidio inconsciente. Aquí sí sería válida la teoría del shock por la sorpresa y el consecuente síncope, aunque podría seguirse cuestionando el pésimo lugar de elección por más inconsciente que sea.
Sin embargo, su vacía relación familiar era cosa asumida por Emily. Para ilustrar esto, recordemos que al inicio ella habló de su marido como si se tratara de un dato más, no como un obstáculo para verse con Duffy o a modo de advertencia. Por otro lado, su hija Mary jamás le reprochó que la visitara un cuasi desconocido. En síntesis, a la familia parece que le importaba muy poco lo que Emily hiciera de su vida. Tampoco parece muy lógico que alguien vaya a esperar veintidós años de relaciones vacías para suicidarse. Por lo tanto, sería muy dudoso afirmar que la causa haya sido un deseo inconsciente de suicidio.

3.3) ¿Se debió a un simple accidente involuntario por distracción?
Pese a que se trata de una tesis interesada (salvar la responsabilidad de su compañía), el accidente de Emily podría explicarse mediante la versión de H.B. Patterson Finlay, representante del ferrocarril, si se agrega la factible hipótesis de que quizá el sol de la tarde y la mayor frecuencia de trenes diurnos podrían haber confundido a la mujer, acostumbrada a cruzar las vías siempre de noche.
El alcoholismo de Emily databa de dos años atrás, pero debe eliminarse como causa directa. Ella no estaba alcoholizada aquella tarde; no sólo en ningún momento del juicio se baraja esa posibilidad sino que además Mary declara que su madre sólo se emborrachaba por las noches.
En síntesis, lo más probable es que la causa del síncope de Emily haya sido consecuencia del tremendo estrés sufrido ante la inminencia de ser arrollada cuando cruzaba las vías de manera distraída.

3.4) ¿Una primera historia no contada?
De todas formas, de lo que no hay duda es que James Duffy tuviera algo que ver, sea directa o indirectamente, con la muerte de Emily Sinico. Es más, Duffy nada supo de la vida de Emily durante los cuatro años anteriores a su muerte, pues evitó de manera rigurosa toda posibilidad de encuentro desde el corte de la relación. Y, además, ella no comenzó a caer en depresión y en adición alcohólica inmediatamente sino dos años después de dejar de verse y dos años antes del accidente ferroviario.
Por otra parte, las circunstancias sugieren que ella no hubiera tenido escrúpulos ni obstáculos fácticos para tener otro amigo después de Duffy: tenía libertad plena, pues su marido se la pasaba viajando, y un temperamento inquieto. Si Emily conoció a otro hombre en ese lapso, esto bien podría haber derivado en una nueva relación amistosa decepcionante o en un desencanto amoroso, cuestiones que apuntarían a una historia no contada sobre Emily.
Es decir, quizá ocurrió algo a mitad de camino entre el corte de la relación con Duffy y el accidente ferroviario. Algo que a Emily la volvió depresiva y alcohólica. Algo que el autor deliberadamente no nos cuenta.

4) LA PERSONALIDAD DE JAMES DUFFY
Lo primero que se nos ocurre al terminar de leer el cuento es que James Duffy es un tipo difícil, un solitario incorregible. Pero esa sola definición no explica el porqué de su modo de vida.

a) HIPÓTESIS A DESCARTAR
En primer lugar, podría pensarse que James Duffy no se involucró sexualmente con Emily porque la ve como una madre (algo así como "un complejo de Edipo resuelto"). Pero en todo caso, lo maternal sólo provendría de Emily cuando ella lo insta a que "le abra su alma", pues nada se dice de Duffy al respecto ni en ese momento ni después.
Pero Emily nunca se sintió realmente una madre de Duffy. Lo de "maternal" es una mera forma de expresarse que usa el autor porque así convenía a la intimidad de los personajes en ese pasaje del relato. Incluso, Emily misma, tiempo después, toma la mano de Duffy y la apoya en su mejilla, cosa que a él lo horroriza de inmediato. Entonces, ¿dónde quedan sus sentimientos de madre? Al parecer, aquí el narrador simplemente buscó desviar la atención de los lectores o bien mostrar la lucha interior que ambos personajes mantenían contra sus sentimientos o deseos más profundos.
En segundo lugar, hay que descartar la personalidad de James Duffy como la de un homosexual reprimido. No hay ningún indicio que lo avale, sino más bien lo contrario. En efecto, hay varios detalles que muestran a priori que Emily no le resultaba sexualmente indiferente: la encuentra garbosa, de rasgos hermosos pese a su madurez, de pechos exuberantes, por momentos un tanto atrevida, etc. Si todo esto no alcanza para explicar su propia atracción sexual, consciente o inconsciente, entonces, ¿por qué se asusta y decide cortar toda relación con ella de manera tan drástica?
En tercer lugar, tampoco basta con decir que Duffy es egoísta. En mayor o menor grado todo ser humano tiende a ser egoísta y altruista a la vez; depende del objeto o persona al que ese juego de sentimientos se dirige. Si fuéramos exclusivamente egoístas, la especie humana ya hubiese desaparecido hace rato; y si fuéramos sólo altruistas, los problemas socioeconómicos de la humanidad habrían desaparecido.

b) LA MEJOR HIPÓTESIS
La mejor hipótesis sobre la personalidad de James Duffy es la de un neurótico místico con veleidades de asceta y signos de megalomanía.

Los siguientes indicios, hechos y actitudes avalan la idea de un neurótico místico:
4.1) Más allá de las probables referencias a la propia familia del narrador, el apellido Duffy [2] en gaélico significa oscuro, negro. Además, hay un predominio de lo oscuro o lo negro en muchas de las cosas de uso diario del personaje, a tal punto que su vida parece estar signada por una velada conexión con la sotana católica. Obviamente, nadie elige su propio apellido, pero esto debe ser tomado como un indicio de regalo o travesura de quien escribe el cuento.
4.2) El arreglo de la casa y su modo de vida son los de un ermitaño: elección de un barrio ni moderno ni presuntuoso, muebles humildes y sólo funcionales, ningún adorno ni cuadro, un catecismo católico irlandés [3], las obras de su biblioteca [4], la vida solitaria (sin amigos, sin lujos y lejos de los jóvenes inquietos), una austeridad rayana casi en la obcecación, etc.
4.3) El orden de los libros en la biblioteca, presidiendo lo sagrado (arriba) sobre lo profano (abajo).
4.4) La obsesión por el orden, tanto físico como mental.
4.5) Su saturnismo, es decir su melancolía o tristeza permanente (hay que entender esto en sentido figurado, pues no hay nada que haga referencia a una intoxicación con plomo) alude a concepciones médico-astrológicas del Medioevo que suponían para los nacidos bajo Saturno el padecimiento de disfunciones biliares y de melancolías frecuentes que se aliviaban con la música. Incluso hay una referencia temprana a un anuncio de píldoras para la bilis que también suma como indicio.
4.6) La permanente atención por controlar su propio cuerpo, muy propio de un asceta o de un místico.
4.7) La obsesión por lo auténtico y honesto: se niega a seguir viendo a Emily clandestina y furtivamente, le exige que lo invite a su casa y lo presente a la familia, sólo merienda en un establecimiento donde el precio es honesto, etc.
4.8) El corte abrupto con Emily cuando la relación amenaza con superar lo platónico, lo intelectual. Incluso, la abandona aunque ella se debata en temblores, etc.

Ahora bien, los signos de megalomanía en James Duffy serían los siguientes:
4.9) Hablar mentalmente de sí mismo en tercera persona.
4.10) Suponerse capaz de robarle al banco donde trabaja, aunque declinando siempre la idea porque las circunstancias supuestamente nunca estarían dadas.
4.11) Visitar a los familiares en Navidad o en los funerales, pero más por dignidad, protocolo o tradición que por cariño verdadero.
4.12) No dar nunca limosna a los mendigos, pese a su actitud mística y a sus impulsos aparentemente redentores.
4.13) Negarse a publicar sus pensamientos para no descender a competir con escritorzuelos y a exponerse a la crítica obtusa de la clase media.
4.14) Detestar a obreros y socialistas por ser -a su criterio- unos timoratos, unos realistas empedernidos y cerrados a toda idea distinta de un superior valor intelectual.
4.15) Verse a sí mismo como un ángel y a Emily como una simple feligresa que adora su persona.
4.16) El uso de un bastón de avellano, que nos recuerda las varitas y báculos de los antiguos druidas [5]. El avellano también estuvo asociado a los poderes mágicos de los antiguos poetas celtas. Estas imágenes no pueden ser casuales en un irlandés como James Joyce.
4.17) Tomar exclusivamente cerveza dorada, cuando en Irlanda lo popular es la cerveza negra.
4.18) Comer ciertas meriendas exóticas y quizá algo caras, como bizcochos de arruruz.
4.19) Suponerse el árbitro de la moral pública:
• Porque apenas lee sobre la muerte de Emily, su primer impulso es echarle en cara la supuesta salpicadura hacia su persona; cosa que sólo podría afectarlo en su ego, pues ya nadie recordaba su relación con ella. A tal punto esto es así que ni siquiera fue citado por el juez ni tampoco se lo mencionó en el juicio.
• Porque aprovecha para considerar el alcoholismo no como una enfermedad psíquica sino como "una de las tantas ruinas sobre las que se erige la civilización", palabras grandilocuentes que sólo las puede decir alguien acostumbrado a mantener el dedo levantado.
• Porque acusa a Emily de no haber respetado las cosas que para él eran sagradas, como si se debieran respetar no tanto por lo que son sino por haberlo dicho él.
• Porque se felicita por haber cortado toda relación con Emily.
• Porque desaprueba las efusividades de las parejas acostadas en el parque y supone que están esperando que él se aleje para amarse a gusto; aunque lo más probable es que ni siquiera lo vieran, dada la oscuridad de la noche y a que estaban entretenidas con sus juegos amorosos.
• Porque supone que todo el mundo lo deja o lo detesta, aunque en realidad es él quien abandona a todo el mundo. Incluso su sentencia: "el amor entre hombre y hombre es imposible porque no ha de haber comunión sexual, y la amistad entre hombre y mujer es imposible porque ha de haber comunión sexual..." [6] es apenas una justificación barata de su pobre vida, dado que él tampoco se permite la más mínima posibilidad de relación de amistad (¡ni hablemos de amor carnal!) con nadie.
4.20) Incluso, su supuesto remordimiento por abandonar a Emily (que él imagina la habría llevado a la depresión y al suicidio o al dudoso accidente) no es más que otra muestra de megalomanía o excesiva consideración hacia su propia persona pues todos los datos apuntan a que él nada tuvo que ver con la muerte, según lo analizado en el punto 3.4).
4.21) Hay un detalle astuto que agrega el narrador: muchas referencias a títulos nobiliarios o de autoridad. Como si los ojos de Duffy sólo quedaran fijos en puntos de referencia pomposos: el tren del accidente de Emily provenía de Kingstown (pueblo del rey), ella vivía en Leoville (villa del León, en honor al papa León XIII), el último tren sale de la estación Kingsbridge (puente de los reyes), etc.

Hay además varias características de James Duffy que harían pensar en un ex seminarista o un monje ordenado que abjuró de su regla, probablemente un jesuita:
4.22) Los aromas en su escritorio parecen evocar fragancias de iglesia o convento.
4.23) El anotador que utiliza para escribir sentencias nos recuerda a las libretas de algunas órdenes religiosas usadas para volcar a diario los pecados y malos pensamientos. La cubierta de tela de una libreta de notas pegada al catecismo sería otro indicio similar.
4.24) Los aparentes impulsos de redención hacia la gente para después decepcionarse.
4.25) Escuchar sólo música de Mozart, quien tiene muchas composiciones de carácter sacro y que incluso estuvo durante buena parte de su vida al servicio del arzobispo de Salzburgo.
4.26) Algunas actitudes (o resabios) de sacerdote o monje, por ejemplo cuando comienza a leer la noticia del trágico fin de Emily, moviendo sólo los labios. O el ambiente monacal o ascético del mobiliario de su casa.
4.27) Hablar de sí mismo en tercera persona (megalomanía) pero además en pasado, como si se tratara de algo añorado en su interior o parte de una personalidad perdida.
4.28) La manzana pasada (o demasiado madura, según otra versión) indicaría que su credo sería algo descompuesto y como del pasado de su vida, aunque también demasiado arraigado para cambiarlo por completo. Es decir, aunque en apariencia lo rechace, en el fondo sigue marcado a fuego por las enseñanzas y modo de vida que le inculcaron de joven.

Ahora bien, la paradoja es que pese a su celo cuasi religioso, James Duffy carece tanto de credo como de iglesia. Por ende, no cuenta con una válvula de escape para esa tendencia mística permanente, de ahí su resultante neurótica.

5) LA HISTORIA OCULTA: EL VERDADERO CASO LAMENTABLE
Con los años, la personalidad de James Duffy parece dar un vuelco y volverse algo más liberal, hasta el punto de casi abjurar de sus antiguas creencias religiosas. Sin embargo, como vimos, queda en él un resabio, un fanatismo constante que demuestra que en el mejor de los casos sigue firme en su pensamiento primitivo aunque cambiado de objeto.
También hay señales de que Duffy tiene ocasión de variar sus costumbres y renacer a una nueva vida. Es muy significativo que el narrador eligiera justamente el Phoenix Park (Parque del Fénix), del barrio de Chapelizod, para describir el cierre definitivo de un amorío que nunca llegará a ser. El autor parecería decirnos aquí que se trata de la última oportunidad de James Daufy y de Emily para quemar el pasado y renacer a un futuro venturoso, de felicidad para ambos. Incluso tardan unas tres horas para alcanzar su charla decisiva, pese a ser un desapacible día de otoño. La referencia al otoño también debe ser tomada como una metáfora de la edad de los protagonistas (ambos cuarentones).
El cambio en Duffy es tenue: hay nuevas partituras de música y dos obras de Friedrich Nietzsche, que por entonces estaba muy en boga entre los socialistas británicos e irlandeses [7], si bien las ubica en los anaqueles inferiores.
Pero el narrador se apresura a hacernos notar que esos cambios de pensamiento son apenas pequeñas rebeldías (o quizá arranques irónicos) que el hombre se permite sin que por esto cambie demasiado su personalidad básica, pues Duffy sigue usando su bastón de avellano y leyendo un diario conservador (el Mail de color amarillo del cuento sería el Dublín Evening Mail, que se imprimía en un color marrón claro).
Sin embargo, la muerte de Emily, pese al violento rechazo del primer momento, al fin lo conmociona. James Duffy, a pesar de sus traumas, no deja de ser un tipo inteligente. A partir de allí hay indicios, sino de cambios, al menos de intentar una recapitulación mental de su vida.
Hay, por lo tanto, una toma de conciencia sobre su existencia vana, que él mismo va descubriendo de a pasos. Incluso hay una autocrítica irónica sobre su propia megalomanía cuando piensa en la vida solitaria que llevará hasta que se transforme sólo en un recuerdo cuando agrega para sí: si es que alguien me recuerda.
La definitiva toma de conciencia llega por fin en la colina Magazine (en inglés, revista), nombre que bien podría interpretarse como una ingeniosa alusión de hacer un examen completo de su vida pasada. Ahí Duffy se da cuenta de que ha quedado fuera de la fiesta de la vida. El tren, que sale de Kingsbridge en forma de gusano con su cabeza de fuego y que se aleja serpenteando lenta y laboriosamente (como su río paralelo, el Liffey) repitiendo las sílabas del nombre Emily, es una excelente imagen de que ha perdido definitivamente la gran posibilidad de amar, amén de constituir una metáfora concluyente sobre la muerte y los infiernos.
En fin, el cuento es una hermosa obra romántica en la que se llega a la conclusión de que el caso lamentable o doloroso es en realidad James Duffy; no Emily Sinico, como decía la nota del diario.

6) ¿HAY UNA SEGUNDA HISTORIA OCULTA?
Hay indicios que mostrarían de manera subrepticia que el caso lamentable y doloroso también sería la propia sociedad irlandesa de la época.
En efecto, Joyce nos deja frases sobre el patetismo del ambiente social en que él mismo se crió, tales como:
6.1) Duffy vivía en una sombría casa desde donde podía verse la abandonada destilería. Es decir, una imagen patética, triste, apenas en los arrabales de la principal ciudad de Irlanda.
6.2) Su rostro tenía el tinte atezado (ennegrecido, quemado) de las calles de Dublín. Es decir, una ciudad lóbrega, sombría, como enlutada.
6.3) La sala (previo al concierto en la Rotunda), casi vacía y silenciosa, exhalaba un penoso augurio a fracaso. Esto también se puede tomar como una metáfora: una sociedad irlandesa fracasada, vacía, sin objetivos.
6.4) El dicho de Emily, cuando se conocen: "Es tan difícil tener que cantar a las butacas vacías", bien podría tomarse como la imagen de los nacionalistas irlandeses en procura de convencer a un pueblo indiferente.
6.5) Un partido socialista irlandés que se divide en tres fracciones, cada una con su propio líder y su buhardilla mal iluminada, aun cuando sus militantes ya eran pocos de por sí y encima muy pobres.
6.6) Después de leer la noticia de la muerte de Emily, la mirada de Duffy se pierde por la ventana en el melancólico paisaje vespertino.
6.7) Cinco o seis obreros pobres discutiendo el valor de una propiedad señorial del condado de Kildare y el propietario de la taberna leyendo el Herald (un diario nacionalista irlandés) pero entre bostezos son otras imágenes patéticas de clases sociales que no saben muy bien lo que quieren.
6.8) El ir y venir de trenes de los párrafos finales podría tomarse como la gran metáfora de una Irlanda sin un norte claro; muy similar a la leyenda irlandesa El destino de los hijos de Lir, leyenda en la que cuatro cisnes blancos vagan sin ton ni son por toda la isla.
6.9) Duffy mismo podría tomarse como la vieja Irlanda católica, conservadora y aburrida que se niega a abrirse a una nueva Irlanda desafiante, inteligente y vivaz (Emily), amparada por momentos en el reino de la prudencia, en tanto subsiste intermitente un poder británico que nada le importa de la isla ni de cuidarla demasiado (el marido de Emily, el capitán Sinico).

[1] Chapelizod (en francés Chapel d'Iseult, capilla de Isolda) es un barrio del oeste de Dublín, a unos cinco kilómetros del centro.
[2] El personaje James Duffy estaría inspirado en su hermano Stanislaus Joyce, según el libro de este último, My Brother's Keeper (1958).
[3] La localidad de Maynooth está a unos veinticinco kilómetros al noroeste de Dublín. Allí se encuentra el seminario católico de St. Patrick, donde se celebró el sínodo de 1883 que aprobó este catecismo, conocido como Maynooth Catechism.
[4] William Wordsworth, aunque decepcionado después por el giro napoleónico, fue un ferviente partidario de la revolución francesa y uno de los puntales del romanticismo poético inglés, si bien después se lo asociaría al conservadorismo de la época victoriana. Gerhart Hauptmann, premio Nobel de literatura, fue un escritor naturalista muy interesado en el simbolismo religioso, inspirado en el primitivo cristianismo, y en los asuntos sociales sin dogmatismo político. El personaje Michael Kramer se parece a James Duffy en su ascetismo e inclinaciones artísticas.
[5] Los druidas eran los sacerdotes y verdaderos dirigentes de la vieja sociedad pagana de Irlanda y en general de los antiguos celtas en toda Europa.
[6] Friedrich Nietzsche, en el Eterno retorno, asegura que el amor sensual o carnal es siempre egoísta y un mero deseo de poseer en exclusividad al sujeto amado (casi un objeto) o, si se quiere, el amor carnal sería en realidad amor propio. Es decir, que entiende que no hay amor carnal y altruista a la vez. Lo diferencia plenamente de la amistad, a la que considera como la imagen pura o altruista del amor.
[7] Esta influencia se trasladó a buena parte del mundo. Por ejemplo, José Ingenieros, uno de los fundadores del Partido Socialista Argentino, fue un profundo conocedor y admirador de las obras de Nietzsche.

.

James Joyce (James Augustine Aloysius Joyce, Dublín, 2/2/1882 - Zúrich, 13/1/1941).
Uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Pese a escribir sobre ambientes católicos-irlandeses (aunque vivió la mayor parte de su vida fuera de Irlanda), su literatura logra un retrato extraordinario del alma humana que convierte a su obra en universal.
Sus obras: Stephen el héroe (Stephen Hero), 1904-1906; Música de cámara (Chamber Music), 1907; Dublineses (Dubliners), 1914; Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), 1916; Exiliados (Exiles), 1918; Ulises (Ulysses), 1922; Poemas manzanas o Poemas a penique (Pomes Penyeach), 1927; Finnegans Wake, 1939.

02 de Realidades y Ficciones

REALIDADES Y FICCIONES Nº 2
(Literatura y algo más...)
Octubre de 2010

Sumario:

Literatura
• El nuevo abogado, de Franz Kafka. Cuento y análisis.
• El corazón delator, de Edgar Allan Poe. Cuento y análisis.
• La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. Pequeña reseña.

Y algo más...
• Un pequeño insecto casi olvidado por la Real Academia.
• ¿A alguien le importa la libertad de expresión?


EL NUEVO ABOGADO [1]
de Franz Kafka

Tenemos un nuevo abogado, el doctor Bucéfalo. Poco hay en su aspecto que recuerde la época en que era el caballo de batalla de Alejandro de Macedonia. Sin embargo, quien está al tanto de esa circunstancia, algo nota. Y hace poco pude ver en la entrada a un simple ordenanza que lo contemplaba con admiración, con la mirada profesional del aficionado a las carreras de caballos, mientras el doctor Bucéfalo, alzando gallardamente los muslos y haciendo resonar el mármol con sus pasos, ascendía escalón por escalón la escalinata.
En general, la Magistratura aprueba la admisión de Bucéfalo. Con asombrosa perspicacia dicen que dada la organización actual de la sociedad, Bucéfalo se encuentra en una posición un tanto difícil y que en consecuencia y considerando además su importancia dentro de la historia universal, merece por lo menos ser recibido. Hoy -nadie podrá negarlo- no hay ningún Alejandro Magno. Hay muchos que saben matar, tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín; y para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre; pero nadie, nadie puede abrirse paso hasta la India. Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance, aunque su camino fue señalado por la espada del rey. Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino; muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas, y la mirada que las sigue sólo consigue confundirse.
Por eso, quizás, lo mejor sea hacer lo que Bucéfalo ha hecho, sumergirse en la lectura de libros de derecho. Libre, sin que los muslos del jinete opriman sus flancos, a la tranquila luz de la lámpara, lejos del estruendo de las batallas de Alejandro, lee y relee las páginas de nuestros antiguos textos.

.

ANÁLISIS DE "EL NUEVO ABOGADO" DE KAFKA
por Héctor Zabala ©

La obra -entiendo- es de una ironía cruda, que parte de una idea descabellada pero genial: Bucéfalo, sin Alejandro Magno ni otro caudillo militar que esté a su altura, carece de un empleo digno de sus méritos y sólo le queda leer y releer libros de derecho.
Es decir, un caballo de guerra -reencarnado en un hombre moderno- no tiene otra opción que moderar su espíritu belicoso y ocupar su tiempo en un burocrático empleo de oficina. Y paradójicamente, los máximos responsables judiciales lo aceptan, no por su idoneidad en la interpretación y manejo de las leyes sino porque entienden que merece una oportunidad de progreso por haber sido un factor castrense fundamental en la historia humana.
El cinismo que encierra esto es notable: quien ayer fuera famoso por coadyuvar a imponer la fuerza bruta en todo el mundo, hoy termina como un ignoto leguleyo dedicado a la aplicación civilizada del derecho.
Por supuesto, el narrador no nos dice expresamente que el doctor Bucéfalo sea la reencarnación de su tocayo, pero es obvio que lo sugiere al aseverar que ciertas actitudes y algunos detalles de su cuerpo delatan ese origen a un ojo experto en caballos.
Hay quienes llegan a ver esta narración como autorreferencial, pues Kafka en su vida hacía algo equivalente: trabajaba como asesor legal en seguros [2], cosa que suponía un freno mal aceptado por él mismo a su hiperactividad literaria (que recordaría a la de un caballo desbocado) y que constituía su verdadera pasión y razón de ser.
Pero más allá de este detalle anecdótico, el narrador incluye en este cuento varios hechos o alegorías de la vida del rey y general macedonio:
"...para muchos Macedonia es demasiado reducida y maldicen en consecuencia a Filipo, el padre..." Esto debe tomarse como una alegoría. Macedonia representa aquí a los estados europeos que se disputaban la hegemonía en tiempos de Kafka, pero que eran incompetentes para sojuzgarse unos a otros de manera categórica y definitiva. Esta maldición a Filipo sería por envidia; envidia de no poder realizar las grandes conquistas de aquel rey [3] o la de anteriores reyes europeos. Frente a lo hecho por Filipo, los logros fronterizos de los monarcas de fines del siglo XIX resultaban de una mezquindad patética.
"...tampoco escasea la pericia necesaria para asesinar a un amigo de un lanzazo a través de la mesa del festín". Estando ambos ya muy borrachos, Alejandro Magno mató de esta forma en Samarcanda a su amigo Clito, apodado el Negro, en el año 328 a JC, si bien después se lo recriminaría a sí mismo hasta el punto de intentar suicidarse. La discusión nació cuando Clito le achacó que Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, había sido mejor rey y general. [3]
"Aún en sus días las puertas de la India estaban fuera de todo alcance..." En efecto, después de una campaña relámpago de ocho años en la que conquista los territorios de Asia Menor, Siria, Egipto, Mesopotamia, Persia y parte del Asia central, Alejandro logra invadir el valle del Indo derrotando a varias tribus locales y finalmente al rey Poro en 326 a. JC. Pero luego de esa última batalla del río Hidaspes, se ve obligado a replegarse y a evacuar la India por la fuerte posición de nuevos enemigos allende el Ganges y la rebelión de su propia tropa, desesperada al verse día a día más y más lejos de sus bases.
• El narrador descubre también cierta confusión, contradicción y hasta fanfarronería en los reyes europeos de su tiempo: "Hoy dichas puertas están en otra parte, más lejos, más alto; nadie muestra el camino..." Es obvio que usa la alegoría de las puertas del Punjab (India) para referirse a un dominio absoluto y casi mundial que rivalizara con el que en su tiempo tuvo Alejandro de Macedonia, inalcanzable para cualquier líder político o militar de fines del siglo XIX o principios del XX, por más bravucones y entorchados que aparecieran ante la gente común ("...muchos llevan espadas, pero sólo para blandirlas...").

Si bien fue publicado años más tarde como parte del libro Un médico rural [5], este cuento fue escrito en el invierno europeo de 1916-1917, es decir en plena Primera Guerra Mundial, y no cabe duda la alusión a esta calamidad bélica cuando, otra vez en tono sarcástico, Kafka nos dice "[hoy]... hay muchos que saben matar..."

[1] En alemán Der neue Advokat.
[2] Kafka se doctoró en derecho en 1906, pero tuvo siempre la idea de alejarse de Praga, de sus padres y de toda obligación que le limitara escribir. Hay varias cartas que lo afirman. Una de 1912 quizá nos sirva de resumen: "Praga no me suelta. Es una madrecita con garras". En 1907 fue contratado por la compañía Assicurazioni Generali y en agosto de 1908 ingresará en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, puesto en el que permanecerá hasta su jubilación anticipada en 1922. Dos años más tarde moriría de tuberculosis pulmonar.
[3] Si bien Alejandro Magno fue quien conquistó Asia, su padre Filipo II había sido quien organizara al ejército macedónico para ese fin, proyectara el plan general de campaña y sometiera entretanto las importantes ciudades de Grecia Central. Estos preparativos echaron los fundamentos para las futuras campañas de su hijo, cosa que sabía todo el mundo. De ahí que este legado de Filipo implicó un tormento para la autoestima y prestigio de Alejandro, quien a menudo renegaba de la memoria de su padre.
[4] La hostilidad de Alejandro Magno hacia su padre había sido proverbial. Ningún macedonio desconocía la anécdota del banquete de bodas de Filipo II con Eurídice, sobrina del general Átalo, en el que se había bebido demasiado, como siempre: ante una insinuación que ponía en peligro su herencia al trono, Alejandro le había tirado una copa por la cabeza a Átalo, insulto que Filipo intentó reprimir con espada en mano. Pero cuando el rey pierde pie y cae al suelo por la borrachera, la cáustica respuesta de Alejandro no se hace esperar: "Miren [hablando de su padre], quiere ir de Europa al Asia y ni siquiera es capaz de pasar de una mesa a la otra".
Quizá sea casualidad, pero esta lucha padre-hijo (por momentos soterrada, por momentos abierta), se reeditaría también en la familia de Kafka. Se sabe que Franz Kafka tuvo una relación bastante tormentosa con su padre Hermann, un exitoso comerciante de Praga pero al parecer bastante despótico con su familia. También es conocida la desaprobación del padre hacia su actividad literaria, por considerarla una pérdida de tiempo.
[5] En alemán Ein Landarzt.

.

Franz Kafka (Praga, Imperio Austro-Húngaro (hoy República Checa), 3/7/1883 - Kierling (muy cerca de Viena), Austria, 3/6/1924).
Sobre este autor puede leerse más en REVISTA SESAM Nº 80
http://www.sesamweb.com.ar/

.

.

EL CORAZÓN DELATOR [1]
de Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez que la concebí, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo justo para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy afablemente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún delito. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ido al campo. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el punto exacto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!

[1] En ingles: The Tell-Tale Heart. Fue editado por primera vez en la publicación literaria bostoniana The Pioneer, en enero de 1843, de su amigo James Russell Lowell, y reeditado con algún cambio el 23 de agosto de 1845 en el Broadway Journal, del propio Poe.
En una de sus versiones aparece este epígrafe: El arte es largo, y el tiempo, fugaz, / y nuestros corazones, aunque fuertes y valientes, / sin embargo, al igual que tambores sordos, están luchando / marchas fúnebres a la tumba. Longfellow.

.

ANÁLISIS DE "EL CORAZÓN DELATOR" DE POE
por Héctor Zabala ©

Todo el cuento es una confesión. No sabemos si a un juez, a un psiquiatra o a un sacerdote. También podría ser a un carcelero o a un compañero de celda, pero no hay indicios que nos ayuden. Incluso, aunque en la traducción se optó por el pronombre plural, tampoco sabemos si el asesino se dirige a varias personas o a una sola, dado que en inglés el pronombre you no diferencia entre usted y ustedes o entre tú y vosotros. Quizá lo más lógico sería pensar que el asesino confiesa ante un tribunal o frente a un grupo de psiquiatras, pero no podemos estar seguros.
Ya desde el inicio de la obra, el hombre dice "¡Es cierto!" y esto puede tomarse como un adelanto inconsciente de una confesión plena. Pero lo curioso es que no tiene empacho en confesar detalladamente su crimen en tanto no lo tomen por loco.
Según el propio asesino, lo que más le molestaba de la víctima era uno de sus ojos y ese sería el motivo del crimen. Obviamente, se trata de un loco obsesivo cuyo trauma psiquiátrico llega a tal grado que termina oyendo los latidos del corazón del muerto.
El cuento constituye una obra maestra de la literatura y no deja de ser admirable la constante tensión y crescendo desde el inicio hasta el final.

INDICIOS DE QUE EL ASESINO ES UN LOCO
1) El narrador utiliza indicios inversos. El asesino niega su locura durante todo el relato. Para avalar esto, intenta demostrar que es inteligente, sagaz, y hasta hace hincapié en la prolijidad puesta en el mismo asesinato. Según el criminal, alguien capaz de ser tan detallista para matar nunca podría estar loco ("...los locos no saben nada", dice). Por supuesto, parte de una falacia, pues un loco no es un tonto ni alguien que no pueda razonar en absoluto. Por ende, cabe la posibilidad de que algunos tipos de demencia permitan razonar e, incluso, razonar con bastante lógica ante situaciones determinadas.
2) También se utilizan indicios directos: el asesino se confiesa nervioso en extremo, hipersensible, de sentidos agudizados, etc., todas características de alguien posiblemente alienado.
3) Se da mucho énfasis a la cabeza del criminal. De hecho el propio asesino se refiere a su propia cabeza en ocho oportunidades, en tanto que apenas si se acuerda de nombrar la de la víctima. Por ejemplo, cuando dice "...aquella idea me entró en la cabeza", "...pasaba la cabeza", etc. Incluso, pone un excesivo acento en los pormenores que lo llevaron a poder introducir su cabeza dentro del cuarto en que dormía la víctima.
4) Su relato denota obsesión: "...aquella idea... una vez que la concebí, me acosó noche y día", o bien "...me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre".
5) El motivo del crimen (le molestaba el ojo de buitre de la víctima) no sería atendible como causa lógica en una persona cuerda. El propio criminal se encarga de decir que no estaba colérico contra la víctima sino solamente contra uno de los ojos. Y de hecho durante siete días entra subrepticiamente en la habitación del viejo con una linterna sorda, pero no lo mata porque invariablemente encuentra ese ojo siempre cerrado. Sólo lo hace al octavo día, cuando por fin logra ver el odioso ojo tras la ayuda de un fino rayo de luz de la linterna.
6) "Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones...": ésta es una actitud característica en un alienado.

INDICIOS DE QUE EL CORAZÓN DEL VIEJO SERÁ DECISIVO
1) El narrador nos va avisando que habrá un sonido que será determinante en la solución de la historia. "Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno". Estas frases del primer párrafo pueden tomarse de dos maneras: por un lado, se apunta a que el hombre está muy alterado, probablemente loco. Pero por otra parte, la palabra infierno, además de la referencia al lugar donde irían las almas malas, también significa inferior; es decir se sugiere que algo quedará oculto (en este caso, la víctima y su corazón) bajo tierra o debajo del piso. Esto se compadece con una frase posterior (como a mitad del relato): "...el infernal latir del corazón iba en aumento".
2) También se pone un indicio inverso: "...una linterna sorda". Si bien en principio la palabra sorda se usa para caracterizar a linternas con dispositivos especiales que regulan la emisión de luz, no se puede soslayar que dicha palabra resalta en oposición a sonido.
3) Antes de cometer el crimen escucha (o cree escuchar) un resonar apagado y presuroso, como un reloj envuelto en algodón, que eran los latidos del corazón del viejo. Esta metáfora se repite después, casi al final del relato.
4) El asesino nombra ocho veces la palabra corazón; de las cuales, siete se refieren al corazón del viejo y una sola al propio. Pero lo más interesante es que después del asesinato del viejo, se sigue refiriendo al sonido pero obviando la palabra corazón. Sólo al cerrar el cuento vuelve a nombrar dicha palabra. Éste es un claro indicio de que no se trataba de un sonido real proveniente del corazón muerto (tampoco lo oían los policías) y sólo era pura imaginación del homicida. ¿Acaso complejo de culpa? ¿Un efecto más de su propia locura?
5) También se habla de un eco en relación al pecho del propio asesino, lo que podría ser otra referencia indirecta al corazón que supuestamente habría de latir.

CULMINACIÓN DE LA HISTORIA
Llegados los policías, el asesino empieza a sentir un zumbido en la cabeza, cada vez más intenso. Y relata, ahora como una simple descripción de los hechos, el cumplimientos de los adelantos o indicios que se fueron marcando desde el comienzo del cuento: efectivamente, un resonar apagado y presuroso, un sonido como el de un reloj envuelto en algodón, etc. Estos sonidos, aunque es obvio que sólo estaban en su cabeza, los vive como reales y los supone creciendo continuamente. Al fin sus nervios colapsan y confiesa el delito.

OTROS DETALLES
También hay varias referencias a la muerte o a lo negro, que si bien no parecen necesarias como indicios (ya que el asesino nunca niega su delito), al menos ayudan a crear un clima de terror, otra de las características de la narrativa de Poe.

.

Edgar Allan Poe (Boston, 19/1/1809 - Baltimore, 7/10/1849, Estados Unidos).
Sobre este autor puede leerse más en REVISTA SESAM Nº 85
http://www.sesamweb.com.ar/

.

.
LA MANO IZQUIERDA DE LA OSCURIDAD (de Ursula K. Le Guin) [1]
por Héctor Zabala ©

Esta obra pertenece al ciclo Hainish o Ecumen de la autora, todas novelas independientes entre sí y cuyo único punto de contacto es el universo de ciencia ficción en que están ambientadas. Este universo lo constituye el Ecumen, una asociación de planetas con base central en Hain, que trata de establecer contactos y alianzas con los mundos que todavía están fuera de la unión. No se trata de un imperio militar o político sino más bien de una liga cultural, económica y social para beneficio de todos los humanos repartidos entre los distintos planetas-miembro.
Aquí, se trata de la historia, presentada en algunos capítulos con un introito a manera de título de informe, del enviado Genly Ay a un planeta en particular, Gueden (Invierno). Este enviado debe convencer a una determinada nación de ese mundo, Karhide (país en competencia con el vecino Orgoreyn), para que acepte ser parte del Ecumen.
Se dan muchas vicisitudes, en las que intervienen personas de ambos países que entran en contacto con el enviado. Algunos le creen y están de su parte, otros lo consideran un fraude y hasta no faltan quienes están decididamente en contra. Los motivos para estas diferentes posturas son múltiples y variados, y en todos los casos se deben a cuestiones políticas.
Un detalle importante es la rareza biológica de los habitantes de Gueden que, si bien son humanos, no tienen un sexo definido y permanente sino que sufren una suerte de transformación de corto tiempo hacia lo femenino o masculino en ciclos mensuales. Este detalle y otros como el sifgredor de los nativos (algo así como un acentuado sentido de la autoestima) o las bajísimas temperaturas, hacen difícil la misión, no obstante haber sido al principio recibido y alojado relativamente bien.
Una historia muy bien narrada, especie de alegato contra el racismo, el sexismo, la xenofobia y demás ideologías (incluyendo el imperialismo) que tengan por fundamento las diferencias irracionales entre los humanos y los pueblos. Sin embargo, se trata de un alegato que ni se nota. Un alegato en el que Ursula Le Guin hace un alarde de buena literatura, sin caer jamás en el discurso o diatriba simple y facilista.
Después de leer esta novela, las preguntas surgen por sí solas: ¿es posible un mundo sin guerras?, ¿es posible un mundo de humanos que se vean simplemente como tales, sin connotaciones clasistas, sexistas, religiosas, ni xenófobas?, ¿es posible un mundo sin fronteras, pero también sin la opresión de un imperio que las haya eliminado?, ¿es posible la abnegación absoluta de un ser humano por su semejante? En síntesis, un libro profundo, en el que la ciencia ficción es apenas una herramienta, un pretexto.
Quizá convendría hacer dos críticas. Un capítulo (uno sólo) que se hace un tanto largo y la falta de un mapa, al estilo de la Tierra Media de John Ronald Tolkien en El Señor de los Anillos [2]. En fin, en el primer caso tal vez sea sólo mi impresión y, en el segundo, un ardid de la narradora para darnos la posibilidad de dibujarlo nosotros mismos.

[1] The Left Hand of Darkness, 1969.
[2] The Lord of the Rings, 1965.

.

Ursula Kroeber Le Guin (Berkeley, California, Estados Undios, 21/10/1929), siendo Le Guin su nombre de casada.
Ha incursionado en diversos géneros (poesía, infantil, ensayos) pero en los que más se ha destacado es en el fantástico y en especial en el de ciencia-ficción. Graduada en la Escuela Radcliffe de la Universidad de Harvard y galardonada con varios premios Hugo y Nébula, ha traducido al inglés diversas obras escritas en francés, castellano y chino.
Entre sus obras, se destacan:
Novelas del ciclo Ecumen (ciencia-ficción): El mundo de Rocannon, 1966; Planeta de exilio, 1966; La ciudad de las ilusiones, 1967; La mano izquierda de la oscuridad, 1969 [1] [2]; El nombre del mundo es Bosque, 1972; Los desposeídos: una utopía ambigua, 1974. Historias cortas del ciclo, agrupadas y publicadas como Cuatro caminos hacia el perdón (1995): Traiciones, 1994, El Día del Perdón, 1994; Un hombre del pueblo, 1995; La liberación de una mujer, 1995.
Novelas de la serie Terramar (género fantástico): Un mago de Terramar, 1968; Las tumbas de Atuan, 1971; La costa más lejana, 1972 [3] ; Tehanu, 1990 [2] ; En el otro viento, 2001. Historias cortas del ciclo: Las doce moradas del viento, 2001; Cuentos de Terramar [4].

[1] Premio Hugo.
[2] Premio Nébula.
[3] Premio Nacional Book Award.
[4] Premio Endeavour.

.

UN PEQUEÑO INSECTO CASI OLVIDADO POR LA REAL ACADEMIA
de Héctor Zabala ©

En el Diccionario de la Real Academia Española, figura la palabra mariquita con varias acepciones. La que nos interesa para este artículo es la que se refiere a la primera acepción:
1.f. Insecto coleóptero del suborden de los Trímeros, de cuerpo semiesférico, de unos siete milímetros de largo, con antenas engrosadas hacia la punta, cabeza pequeña, alas membranosas muy desarrolladas y patas muy cortas. Es negruzco por debajo y encarnado brillante por encima, con varios puntos negros en los élitros y en el dorso del metatórax. El insecto adulto y su larva se alimentan de pulgones, por lo cual son útiles al agricultor. [1]

EN ESTA DEFINICIÓN DEL DICCIONARIO HAY DOS INEXACTITUDES.

1º) En principio, ya casi ningún biólogo utiliza la palabra Trímeros para referirse a este suborden de coleópteros. Hoy por hoy, el suborden en el que se clasifica a la mariquita es el de Polyphaga y dentro de éste en la familia Coccinellidae. La nomenclatura de Coccinellidae parece no haber variado nunca, por lo que quizá sería conveniente citar la familia en lugar del suborden.
2º) Este insecto tampoco es siempre encarnado (rojo). Hay algunas variantes (porque se trata de toda una familia zoológica -Coccinellidae- con unas 5.000 especies clasificadas) que presentan otros colores de fondo en sus élitros o alas duras: amarillos o anaranjados con puntos negros, hasta negros con puntos rojos o anaranjados, verdes y negros, etc. [2]
En todo caso, el párrafo debería decir: ...negruzco por debajo y generalmente encarnado brillante por encima...
Y por si a alguien le quedan dudas de si hay especies con élitros no rojos, vayan como pruebas estas fotos bien significativas:

Incluso la mariquita de dos puntos (Adalia bipunctata) que, en principio sería roja como define el Diccionario de la RAE, también tiene variantes melánicas como muestra la figura de abajo a la derecha y no se trata de las únicas variaciones que puede presentar.

POSIBLE ORIGEN DEL NOMBRE.
Hay quienes piensan que el nombre de mariquita tenga relación con la Virgen y que hace siglos se haya querido significar algo así como bichito de María. Y es posible que estén acertados. Esta hipótesis explicaría de paso los sinónimos de bichito o bicho de San José que le damos en la Argentina, ya que al haber sido José el marido de la Virgen, sería coherente que el pueblo lo relacionara también con ese santo. Por otra parte, lo anterior estaría de acuerdo con el nombre que le dan en Inglaterra, ladybug, que bien podría traducirse como "bicho de la Señora", en obvia referencia a la Virgen.

OMISIONES DE SINÓNIMOS REGIONALES EN EL DICCIONARIO DE LA RAE.
A este insecto también se lo conoce por otros nombres en diversos países de habla hispana. El mismo Diccionario de la RAE recoge los siguientes para esta familia de coleópteros: cochinilla de San Antón, cochinito de San Antón y vaca de San Antón [3], que obviamente son de uso común en España.
Pero, en cambio, el Diccionario no ha registrado los siguientes nombres de la mariquita: en Argentina se la llama vaquita de San Antonio y bichito de San José o bicho de San José; en Chile, chinita; en México, catarina; en Uruguay, sanantonio; en las Islas Canarias, sarantontón; en Galicia, marusiña; etc.
No estaría mal que la RAE los incorpore al Diccionario, con las aclaraciones nacionales o regionales en cada caso.

[1] El otro insecto, también llamado mariquita en España, no es un coleóptero y corresponde a la segunda acepción del Diccionario de la RAE (2. f. Insecto hemíptero, sin alas membranosas, etc.). Al no ser coleópteros carecen de élitros, alas duras. En la Argentina se los conoce como chinches de jardín. En general son mucho más grandes y con tendencia a la forma pentagonal o hexagonal.
[2] El Diccionario Enciclopédico Abreviado (Madrid, Espasa-Calpe) ya decía en 1957 que la mariquita "...en la especie más común del género Coccinella tiene los élitros rojos...", dando a entender que había otros géneros o especies de mariquitas que no eran de ese color. La Enciclopedia de Ciencias Naturales (Barcelona, Editorial Bruguera, 1979) también habla de varios colores para sus élitros, según la especie, y también hace lo mismo la Wikipedia (ver Coccinellidae).
[3] Estas referencias en algunas regiones de España a San Antón para la simpática vaquita de San Antonio y los símbolos de la tao o cruz de San Antón (figura equivalente a una T, o mejor dicho a la tau griega mayúscula) en la "chinche" descripta en la acepción 2 del Diccionario de la RAE, quizá haya contribuido a que ambos insectos terminaran llamándose de igual forma por el pueblo, aunque no estén biológicamente emparentados ni puedan ser confundidos por su forma.

.

¿A ALGUIEN LE IMPORTA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN?
de Héctor Zabala ©

Y AL PRINCIPIO FUE EL VERBO...
Los seres humanos aprendemos a hablar poco después de dejar el chupete. Comenzamos balbuceando cosas irreconocibles, salvo para nuestros padres, quienes, babero mediante y gran alegría -la más de las veces no justificada por los progresos concretos del vástago- hacen de traductores a sufridas parentelas y amistades.
Y más allá de que esta forma incomprensible de comunicación siga siendo patrimonio de unos pocos en la edad adulta, sobre todo de aquellos cuyas profesiones parecen haber sido inventadas para no comprenderse, digamos que para la pérdida definitiva de los pañales casi todo humano se hace entender mal o bien por los demás.
Esta facilidad del hombre para disponer de un lenguaje (no hay pueblo que no lo tenga) debería ser la razón ingénita para sostener también el derecho de decir (palabra más, palabra menos) lo que nos dé la gana sin que nadie se oponga. Es decir, así como aprendemos a comer y a caminar, y no se nos coarta demasiado tales libertades salvo por la seguridad o la salud del alimentado o caminante, también debería ser así en lo que a expresarnos se refiere. En síntesis, la libre expresión debería ser un derecho natural.
Sin embargo, apenas andamos practicando con la boca los primeros vocablos que nos llegan al oído, comienzan las limitaciones. "¡No, nene, que eso no se dice!" "¡Niño, que aquello se dice pero no de esa manera!" Y lo aceptamos por la conocida promesa de que en el futuro redundará en nuestro beneficio.
Entonces, además de indicarnos que no se pronuncia vridio sino vidrio y que tampoco debe decirse murciégalo sino murciélago (aunque ahora a la Real Academia parece que le da igual), nuestros padres, abuelos y tíos (no importa el sexo) nos previenen de las "malas palabras". Por supuesto, por razones obvias nunca nos darán una lista de las palabras que uno debe resignar, pero la frente fruncida de los más altos ante la primera que no esté en el diccionario familiar y se salga de la raya -es decir, de nuestra boca- valdrá por mil censuras y por, digamos, otras mil palabras.
Tampoco los parientes nos dirán demasiado de las buenas palabras. Es más, ni siquiera se usa tal expresión ya que la cosa viene a resultar por definición inversa: toda palabra permitida (es decir, buena) viene a ser toda aquella que no es mala. Y más allá de que un agudo observador como Fontanarrosa se haya preguntado sobre el porqué de esa clasificación tan arbitraria y si las malas le pegaban a las otras [1], lo cierto es que uno deja de decir las malas o, si las dice, al menos lo hará con un sentimiento de culpa y a sabiendas de que no deben decirse, y ni hablar frente a la nona o bisabuela.

PERO DESPUÉS FUERON LAS IDEAS...
Terminado este cedazo previo en la niñez, ya estamos en condiciones de hacernos entender por el mundo, o al menos eso creemos. Y aquí, si bien la cosa no es igual para todo mortal, porque unos aprendemos más palabras y otros menos, el asunto es que todos, en principio, tenemos el derecho de usar las palabras aprendidas en estos primeros añitos sin más limitaciones.
Pero aquí es donde descubrimos que no es tan así. Y no es tan así porque a posteriori la frontera de las limitaciones se extiende a lo conveniente y lo no conveniente, siguiendo quizá el consejo de San Pablo, "todo me es permitido pero no todo me es acepto". [2]
¿Y qué es lo conveniente en cuanto a exponer ideas? Bueno, esto depende del mandamás de turno y entiéndese por mandamás a todo aquel que tenga cierto poder sobre la materia del habla y la escritura.
Y aquí empieza a tallar la pregunta del título porque apenas nos metemos en este terreno veremos que los intereses son muy distintos, dependiendo de la institución, del momento y de las personas de que se trate.

LOS ACTORES
Porque acá aparecen los periodistas, siempre quejosos de la falta de libertad de expresión en esto o aquello, salvo cuando tal libertad se usa contra ellos mismos en casos de calumnia o injuria evidente; los gobiernos, siempre recelosos de dar más libertad de la cuenta o por ahí de coartar todo lo que puedan; la iglesia, que nunca fue demasiada adicta a que la gente se expresara demasiado; las diversas organizaciones empresariales y sindicales que hacen lo suyo hacia un lado o hacia el otro y de acuerdo a los vientos interesados y, después, allá bien al fondo, la gente común. Este tira y afloja lleva a situaciones trágicas y hasta cómicas, según el tiempo y el lugar.

EL ESTADO
Hoy en el mundo occidental hay una relativa libertad de expresión y de prensa; libertad que no había en tiempos de la Inquisición (no importa cual de ellas) o cuando las monarquías se entusiasmaron demasiado con aquello de su derecho divino a gobernar y en especial con su derecho de hacerles creer ese sacro derecho a los demás mortales.
Sin embargo, esta libertad aumenta en tiempos de paz pero parece diluirse con los primeros sones del clarín, y muchas veces aunque el clarín quede bien lejos. No faltará quien me diga, Héctor, la Historia nos demuestra que la paz es apenas un tímido interludio entre dos guerras. Está bien. Pero por lo menos hoy por hoy en casi todo occidente gozamos de una cierta libertad de palabra que no supusieron ni en sueños nuestros bisabuelos y ni hablar de nuestros choznos.
En la España de fines del siglo XVIII y ante la inminencia (y evidencia) de que su imperio se venía cayendo a pedazos, Carlos III un buen día se decidió a dar libertad de opinión a todo economista de su país para que hablara y publicara lo que le viniera en gana. Eso sí, sin salirse de las materias económicas. Vamos, hombre, no vaya a ser que critiquen a la Santa Iglesia, a mi política o a mi real majestad, parecería decirnos desde aquel siglo XVIII este ilustrado monarca. Sin embargo, pese a esta suerte de semicensura, este rey iluminado no pudo evitar que se deslizaran algunas tímidas críticas, como cuando algún desaforado decía que un tercio de la población española por aquellos años o poco antes no eran más que curas y frailes célibes o gente que dependía de ellos, o bien que gran parte del problema era la excesiva piedad popular, incentivada por la religión, que hacía que llegaran a España mendigos de toda Europa. Críticas así, sea que se hicieran con violín o sin violín, eran inevitables porque la economía, la política, la sociedad y la religión interactúan, dado que jamás fueron compartimentos estancos.
Con respecto al Estado, en el siglo XX hemos tenido que soportar casos como los del comunismo ruso con su falta absoluta de libertad de expresión, salvo para el diario oficial Pravda, cuyo paradójico nombre (Verdad) ya era todo un anuncio. Es decir, al mejor estilo de las viejas inquisiciones, y más allá de que alegaran distinto signo en otras materias, especialmente en las teológicas, los líderes bolcheviques no hacían otra cosa que imitar a Torquemada [3]: la verdad es una sola, la nuestra.
No sé si el pueblo ruso sintió demasiado la censura, pues los zares tampoco habían sido un modelo de liberalidad en este sentido. Más si recordamos que León Tolstoi, por ejemplo, debió publicar -tras prohibición expresa- una que otra obra en la lejana Londres, en vez de intentarlo cerca de su casa. Es cierto que después no vinieron a buscarlo a la madrugada, como hubiera sido de rutina en tiempos de Stalin, pero la anécdota fuerza a reconocer que la censura política en todas las Rusias ya estaba instalada desde mucho antes del comunismo, que paradójicamente decía haber llegado para acabar con el despotismo anterior.
En otros casos, gobiernos como los de la Alemania nazi o la Italia fascista o la España falangista anduvieron por ahí y en ocasiones hasta los superaron. Incluso gobiernos dictatoriales en América Latina (¡y hubo tantos!) no le fueron muy en zaga a ninguno de esos modelos, y en un todo de acuerdo con la bajada de línea que venía del "democrático" norte que, como resulta obvio miraba para otro lado.
Sin embargo, los casos más curiosos de falta de libertad de expresión surgieron en los países donde paradójicamente se alardeaba de tener la mayor libertad de prensa del mundo. Me refiero especialmente a Inglaterra y a los Estados Unidos.
En Inglaterra se ejerció censura alguna vez sobre obras de Oscar Wilde (fines del siglo XIX), sobre el libro Rebelión en la Granja de George Orwell (mediados del siglo XX) y contra otras de varios literatos más. En general, la cosa parece acotada pero que ocurrió, ocurrió.
En Estados Unidos nadie puede ignorar lo que fue el maccarthismo, política de estado que desató por los años '50 del siglo XX una verdadera caza de brujas. Aquí no sólo fueron prohibidas determinadas obras literarias y artísticas sino que corrieron listas negras para ciertos individuos "indeseables" al stablishmen. En tales listas, cayeron decenas de periodistas, literatos, guionistas, directores de cine y teatro, actores y demás yerbas. Alguien alegará, en particular aquellos que se creen en serio que los Estados Unidos son el arsenal de las democracias, que el senador McCarthy no mataba a nadie, como había ocurrido bajo nazis, fascistas, franquistas o comunistas, pero, bueno, no te mataban pero te dejaban sin trabajo. Ergo, te mataban de hambre, con lo que el resultado viene a ser el mismo, salvo que encima más lento.
A tal punto fue de duro el maccarthismo que aun hoy se puede reconocer cierto resabio en algunas películas "blancas hechas para familias" del cine norteamericano. Películas de una pacatería pastosa a la que se suma cierta falta de credibilidad. Películas que "deben terminar bien", esto es: los buenos premiados y los malos castigados o muertos. Muertes que incluso pueden extenderse como premio misericordioso a algún arrepentido, molesto pero necesario al guión, y a fin de dejar bien en claro cómo tienen que ser las cosas. Todo esto no deja de ser intencional. Un verdadero mensaje para cierta gente de clase media que después sale del cine afirmando con la cabeza y muy oronda del brazo de su respetable matrona. Y es lamentable que por inocencia o sutil lavado de cerebro, esta gente olvide que la vida frecuentemente está muy lejos de ser así, al menos desde épocas sumerias hasta nuestros días, y que toda buena obra de ficción debería contener un viso de verdad.

LA IGLESIA
Hoy la Iglesia habla a favor de la libertad de expresión y de prensa pero no fue así hasta hace pocos siglos. Más allá de las persecuciones en que estuvo involucrado todo hereje, sea que así lo declarasen formalmente o no, la cuestión tenía su origen en la prohibición de la libertad de pensamiento que los papas y las jerarquías católicas sostenían como regla básica hacia la gente en general. Lo terrible fue que esto no se limitó al ámbito estrictamente religioso sino que al considerarse la fe católica (y más allá de que ésta a veces fuera cambiando) como la única verdad proveniente del Cielo, esta idea de totalidad abarcaba el universo de las ideas, tanto religiosas como de las otras.
De ahí que no quedaron ajenos al castigo divino (a través del brazo secular) quienes pensaran distinto en cuestiones filosóficas y científicas. De hecho, hombres como Giordano Bruno o Galileo Galilei fueron objeto de condena formal por sus teorías científicas; en el primer caso, de muerte en la hoguera (fines del siglo XVI), y en el segundo, de prisión (siglo XVII).
Por aquel entonces y hasta bien avanzado el siglo XIX el imprimátur era la norma que regía la censura previa de prensa. Todo libro literario, filosófico, científico, etc. debía ser aprobado por alguna autoridad eclesiástica antes de poder ser editado. Hoy nos parece absurdo que El buscón, de Quevedo, haya tenido que pasar por esa censura, pero en aquel entonces era la regla.
Mucha gente se asombra cuando lee que el imprimátur llegó a mantenerse en el siglo XX hasta la muerte de Francisco Franco, aunque por entonces se tratara de un anacronismo. Actualmente, el imprimátur subsiste en algunos países para casos de ediciones relacionadas con la fe pero dentro del propio catolicismo o para versiones bíblicas de ese origen.
Sin embargo, pese a este férreo control, algunas obras igual evadían la censura, sea porque se hacían clandestinamente, sea porque se imprimían en países no sujetos a la Iglesia. Fue entonces que se hizo necesario el Índex, es decir la lista de libros que la Iglesia prohibía, sin importar el motivo en cuestión. En su momento era obligatoria para todo el mundo, católico o no católico, hoy sólo lo es moralmente para los bautizados en esa fe.

EL PERIODISMO
Hoy las organizaciones que nuclean al periodismo en occidente son las más firmes defensoras de la libertad de expresión o al menos las más susceptibles. En general, tienen cierto éxito porque la política dominante de los Estados Unidos es la de intentar extender la democracia a todas partes (incluso a aquellos pueblos y gentes que no la desean) y la libertad de expresarse es uno de los pilares de la democracia. Pero, además, porque el periodismo tiene el monopolio de micrófonos y rotativas.
De todas formas esto no evita que surjan ciertas paradojas divertidas. Y una de ellas es que la libertad de expresión bien entendida es para el dueño del medio periodístico y no para el periodista individual, que si no está de acuerdo tendrá que buscarse otro trabajo. Claro que esto no impide que miles de periodistas sigan repitiendo orgullosos "a mí nunca me presionaron desde la gerencia", aun cuando sepan de antemano que nadie les creerá.
Este privilegio, incluso, ya se ha trasladado a Internet, medio que parece ser la pesadilla de los demás medios porque amenaza con volverse popular y espontáneo, y por ende de difícil de control. Aunque siempre hay una manera. Por ejemplo, en la Argentina hay cadenas periodísticas que se dicen paladines de la libertad de expresión, pero que cuando usted opina en Internet sobre una noticia que ellas mismas invitan a comentar en la red, si su nota no está de acuerdo con la línea editorial muy pronto desaparece. Sí, no sea que la gente comience a pensar con su propia cabecita... Después, esa misma noticia o línea editorial tendrá una "aceptación" estadística de un 70 u 80% de los lectores de Internet. Y a esto se le llama formar opinión sobre la materia de marras.
Pero hay otros casos que serían divertidos si no fueran patéticos, como que el celoso periodismo occidental se ocupe diariamente de dos gobiernos caribeños y de sus restricciones frecuentes (o permanentes) a la libertad de expresión (cosa sin duda cierta), pero que casi nunca hable de la falta absoluta de esa misma libertad en China Popular. Con lo cual, los extraterrestres (si es que existen) recién aterrizados podrían inferir como muy grave que unos 40 millones de seres humanos carezcan del derecho de opinión pero que, en cambio, no lo sea tanto para otros 1.300 millones del otro lado del mundo. Evidentemente, en esto de colar el mosquito pero tragarse el camello (y un camello bien grande) el periodismo de occidente es genial. Colada de mosquito a la que no serían ajenos los anunciantes, por aquello de: no sea cosa que ustedes, los periodistas, hablen mal de los chinos y después ellos no nos compren a nosotros, los empresarios.

LAS CONSECUENCIAS DE LA HIPOCRESÍA DE PRENSA
Creo que todos sabemos, aunque pocos se atrevan a decirlo, que muchos aplauden y apoyan la libertad de expresión sólo cuando se trata de la opinión propia. El dicho "No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo" [4] es casi siempre sólo eso: un dicho.
Y el resultado es nefasto: gente de derecha que se regodea cuando se habla mal de un tirano de izquierda pero acepta sin chistar al tirano de derecha, ¡que, por supuesto, también coarta la libertad de expresión! Y lo análogo ocurre con la gente de izquierda que acepta o apoya al dictador de su tendencia pero critica al de la opuesta.
¿Pero acaso las tiranías y dictaduras son buenas o malas de acuerdo al signo? ¿No son tiranía y dictaduras tanto unas como otras?
¿Acaso los imperialismos son buenos o malos de acuerdo a quien impere?
¿O acaso matar a miles de personas es bueno o malo según la clase de verdugo? Pero, ¿acaso un genocidio no es un hecho degenerado en sí?
La falta de libertad de expresión genuina, obviamente tiende a generar o favorecer estas barbaridades en los gobiernos tiránicos.
Y cuidado, porque los delincuentes comunes, de los que tanto se habla en las páginas policiales, si bien matan a mucha gente y deben ser reprimirlos con la ley, al menos no se proponen a priori cometer genocidios. Las dictaduras y los imperialismos, en cambio, sí son capaces de planear genocidios y llevarlos a cabo, tal como hemos visto en la historia repetidas veces.
Creer que hay dictaduras o imperialismos buenos suena muy parecido al famoso principio el fin justifica los medios, atribuido a Maquiavelo. Y justificar asesinatos masivos de dictaduras e imperialismos es similar al principio inquisitorial: "matemos el cuerpo para purificar el alma". Y ya sabemos en qué terminaron todas las inquisiciones que se levantaron en tiempos medievales y modernos.

[1] Expresado por el humorista gráfico y escritor Roberto Fontanarrosa (Rosario, 26/11/1944 - 19/7/2007) en su charla titulada "Sobre las malas palabras" en el III Congreso de la Lengua Española (Rosario, Argentina, 20/11/2004).
[2] Carta a los corintios, capítulo 6, versículos 9-12.
[3] La frase no es de Tomás de Torquemada (Valladolid, 1420 - Ávila, 16/9/1498), Inquisidor General de Castilla y Aragón, y responsable de la quema de numerosa bibliografía no católica, aunque merecería ser de su autoría. Conviene recordar que en no pocas ocasiones, este inquisidor olvidaba separar a las personas de los libros, antes de echar a estos últimos a la hoguera.
[4] Frase atribuida con frecuencia a Voltaire, François Marie Arouet (París, 21/11/1694 - 30/5/1778), importante filósofo y escritor liberal de la Ilustración, aunque no hay constancia en sus escritos de que la haya usado jamás.

.
.

REALIDADES Y FICCIONES ©

Héctor Zabala

Ciudad de Buenos Aires, Argentina
hector_zabala_literatura@yahoo.com.ar
zab_he@hotmail.com

01 de Realidades y Ficciones

REALIDADES Y FICCIONES Nº 1
(Literatura y algo más...)
Agosto de 2010

Sumario:

Literatura
• La obra de arte, de Antón Chéjov. Cuento y análisis.
• De cómo se salvó Wang Fô, de Marguerite Yourcenar. Cuento y análisis.
• El paisajista, de autor anónimo, China. Cuento.
• El Diccionario del Diablo, de Ambrose de Bierce. Pequeña reseña.

Y algo más...
• Solípedos poco sólidos.
• La TV y la cultura argentina.


LA OBRA DE ARTE
de Antón Chéjov

Sacha Smirnov, hijo único de madre, entró con mustio semblante en el consultorio del doctor Kochelkov. Debajo del brazo llevaba un paquete envuelto en el número 223 de Las Noticias de la Bolsa.
-Hola, amiguito -lo saludó el médico-. ¿Cómo nos encontramos hoy? ¿Qué se cuenta de bueno?
Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al pecho, dijo con voz temblorosa:
-Iván Nikolaevich, mi madre me rogó que lo saludara en su nombre y le diera las gracias... Soy el único hijo de mi madre, y usted me salvó la vida... Usted me ha curado de una grave enfermedad y no sabemos cómo agradecérselo...
-Está bien, está bien, amiguito -lo interrumpió el doctor lleno de satisfacción-. Sólo hice lo que cualquier otro hubiera hecho en mi lugar.
-Soy el único hijo de mi madre... Somos gente humilde y no podemos pagarle su trabajo... Por eso mismo estamos muy avergonzados... Sin embargo, mamá y yo, el único hijo de mi madre... le rogamos encarecidamente se digne aceptar, en señal de agradecimiento, esto que... es un objeto muy valioso, de bronce antiguo..., una obra de arte.
-¿Para qué se han molestado? No hacía falta -interrumpió el doctor frunciendo el ceño.
-No, no puede usted negarnos este favor -prosiguió murmurando Sacha, mientras desataba el paquete-. No lo rechace. Si lo hace, nos ofenderá a mi madre y a mí. Es una cosa magnífica, de bronce antiguo... Pertenecía a mi difunto padre y la guardábamos como recuerdo, casi como una reliquia... Mi padre se dedicaba a comprar bronces antiguos para revenderlos a los coleccionistas. Ahora mi madre y yo seguimos haciendo lo mismo.
Sacha acabó de desenvolver el objeto y lo colocó triunfalmente sobre la mesa. Era un candelabro de bronce antiguo, no muy grande pero de admirable labor artística. Se trataba de un grupo de dos mujercitas completamente desnudas y en unas posturas que no puedo describir, tanto por falta de valor como del necesario temperamento. Las figuritas sonreían con coquetería y parecía que, de no mediar la obligación de sostener las palmatorias, habrían saltado de buena gana del pedestal y armado una juerga tan escandalosa que avergonzaría al lector más desfachatado.
El doctor echó una mirada al regalo y, rascándose la oreja, emitió un sonido inarticulado tras un gesto preocupado e inseguro:
-Sí, en verdad, es una obra de arte... Pero... es demasiado... Eso no es precisamente un escote... Bueno, Dios sabe lo que es. Digamos que su expresión es... demasiado franca.
-¿Pero por qué lo considera usted de ese modo?
-Porque ni el mismo diablo en persona hubiera podido inventar nada más indecente... Amiguito, colocar esto encima de una mesa sería como manchar toda la casa.
-Qué manera tan rara tiene usted de considerar el arte, doctor -exclamó Sacha, ofendido-. Pero mírelo usted bien. Es una verdadera obra de arte. Hay aquí tanta gracia y hermosura que el alma se eleva a las regiones inmortales y uno olvida todo lo terrenal. Hace acudir lágrimas a los ojos. ¡Fíjese cuanta vida, qué ligereza, cuánta expresión!
-Todo eso lo comprendo muy bien, querido -lo interrumpió el doctor-. Pero, amiguito mío, soy padre de familia, aquí vienen mis hijitos, entran señoras...
-Claro, para el vulgo -dijo Sacha- esta obra de arte acaso tenga otro significado... Pero usted, doctor, está muy por encima del vulgo. Además, rehusándonos este presente, nos ofenderá a mi mamá y a mí... Soy el único hijo de mi madre, usted me salvó la vida... Le entregamos la cosa más preciosa que tenemos. Lo único que siento es no tener la pareja de este candelabro.
-Ay, amigo mío. Se lo agradezco mucho. Mis expresiones de cariño a su mamá, pero en serio, póngase en mi lugar: mis chicos juegan aquí, vienen señoras... Pero, en fin... qué se le va a hacer. ¡Déjelo! De todos modos, no lograría hacerle comprender mi situación.
-No hay más que hablar -exclamó Sacha muy alegre-. Ponga el candelabro aquí, al lado de este jarrón. Lástima que no tenga la pareja. Sí, es una verdadera pena. Bueno... adiós, doctor.
Al irse Sacha, el doctor estuvo un buen rato rascándose la nuca con aire pensativo.
"No hay duda de que se trata de una obra de arte -decía para sí-, y sería una pena tirarlo. Pero tampoco puedo tenerla en casa... ¡Vaya problema! ¿A quién podría regalársela?"
Después de mucho cavilar, se acordó de un buen amigo, el abogado Ujov, con quien se sentía en deuda por una causa que le había hecho ganar.
"¡Perfecto! -decidió el doctor-. Como amigo, no querrá aceptarme dinero pero igual tendré que hacerle un regalo. Voy a llevarle ahora mismo este condenado candelabro. Además, él es soltero y algo calavera."
Y, sin esperar más, se vistió enseguida, envolvió el candelabro y se fue a la casa de Ujov.
-¡Hola, amigo! -exclamó al entrar-. Me alegro de haberte encontrado en casa. Vine a darte las gracias por el trabajo que te tomaste conmigo... Y ya que no quieres aceptar mi dinero, no podrás impedir que te regale este objeto. Fíjate... ¿no es admirable?
Al ver el candelabro, Ujov se quedó encantado.
-Vaya, vaya, una joya -dijo riendo-. Ni el mismo demonio sería capaz de inventar algo mejor. ¡Soberbio! ¡Magnífico! ¿Dónde la encontraste?
Sin embargo, después de entusiasmarse tanto, Ujov echó una mirada temerosa a la puerta y dijo:
-La verdad, es increíble, pero llévatela... No puedo aceptarla.
-¿Por qué? -dijo asustado el doctor.
-Porque mi madre suele venir a casa... y también los clientes... Y, además, delante de la criada -te confieso- me daría vergüenza.
-¡Qué! No te atreverás a hacerme este desaire, eh, -exclamó el doctor, gesticulando-. Sería muy feo de tu parte. Además, es una obra de arte... Fíjate qué movimiento... fíjate cuánta expresión. No, no. Ni lo quiero oír, me ofenderías.
-Si al menos llevasen unas hojitas...
Pero el doctor ya no lo escuchaba. Movió la mano en señal de despedida y contento se marchó. Volvió a casa encantado de haberse librado de semejante carga.

Ya solo, el abogado se quedó contemplando el candelabro. Le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, y, al igual que su dueño anterior, estuvo cavilando largo rato sobre qué haría con el regalo.
"Es una obra de arte magnífica -pensaba-, sería una lástima tirarla. Pero tampoco puedo tenerla aquí. Lo mejor será regalarla a alguien... ¿Y si se la llevara esta noche al cómico Schaschkin. A ese sinvergüenza le gustan los objetos de esta clase y, además, hoy tiene un festival benéfico."
Aquella misma tarde y envuelto en un papel, el candelabro fue enviado al cómico Schaschkin.

El camarín del artista estuvo lleno toda la tarde. A cada instante entraban hombres y más hombres a contemplar el regalo. Desde afuera sólo se oía una mezcla de chillidos y de risas parecidas a relinchos. Cuando alguna de sus compañeras artistas se acercaba a la puerta y preguntaba si podía entrar, inmediatamente se oía la voz ronca del cómico que contestaba:
-No chica, no. Me estoy vistiendo.
Después de la función, el cómico decía muy preocupado, encogiéndose de hombros y frotándose nervioso las manos:
-¿Y qué haré con esta porquería? Vivo solo, sí, pero igual a casa no puedo llevarlo... Allí recibo artistas. Si fuera una fotografía, podría esconderla en el cajón de la mesa, pero esto...
-¡Véndala, señor! -le aconsejó el peluquero, mientras lo ayudaba a vestirse-. Aquí cerca vive una vieja que compra antigüedades... Vaya, pregunte usted por la Smirnova. Todo el mundo la conoce.
Y el cómico siguió el consejo.

Dos días después, el doctor Kochelkov estaba sentado en su consultorio con la cabeza entre las manos, pensando en los ácidos biliares, cuando de repente se abrió la puerta y entró Sacha Smirnov. Toda su figura resplandecía de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en papel de periódico.
-Doctor -dijo jadeante-. ¡Imagínese usted qué alegría! Hemos encontrado la pareja de su candelabro... Mi madre está tan contenta..., soy el único hijo de mi madre, y usted me salvó la vida.
Y Sacha, temblando de emoción, colocó delante del doctor el candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no pudo: su lengua estaba paralizada.

.

Antón Pávlovich Chéjov (Taganrog, Rusia, 29/1/1860 - Badweiler, Alemania, 15/7/1904).
Su biografía puede leerse en REVISTA SESAM Nº 75
http://www.sesamweb.com.ar/

.

ANÁLISIS DE "LA OBRA DE ARTE" (A. CHÉJOV)
de Héctor Zabala ©

La obra de arte es un cuento en el que Chéjov demuestra el porqué de su fama de gran narrador. La estructura es simple pero no por eso menos interesante. En principio, están muy bien delineados el ambiente social y la psicología de los personajes. Chéjov parte de estos elementos esenciales:
1º) Una madre pobre y su único hijo -profundamente agradecidos al médico que salvó la vida del muchacho- tienen un objeto valiosísimo para ofrecerle: un candelabro de bronce que incluye las figuras de dos mujeres desnudas en actitud provocadora.
2º) Una sociedad pacata de fines del siglo XIX que veía la desnudez (incluso en las estatuas) como un pecado. Las rígidas ideas victorianas ya se habían extendido a toda Europa, y Rusia no sería la excepción.
3º) El candelabro es tan bello y valioso que a ninguno se le ocurre tirarlo a la basura por el pesar que significaría destruir una obra artística de tal magnitud. Pero, a su vez, tenerlo en casa implicaría un escándalo para cualquiera, dadas sus connotaciones impúdicas.
Chéjov aprovecha estos tres elementos básicos para armar una historia que estructura como una rueda; historia en la que va incorporando personajes que tratan de deshacerse del molesto objeto mediante esfuerzos continuos por pasárselo a otro. Y hasta apelando al chantaje emocional, del tipo: me ofendo, ni quiero oír que lo rechaces, lo tenía guardado como una reliquia, era de mi padre, etc.
Pero lo más interesante es cómo el narrador se las arregla para crear un problema sin solución posible, a la manera de antecedente de un caso kafkiano. El cuento está en la línea de Chéjov: personas frustradas que nunca verán satisfechos sus deseos a pleno, que nunca podrán cumplir sus sueños.
Y lo paradójico es que el objeto, como nadie lo quiere para sí, igual seguiría predestinado a volver a la misma persona, dado que se deja entrever que si el médico Iván Nikolaevich Kochelkov intentara desprenderse de nuevo del candelabro, probablemente la rueda volvería a girar una y otra vez.
Quizá el mensaje de la obra sea una ironía o paradoja para la sociedad de su época: por más buena voluntad y decencia que pongamos, hay problemas que no tienen solución. Es decir que, en tales casos, la sociedad no tiene otro destino que el de caer en círculos viciosos.
Habrá críticos que cuestionen lo predecible del final, pero de todos modos esto no le quita belleza ni validez a la obra.

.

DE CÓMO SE SALVÓ WANG-FÔ [1]
de Marguerite Yourcenar

El anciano pintor Wang-Fô y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente, pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.
Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era cambista de oro; su madre era la única hija de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las inseguridades. Aquella existencia, cuidadosamente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas.
Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artista taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.
Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente un refugio. Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía por aquellos bichitos se desvaneció. Entonces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.
Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, puesto que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.
Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.
Su reputación los precedía por los pueblos, en el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores querían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opiniones que le permitían estudiar a su alrededor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.
Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecitos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.
Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasillos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en duda que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.
Entraron los soldados provistos de faroles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.
Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupados, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.
Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanos, y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pronunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.
Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecitos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Celeste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.
El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.
-Dragón Celeste -dijo Wang-Fô, prosternándose-, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no tengo más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.
-¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? -dijo el Emperador.
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan los estibadores.
-¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? -prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba-. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la estancia más escondida del palacio, pues sustentaba la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede menos que convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispuesto que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?
Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:
-Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.
Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se llevaron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.
El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.
-Óyeme, viejo Wang-Fô -dijo el Emperador-, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admirable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pasaba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pintura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan próximas a caer, temblarán sobre la seda y el infinito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos humanos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus esperanzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una consecuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hombre que va a morir.
A una seña del dedo meñique del Emperador, dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había contemplado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos desnudos, ni tampoco se había empapado lo suficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su discípulo Ling.
Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singularmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.
La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó suavemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que hubiera podido oírse caer las lágrimas.
Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su viejo traje de costumbre, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella mañana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.
Wang-Fô le dijo dulcemente, mientras continuaba pintando:
-Te creía muerto.
-Estando vos vivo -dijo respetuosamente Ling-, ¿cómo podría yo morir?
Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador flotaba como un loto.
-Mira, discípulo mío -dijo melancólicamente Wang-Fô-. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?
-No temas, Maestro- murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Emperador conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están hechas para perderse por el interior de una pintura.
Y añadió:
-La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.
-Partamos -dijo el viejo pintor.
Wang-Fô tomó el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de los mismos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresiones del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.
El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un delgado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.
La pulsación de los remos fue debilitándose y luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a mar abierto; cayó sobre ella la sombra del acantilado; se borró el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.

[1] En francés: Wang-Fô fut sauvé. Pertenece a la colección Cuentos orientales (Nouvelles orientales) de 1938.

.

Marguerite Yourcenar es el seudónimo de Marguerite Cleenewerck de Crayencour (Bruselas, Bélgica, 8/6/1903 - Mount Desert Island, Estados Unidos, 17/12/1987). La palabra Yourcenar es un anagrama de Crayencour.
Vivió en Francia hasta 1939 y fue novelista, poeta, ensayista, dramaturga y traductora. Sabía latín y griego clásico desde muy chica.
Entre sus principales obras se cuentan: El jardín de las quimeras (poemas, 1921), Alexis o el tratado del inútil combate (novela, 1929), La nueva Eurídice (novela, 1931), El denario del sueño (novela, 1934), El tiro de gracia (novela, 1939), Memorias de Adriano (novela, 1951), A beneficio de inventario (ensayos y apuntes, 1963), Opus nigrum (novela, 1968), Mishima o la visión del vacío (ensayo, 1981) y Cuentos orientales (1983). También tradujo al francés obras de Virginia Woolf y de Henry James, entre otros.
En 1970 la eligieron miembro de la Academia Belga y, en 1984, de la Academia Francesa (primera mujer en obtener esa distinción). En 1986 se le otorgó la Legión de Honor de Francia.

.

ANÁLISIS DE "DE CÓMO SE SALVÓ WANG-FÔ" (M. Yourcenar)
de Héctor Zabala ©

Marguerite Yourcenar logra un clima estupendo en esta obra. Desde su inicio, y aunque no se habla de embarcaciones ni de nada parecido, la suave y delicada cadencia del relato nos da la sensación de estar navegando. Entiendo que esa fue en principio la finalidad de esta gran narradora: escribir con miras a darnos un indicio inconsciente del desenlace de su cuento.
La historia muestra a dos idealistas, maestro y discípulo, quienes -a través de la pintura- ven la belleza de las cosas de manera superlativa, como ningún mortal puede hacerlo. Recorren China y soportan todo tipo de privaciones. El maestro Wang-Fô busca trasladar esa belleza a sus telas; el discípulo Ling, hombre rico pero vuelto pobre por admiración a su maestro, lo sigue como simple ayudante cuando muere su joven esposa, luego de una corta estadía del pintor en su casa.
La narradora utiliza en abundancia las ironías para darle gracia y a la vez patetismo a su historia:
1) Algunas son de corte paradójico, como: "[El padre de Ling] le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir", o bien "Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que [...] a un talismán que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas".
2) Y otras son realmente descarnadas, crueles, como: "...los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse". O bien, "Wang-Fô la pintó [a la esposa de Ling] por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas".

Y sin dejar de utilizar ironías, la narradora nos habla de varias otras cuestiones que le dan vida al relato o describen el ambiente en que la historia se desarrolla, tales como:
3) La superlativa noción de belleza del maestro, que en ciertos pasajes se exagera hasta el límite, por ejemplo: "Pusieron [los soldados] su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos". Aun en peligro de muerte, el hombre no dejaba de ver la vida con los ojos de un profesional. O también, cuando "Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde".
4) El profundo respeto del discípulo a su maestro, que equivale al de un hijo con su padre, cuestión que también se lleva al extremo:
"Entonces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres".
• Cuando el Emperador ordena decapitar a Ling, se dice: "Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro".
• O cuando Ling, ya decapitado, aparece remando desde adentro del cuadro con una bufanda roja (otra ironía) y se desarrolla el diálogo siguiente: "Wang-Fô le dijo dulcemente, mientras continuaba pintando: -Te creía muerto. -Estando vos vivo -dijo respetuosamente Ling-, ¿cómo podría yo morir?"
5) También se hace hincapié en el grado de sometimiento de la corte, no sólo a la persona del Emperador sino también al protocolo:
"Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, [el Emperador] había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja".
"Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la punta de los pies".

Se tejen muchas leyendas sobre Wang Fô y hasta se cree que un último toque magistral en los ojos de los personajes pintados hace que estos puedan ver. Como resultado, los señores le piden que le pinte soldados (quizá para ahorrarse de tener que pagar demasiados sueldos) y los pobres campesinos, perros guardianes. La idea apunta a que soldados y perros pintados se veían tan reales que a los ojos del vulgo no hacían falta los verdaderos.
Al llegar a la capital los detiene el Emperador, quien furioso porque de niño había vivido rodeado de las pinturas de Wang-Fô, ahora quiere matarlo cruelmente porque ni la vida ni su reino reflejan la belleza de aquellas pinturas magistrales. Desde su punto de vista el único imperio que merece vivirse es el de los paisajes de Wang-Fô, mundo al que ni siquiera él, como amo y señor, tiene acceso. Lo que no deja de ser una paradoja interesante: el supremo dueño de todo envidia a un simple mendigo que nada tiene. Y lo envidia porque se da cuenta de que el verdadero dueño es el otro, si bien no de las cosas, al menos sí de la belleza o del espíritu mismo de esas cosas.
Sin embargo, antes de ejecutarlo, lo obliga a terminar una pintura marina que Wang Fô dejara inconclusa en su juventud. El maestro retoma el viejo cuadro y su desempeño es tan excelso que el mar pintado se torna real, así como también la barca conducida por su propio discípulo. De ese modo, Ling vuelve a la vida y ambos terminan navegando hacia dentro del cuadro hasta desaparecer.

Una gran metáfora de que todo es posible para los artistas verdaderos, quienes no sólo pueden convertir la realidad en ficción sino que también se les permite (¿acaso por designio de los dioses?) intentar a veces lo inverso.
La historia tiene todo el sabor de la fantasía literaria china aunque no es original, como bien afirma la propia autora: "...se inspira en un apólogo taoísta de la antigua China". Incluso, hay un relato de temática parecida, El paisajista, de autor anónimo (ver a continuación).

.

EL PAISAJISTA
(Anónimo, chino)

Un pintor de mucho talento fue enviado por el emperador a una provincia lejana, desconocida, recién conquistada, con la misión de traer imágenes pintadas. El deseo del emperador era conocer así aquellas provincias.
El pintor viajó mucho, visitó los recodos de los nuevos territorios, pero regresó a la capital sin una sola imagen, sin siquiera un boceto.
El emperador se sorprendió, e incluso se enfadó.
Entonces el pintor pidió que le dejasen un gran lienzo de pared del palacio. Sobre aquella pared representó todo el país que acababa de recorrer. Cuando el trabajo estuvo terminado, el emperador fue a visitar el gran fresco. El pintor, varilla en mano, le explicó todos los rincones del paisaje, de las montañas, de los ríos, de los bosques.
Cuando la descripción finalizó, el pintor se acercó a un estrecho sendero que salía del primer plano del fresco y parecía perderse en el espacio. Los ayudantes tuvieron la sensación de que el cuerpo del pintor se adentraba a poco en el sendero, que avanzaba poco a poco en el paisaje, que se hacia más pequeño. Pronto una curva del sendero lo ocultó a sus ojos. Y al instante desapareció todo el paisaje, dejando el gran muro desnudo.
El emperador y las personas que lo rodeaban volvieron a sus aposentos en silencio.

.

EL DICCIONARIO DEL DIABLO (de Ambrose Bierce) [1]
por Héctor Zabala ©

Se trata de una obra cáustica, que vale la pena tenerla. En sus trescientas páginas trata con fina ironía temas sociales, económicos, culturales, políticos, religiosos, etc. Por supuesto, se refiere en especial a la sociedad norteamericana de su tiempo, pero en gran medida sus definiciones podrían aplicarse a sociedades humanas de todo tiempo y lugar. Hay, por lo menos, un par de editoriales que la publicaron en castellano y también se la encuentra en Internet. [2]

Aquí pongo algunos ejemplos que me gustaron:
Alianza: En política internacional, unión de dos ladrones cuyas manos están tan profundamente metidas en los bolsillos del otro, que no pueden, por separado, expoliar a un tercero.
Boticario: Cómplice del médico, benefactor del funebrero y gran proveedor de los gusanos de las tumbas.
Cañón: Instrumento utilizado en la rectificación de fronteras nacionales.
Descollar: Hacerse de un enemigo.
Egoísta: Persona de mal gusto, que se interesa más en sí misma que en mí.
Fanático: Alguien celosa y obstinadamente apegado a una idea que usted no comparte.
Gota: Nombre dado por los médicos al reumatismo de un pariente rico.

[1] The Devil's Dictionary, 1911.
[2] Hay que tener cuidado si se quiere conocer la obra completa porque he notado que difieren bastante unas versiones de otras. Por ejemplo, en Internet hay algunas definiciones (parcialmente o en su totalidad) que están ausentes en las ediciones en papel y viceversa.

-

SOLÍPEDOS POCO SÓLIDOS
por Héctor Zabala ©

El diccionario de la Real Academia Española define:
solípedo (del lat. solĭpes, -ĕdis). 1. adj. Zool. Se dice del cuadrúpedo provisto de un solo dedo, cuya uña, engrosada, constituye una funda protectora muy fuerte denominada casco; p. ej., el caballo, el asno o la cebra. U. t. c. s.
asno (del lat. asĭnus). 1. m. Animal solípedo, como de metro y medio de altura, de color, por lo común, ceniciento, con las orejas largas y la extremidad de la cola poblada de cerdas. Es muy sufrido y se le emplea como caballería y como bestia de carga y a veces también de tiro.
burro (de borrico). 1. m. asno (animal solípedo).
borrico (del lat. burrīcus, burīcus, caballejo). 1. m. asno (animal solípedo).

De lo anterior, se infiere que solípedo vendría a definir a los ungulados que tienen en común el casco o pezuña única. Y que uno de ellos -el asno, burro o borrico- viene a ser el mismo animal; es decir, la misma especie de solípedo, distinta a las especies caballo y cebra, con las que comparte el mismo género biológico.
Hasta aquí bien. Pero el problema se da con los cruces de estas tres especies que forman híbridos, casi siempre estériles.

Según el diccionario de la RAE, estos casos híbridos se definen así:
mula (del lat. mula). 1. f. Hija de asno y yegua o de caballo y burra. Es casi siempre estéril.
mulo (del lat. mulus). 1. m. Hijo de caballo y burra o de asno y yegua, casi siempre estéril.
burdégano (der. del lat. tardío bŭrdus, bastardo). 1. m. Animal resultante del cruzamiento entre caballo y asna.

Sin embargo, tal como lo define el diccionario, la cosa es un tanto confusa. Porque mula o mulo vendría a ser lo genérico y burdégano, lo específico; pero en la práctica, todo el mundo sabe que no es así.
El burdégano es efectivamente el cruzamiento entre caballo y asna (burra). Sin embargo, entre los entendidos no se habla de mula o mulo en este caso. Y no se habla, porque el burdégano es un animal de escaso o ningún valor comercial.
Al mulo o mula se lo cría por su fuerza muscular cercana a la del caballo y por la resistencia (y habilidad en terreno accidentado) similar a la del asno, cualidades que el burdégano casi nunca posee. De ahí que en la práctica se busque el nacimiento de mulas o mulos propiamente dichos pero no el de burdéganos.
Creo que las palabras mula y mulo estarían mejor definidas si se las limitara al cruce de yegua y asno.

Pero también es posible la cruza de cebra con los otros solípedos. En tales casos, el padre es casi siempre una cebra macho y los híbridos resultantes, generalmente, también son estériles.
Aquí el diccionario de la RAE no ha incorporado ninguna de las siguientes palabras: cebroide (como genérica de los cruces de cebra con otro solípedo), cebrallo (cruce de cebra y caballo) y cebrasno (cruce de cebra y asno). Además, y por si faltara, también leí por ahí la palabra cebrurro.
Como la palabra zebra es hoy una variante en desuso de cebra, no voy a insistir en que se definan estos híbridos con la inicial zeta; tal como se la encuentra en algunos autores, que al parecer no se dieron por enterados.
Es muy probable que estas omisiones del diccionario se deban a que la mula o mulo se dieron en zonas donde los caballos y asnos coinciden geográficamente desde tiempos casi prehistóricos. En cambio, los cebroides no se dieron (que se sepa) hasta recién entrado el siglo XIX en algunos puntos de África principalmente. [1]

Por lo tanto, yo diría que para evitarnos caer todos en la segunda acepción de asno [2], alguien en la Academia Española debería pensar en modificar las definiciones que he cuestionado, así como incorporar los neologismos correspondientes a los híbridos de cebra.

[1] Charles Darwin (siglo XIX) se refiere en dos de sus libros a varios tipos de cebroides. Y se sabe que lord Morton en 1815 obtuvo una potrilla a partir del cruce de una cebra macho (estrictamente un macho de quagga, variedad o subespecie ya extinguida) con una yegua árabe. También se han registrado muchos casos de cebroides en Sudáfrica durante el siglo XIX, y en Somalia y Estados Unidos durante el XX. El último caso registrado ocurrió en julio de 2010 en una reserva natural del estado norteamericano de Georgia.
[2] 2. m. Persona ruda y de muy poco entendimiento. U. t. c. adj.

.

LA TV Y LA CULTURA ARGENTINA
de Héctor Zabala ©

LA OFERTA TELEVISIVA
A menudo se escucha por ahí que la Argentina tiene una de las mejores TV por aire del mundo. ¿Quiénes lo dicen? Bueno, los dueños de los canales, los gerentes de programación y los críticos de espectáculos de esas mismas televisoras por aire.
La opinión no parece muy imparcial que digamos: los dos primeros grupos tienen motivos obvios para decirlo y el último nunca criticará a muerte el objeto de su análisis (aunque se trate de un canal competidor) porque, en última instancia, de la mesura dependerá su pan de cada día.
Ah, también aseguran que estamos en el podio mundial los amigos, parientes, subalternos y familiares de todos los anteriores. Después alguna gente repetirá como majada de ovejas la misma letanía por bares y plazas. Y a todo esto se le llama formar opinión pública en materia televisiva.
Para sostener esta aseveración de virtuosismo, estos grupos "desinteresados" recurren al juicio de los ratings. El asunto no estaría mal si no fuera porque la medidora de ratings en la Argentina es única en su género, lo que la pone bajo eterna sospecha, aunque nadie todavía la desprestigie a diario como ocurre con el INDEC [1].

LOS PROGRAMAS LÍDERES
De todas formas, los ratings actuales no son gran cosa, incluso para los programas líderes. Hoy apenas si llegan a superar el 30%, en el mejor de los casos y en horas pico.
Aun así, la realidad televisiva muestra algo insoslayable: mediocridad.
Veamos, lo que hoy, agosto de 2010, pasa como lo mejor de la TV por aire:
• un programa líder a cargo de un conductor-productor que viene haciendo lo mismo desde hace décadas, apelando a la chabacanería más procaz y a concursos (o seudo-) de baile o de canto en los que se discute mucho más la vida privada de los concursantes famosos (o en vías de serlo) que la habilidad específica para la que fueron citados (en realidad contratados);
• novelones insufribles con argumentos trillados y diálogos que recurren permanentemente a frases hechas o lugares comunes, con el aditamento de alejarse casi por completo del habla común de la calle o del espíritu del personaje;
• almuerzos cuya anfitriona se escandaliza sistemática y medievalmente de las mismas cosas desde hace añares, mientras sus invitados repiten siempre más o menos lo mismo, cuando no se aburren;
• programas de juegos que no entretienen a nadie; casi siempre, malas copias de similares europeos;
• noticieros con versiones apocalípticas que raramente se cumplen y que sólo miran unos pocos masoquistas.
Y eso es todo. Esa es nuestra "gran" televisión por aire.
Ah, me olvidaba, también está:
la retroalimentación: programas de TV por aire cuyo único objetivo es hablar de los demás programas de la TV por aire.

LO QUE LOS RATINGS CALLAN
Pero lo que los ratings no dicen, salvo indirectamente, es que para los ratos libres la mayoría de los argentinos (70% o más) ya se pasó a la TV por cable, escucha radio, lee a Kafka o a Coelho, hace yoga, toma mate con bizcochitos, juega al truco, alquila videos (o los baja de Internet), se dedica a la meditación trascendental (o a la intrascendental, poco importa) o sencillamente se va a la cama para dormir o justamente para no dormir.
El argumento de que las personas en las grandes ciudades (la población urbana en la Argentina llega al 90%) tiene TV por cable sólo porque les molesta los "fantasmas" [2] en la pantalla y no por su mejor calidad, ya no es válido. Esto sería así al principio, digamos hace unos veinte años, pero no hoy. En la actualidad, el cable, sin ser una maravilla, ofrece opciones más entretenidas, mejores películas y programas más culturales. Su problema no pasa tanto por la calidad sino por la falta de mayores presupuestos y la excesiva repetición de videos [3], cuestiones no ajenas a la falta de anunciantes de peso.
Y si no lo creen, que alguien se tome la molestia de leer las opiniones del público en las redes sociales de Internet sobre la TV en general, y sobre la TV por aire en particular, y después hablamos.

LA JUSTIFICACIÓN DE LO INJUSTIFICABLE
Pero la TV por aire sigue en sus trece; es decir al igual que esos viejitos tercos que se niegan desde la prehistoria a cambiar de silla aunque ésta se caiga a pedazos, los directores y dueños de canales por aire tampoco quieren modificar nada pese a que sus programas sigan siendo unos bodrios. Y en el mejor de los casos, cambian un bodrio por otro. Tal como postula un dicho político argentino: que se rompa pero que no se doble. Y obviamente, la TV por aire, tarde o temprano (y quizá más temprano que tarde), se va a romper.
Pero hay más. Al mejor estilo de proyección psicológica, estos "dueños de los ratings" utilizan un argumento interesante pero falaz: "a la gente le gusta lo que hacemos". Esto equivale a decir: no somos nosotros los que pretendemos quitarle cultura a las personas sino que son ellas mismas las que no quieren ser cultas. Sofismo puro. Es decir, pretenden hacer del asesino una víctima o de la víctima de asesinato, un mero suicida.
Oscar Wilde escribió una vez que la gente gustaba de ver y escuchar hasta el cansancio las mismas estupideces [4] y más de dos milenios antes el comediógrafo ateniense Aristófanes solía burlarse de los ciudadanos de Megara por gustar de entretenimientos grotescos [5].
Es verdad, pero no parece ser el caso de los argentinos una vez pasada la niñez. Con todos los defectos que tenemos (y bien que los tenemos), no somos los principales consumidores de bodrios. Y si no lo creen así, entonces que citen a la propia medidora sospechada y que le pregunten por qué cuando en los canales de aire se emitían programas inteligentes, estos casos marcaron récords de audiencia, incluso muy superiores a los supuestamente programas líderes de la actualidad.
Por ejemplo:
• La serie argentina Los simuladores [6] batió en su momento todos los ratings (42%, con picos de 46%, para las mediciones más conservadoras) y aún los seguiría batiendo (después de siete años) si lo pusieran de nuevo al aire, y pese a que sus 24 capítulos se encuentran a la venta en videos desde hace mucho tiempo.
• Programas de buena audiencia, como el de una conocida conductora, duplicaba sus ratings los días en que se incluía El imbatible [7], un formato de preguntas y respuestas sobre cultura general que iba eliminando concursantes en la medida que se producían respuestas erróneas.
• Las Locas de amor, una miniserie de buen guión y sostenida por actrices de nivel [8], hizo suceso allá por 2008.
• Hasta los Simpson o Alf, dos series inteligentísimas de origen norteamericano, llegan a alcanzar excelentes niveles de audiencia cuando los directores de programación se acuerdan de ponerlas al aire o cuando no tienen otra cosa a mano para poner nervioso al canal competidor.
Y aunque ningún directivo lo diga, cualquiera de estos buenos programas citados podría constituirse -más no sea por un tiempito- en el terror de los bajos ratings de los demás canales. Los que no los emitan sólo se salvarían cuando el seleccionado de fútbol esté en su respectiva pantalla, porque el amor a ciertos deportes populares es así en todos lados [9].

EL PORQUÉ DE LA MEDIOCRIDAD
Entonces, la pregunta del millón sería: ¿por qué subsisten programas tan mediocres? O lo que es lo mismo: ¿cómo es que los anunciantes los siguen apoyando y no se retiraron de la pantalla?
La respuesta es sencilla: una excelente medición no garantiza que el anunciante venda más de sus productos. Alguien dirá, pero Héctor, estás loco, estadísticamente a mayor cantidad de televidentes, mayor posibilidad de venderle cosas. Pero no, no es así. Se hace necesario discriminar: un anunciante venderá más si su público, además de numeroso, tiende a ser más maleable.
Por el contrario, cuanto más culto, menos maleable, porque tenderá a creer menos en los anuncios publicitarios y a usar más su cabecita para discernir mejor entre lo que le conviene comprar y lo que no. Por ende, lo ideal para un anunciante está en llegar masivamente a televidentes consumistas y no a tantos televidentes cultos.
De ahí que estos programas mediocres y en algunos casos, decididamente malos, los seguiremos soportando. Y si no estos, ya se las arreglarán para proyectar otros tan malos o mediocres que los reemplacen. La experiencia histórica está de mi parte: baste recordar las múltiples versiones de gran hermano y los famosos "reality" (ambos de espontaneidad demasiado sospechosa para ser creíbles), televisados hasta el hartazgo hasta hace poco.

SIGAMOS ASÍ
De todos modos, señores dueños de canales, no hay mucho de qué preocuparse: la televisión no parece ser mejor en otras latitudes (¡ni longitudes!): cuando hace años le hicieron un reportaje al excelente actor Marcello Mastroianni sobre qué opinaba de los programas de TV, simplemente contestó sonriente: bueno, podrían esforzarse un poco, ¿no? Y no estaba hablando de la TV argentina.
Así que, sigamos consustanciados en mantener este nivel mediocre, ideal para anunciantes que se precien de tales, y continuemos repitiendo como bandera: televidentes, mediocridad o muerte.

[1] INDEC: Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. La medidora es IBOPE, entidad privada que se dedica a ratings de audiencia.
[2] "Fantasmas": los argentinos llaman así a las imágenes múltiples y molestas que se forman en la pantalla por los sucesivos rebotes de la onda televisiva de aire en los edificios cuando se utiliza la primitiva antena,
[3] Los buenos documentales del canal History, por ejemplo, se ven afectados por el bombardeo publicitario de su propia programación tras cortes continuos. Esto espanta a la gente y quizá gracias a estas tonterías todavía subsistan los canales de aire.
[4] Oscar Wilde: El alma del hombre bajo el socialismo (1891-1904): "El público ha sido siempre, en todos los tiempos, mal educado. Constantemente se pide que el Arte sea popular para satisfacer su falta de gusto, para adular su absurda vanidad, para decirles lo que ya se les dijo antes, para mostrarles lo que debieran estar cansados de ver, para divertirlos cuando se sienten pesados después de haber comido demasiado, y para distraer sus pensamientos cuando están cansados de su propia estupidez."
[5] Los cómicos megarenses eran famosos por tirarles caramelos al público con el fin de fomentar (y siempre lo lograban) una batalla de caramelazos, algo similar a como los colegiales modernos se deleitan en tirarse tizas cuando no está el maestro presente.
[6] Los simuladores, con guión de Damián Szifrón y protagonizado por Federico D'Elía, Alejandro Fiore, Diego Peretti y Martín Seefeld. Se trata de una agencia que mediante operativos de simulacros complejos resuelve determinados problemas de sus clientes, problemas de gente común que a priori parecen imposibles de resolver.
[7] Hoy, Susana Giménez emite de nuevo El imbatible, pero ha cambiado bastante el formato (sólo lo hace con chicos) y lo incluye en su programa del domingo a la noche, único día en que ella aparece por TV.
[8] Locas de Amor, con Leticia Brédice, Julieta Díaz y Soledad Villamil. La última de las nombradas, incluso, fue protagonista con Ricardo Darín en El secreto de sus ojos, película galardonada este año con un Óscar.
[9] Esto no es privativo de la Argentina: no hay más que abrir el New York Time un día lunes y ver las decenas y decenas de páginas dedicadas al béisbol.

.

REALIDADES Y FICCIONES ©

Héctor Zabala

Ciudad de Buenos Aires, Argentina
hector_zabala_literatura@yahoo.com.ar
zab_he@hotmail.com